Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 52 El Círculo de las Doce Llamas

La voz continuó resonando mucho después de haber sido pronunciada.

No era un eco.

Era una presencia.

Cada palabra atravesaba el valle como una corriente invisible, haciendo vibrar las doce columnas de piedra que rodeaban el gran círculo.

Las llamas comenzaron a extinguirse lentamente.

No desaparecían.

Se escondían.

Como si reconocieran el peligro que acababa de despertar.

Lior permanecía inmóvil.

Su respiración era lenta.

Sentía que cada latido de su corazón respondía a una fuerza mucho más antigua que él mismo.

La Cronista observó el horizonte.

Su serenidad habitual comenzaba a resquebrajarse.

No por miedo.

Sino porque comprendía que los acontecimientos que durante milenios solo habían existido en las antiguas profecías estaban comenzando a cumplirse.

La tierra volvió a temblar.

Una grieta apareció en el centro del valle.

No era profunda.

Pero se extendía con una precisión inquietante, formando un inmenso círculo alrededor de las doce columnas.

De su interior comenzó a escapar una neblina plateada.

No tenía olor.

No tenía temperatura.

Sin embargo, al tocar el aire, nacían pequeñas imágenes.

Un anciano cerrando los ojos por última vez.

Una niña aprendiendo a pronunciar la palabra “hogar”.

Dos amantes separándose junto a un río.

Una madre sosteniendo entre sus brazos a un recién nacido.

Millones de recuerdos flotaban alrededor del valle como hojas llevadas por un viento invisible.

Lior contemplaba aquellas escenas con un nudo en la garganta.

No eran recuerdos individuales.

Eran fragmentos de todas las almas que alguna vez habían amado.

La sombra comenzó a elevarse desde el fondo de la grieta.

No tenía forma definida.

A veces parecía un hombre.

Después una mujer.

Luego un anciano.

Más tarde un niño.

Su apariencia cambiaba constantemente, como si estuviera formada por todas las identidades que el tiempo había olvidado.

La luz del valle intentaba atravesarla.

Pero era absorbida lentamente.

La oscuridad no crecía.

Se hacía más profunda.

La Cronista dio un paso hacia adelante.

Su voz sonó firme.

—No puedes entrar aquí.

La sombra permaneció inmóvil.

Después respondió con una calma inquietante.

—Nunca me marché.

Solo esperé.

Aquellas palabras hicieron estremecer las doce columnas.

Las llamas restantes vacilaron.

Una de ellas terminó apagándose.

El valle perdió inmediatamente parte de su color.

Los árboles plateados comenzaron a marchitarse.

Las hojas caían lentamente al suelo, transformándose en pequeños cristales que desaparecían antes de tocar la tierra.

Lior observó aquella transformación.

Cada cambio parecía dolerle físicamente.

Era como si el valle estuviera unido a su propio corazón.

—¿Qué está ocurriendo?

Preguntó.

La Cronista respondió sin apartar la vista de la sombra.

—Cada llama protege uno de los grandes recuerdos que sostienen la existencia.

Si todas desaparecen…

El universo seguirá existiendo.

Pero nadie recordará por qué vale la pena vivir.

El silencio volvió a cubrir el valle.

Entonces…

El libro blanco comenzó a abrirse solo.

Sus páginas se movían lentamente.

No eran de papel.

Parecían estar hechas de una luz tan delicada que apenas podía distinguirse.

Las hojas se detuvieron exactamente en el centro.

Allí apareció una ilustración.

Era un inmenso árbol creciendo sobre un océano de estrellas.

Bajo sus ramas caminaban dos figuras.

No tenían rostro.

Solo podían verse sus manos entrelazadas.

Sobre ellas brillaba una única inscripción.

“Todo comenzó cuando dos almas eligieron caminar juntas sin conocer el final del camino.”

Lior sintió que el pecho le ardía.

Aquellas palabras despertaban algo que llevaba demasiado tiempo dormido.

Mientras tanto…

En el Jardín Primigenio, Aurora abrió lentamente los ojos.

Había permanecido inmóvil durante largos minutos.

El Barquero notó un cambio en su mirada.

Parecía contemplar algo que nadie más podía ver.

—¿Dónde estás?

Preguntó el anciano.

Aurora sonrió apenas.

—Estoy escuchando al valle.

Elara dio un paso hacia ella.

—¿Puedes verlo?

Aurora asintió.

—No con los ojos.

Con la memoria.

El Árbol Primigenio comenzó a emitir un profundo resplandor.

Sus raíces se expandieron bajo la tierra.

Atravesaron montañas invisibles.

Ríos ocultos.

Bosques olvidados.

Hasta alcanzar el valle donde se encontraba Lior.

Por primera vez en incontables eras…

Las raíces del árbol tocaron el Círculo de las Doce Llamas.

Las columnas comenzaron a iluminarse nuevamente.

Una.

Después otra.

Y otra más.

La esperanza regresaba lentamente.

La sombra observó el fenómeno.

No mostró enojo.

Sonrió.

Una sonrisa triste.

Profundamente triste.

—Siempre ocurre lo mismo.

Murmuró.

Lior lo escuchó.

—¿Qué ocurre?

La figura levantó lentamente la cabeza.

Por un instante, en medio de la oscuridad, aparecieron dos ojos llenos de una inmensa melancolía.

—Siempre luchan por conservar los recuerdos felices…

Pero nadie viene a buscar los recuerdos del dolor.

Aquellas palabras atravesaron el alma de todos.

Incluso la Cronista guardó silencio.

Porque comprendía que la sombra no mentía.

Durante siglos habían protegido la alegría.

Habían custodiado el amor.

Pero habían intentado encerrar el sufrimiento.

Y todo recuerdo rechazado terminaba convirtiéndose en una herida.

Lior dio un paso adelante.

La Cronista intentó detenerlo.




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