Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 53 El Espejo del Origen

La voz se desvaneció lentamente entre las estrellas.

Pero sus palabras permanecieron suspendidas sobre todos los mundos.

“El Portador del Nombre ha sido finalmente encontrado…”

Nadie volvió a respirar con normalidad.

El valle, el Jardín Primigenio y los senderos invisibles que unían la memoria con el tiempo quedaron enlazados por un mismo silencio.

Era un instante irrepetible.

Uno de esos momentos que cambian la historia incluso antes de que alguien comprenda por qué.

Lior continuaba frente a la sombra.

Su mano seguía extendida.

La flor blanca nacida entre las grietas comenzó a crecer.

Su tallo se elevó lentamente hasta alcanzar la altura de sus rodillas.

Después apareció otra flor.

Y otra.

En pocos segundos, la tierra agrietada comenzó a cubrirse de un pequeño jardín.

La oscuridad retrocedía allí donde nacían aquellas flores.

No porque estuviera siendo derrotada.

Sino porque, por primera vez, estaba siendo comprendida.

La sombra bajó lentamente la cabeza.

Su figura dejó de cambiar.

Poco a poco comenzó a adoptar una única apariencia.

La de un joven de rostro sereno.

Sus ojos eran grises.

No transmitían maldad.

Solo un cansancio infinito.

Como el de alguien que había esperado demasiado tiempo para ser escuchado.

Lior sintió una extraña cercanía.

Era como mirarse en un reflejo deformado por los siglos.

La Cronista cerró lentamente el antiguo libro.

—Está recuperando su verdadera forma.

Susurró.

Lior la miró.

—¿Quién fue?

Ella tardó unos instantes en responder.

—No fue un enemigo.

Tampoco un guardián.

Fue un caminante.

Uno de los primeros.

Pero eligió recorrer el sendero completamente solo.

Y el olvido terminó convirtiéndose en su único compañero.

El joven formado por la antigua sombra levantó lentamente la mirada.

Su voz ya no era un eco.

Sonaba humana.

Frágil.

—No quise perderme.

Solo tenía miedo de perder a quienes amaba.

Lior sintió un profundo nudo en el pecho.

Aquellas palabras parecían reflejar todos los temores que alguna vez había escondido.

Mientras tanto…

En el Jardín Primigenio, las raíces del gran árbol comenzaron a latir.

Cada pulsación recorría la tierra como un inmenso corazón.

Aurora apoyó ambas manos sobre el tronco.

Miles de pequeñas luces ascendieron por la corteza.

El Árbol Primigenio estaba despertando una parte de sí mismo que permanecía dormida desde el principio de los tiempos.

El Barquero observó maravillado.

—Jamás había visto algo semejante.

Aurora sonrió con emoción.

—Porque nunca antes alguien había elegido comprender al olvido en lugar de combatirlo.

Elara seguía mirando el horizonte.

Podía sentir a Lior.

Muy lejos.

Pero también lo sentía más cerca que nunca.

Su vínculo ya no nacía únicamente del amor.

Ahora estaba unido por una memoria mucho más antigua.

Una memoria compartida.

Una promesa hecha antes de que existieran las palabras.

En el valle…

Las doce llamas comenzaron a girar alrededor del antiguo círculo.

Cada una dejó escapar un fino hilo de luz.

Los doce hilos se unieron lentamente en el centro.

Allí apareció un inmenso espejo suspendido en el aire.

No tenía marco.

Ni cristal.

Su superficie parecía agua inmóvil.

Sin embargo, no reflejaba el presente.

Reflejaba el origen.

La Cronista dio un paso atrás.

Su voz apenas fue un susurro.

—El Espejo del Origen…

Pensé que nunca volvería a manifestarse.

Lior observó aquella superficie líquida.

No veía su reflejo.

Veía un cielo completamente vacío.

Después apareció una pequeña chispa.

Luego otra.

Y otra más.

Hasta que miles de luces comenzaron a llenar la inmensidad.

Pero aquello no era el nacimiento de las estrellas.

Era el nacimiento de las decisiones.

Cada luz representaba un acto de bondad.

Un perdón.

Un sacrificio.

Una promesa cumplida.

La Cronista explicó con serenidad.

—Antes de que existieran los mundos…

Existieron las decisiones.

Ellas construyeron todo lo demás.

Entonces el espejo volvió a cambiar.

Las luces desaparecieron.

En su lugar apareció un inmenso sendero de piedra blanca.

Dos personas caminaban juntas.

No podían distinguirse sus rostros.

Solo sus siluetas.

Una llevaba una pequeña lámpara.

La otra sostenía una semilla luminosa.

Caminaban hacia un horizonte donde todavía no existía el sol.

No hablaban.

No hacía falta.

Sus pasos estaban perfectamente sincronizados.

Lior sintió que el corazón se aceleraba.

Había visto aquel sendero antes.

En sueños.

En recuerdos.

En silencios que nunca había sabido explicar.

El joven que había surgido de la sombra observó el espejo.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Yo también estaba allí…

Murmuró.

La Cronista bajó lentamente la cabeza.

—Sí.

Pero un día decidiste apartarte del camino.

No porque dejaras de amar.

Sino porque dejaste de creer que alguien caminaría contigo hasta el final.

El silencio volvió a envolver el valle.

Nadie juzgó aquellas palabras.

Porque todos comprendían lo fácil que era perder la esperanza cuando el dolor se volvía demasiado profundo.

De pronto…

La superficie del espejo comenzó a agitarse.

Como si alguien intentara salir desde el otro lado.

Las doce llamas dejaron de girar.

El viento desapareció.

Incluso las hojas de los árboles quedaron completamente inmóviles.

Una mano surgió lentamente desde el interior del espejo.

Después apareció otra.




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