Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 54 El Latido Compartido

El Espejo del Origen continuó agrietándose.

No emitía el sonido del cristal al romperse.

Cada grieta producía una nota distinta.

Al principio fue una sola.

Después otra.

Luego otra más.

En pocos instantes, el valle entero quedó envuelto por una melodía que nadie había escuchado jamás.

No era música.

Era memoria.

La memoria del instante en que el universo descubrió que ninguna luz podía sostenerse completamente sola.

Las doce llamas comenzaron a elevarse lentamente alrededor del espejo.

Giraban formando un inmenso círculo luminoso.

Cada vuelta hacía desaparecer una grieta y, al mismo tiempo, nacían dos nuevas.

La Cronista observaba el fenómeno con los ojos llenos de asombro.

Jamás había contemplado algo semejante.

Los antiguos manuscritos hablaban del Espejo.

Hablaban del Portador.

Hablaban del Primer Guardián.

Pero ninguno mencionaba que el espejo pudiera cantar.

La figura cubierta por el manto de constelaciones permanecía inmóvil.

Su rostro seguía oculto.

Solo sus manos brillaban con una luz serena.

Levantó lentamente una de ellas.

La melodía cesó de inmediato.

El silencio regresó al valle.

Un silencio tan profundo que incluso el rumor del viento parecía haberse detenido para escuchar.

Muy lejos de allí…

En el Jardín Primigenio…

Elara llevó ambas manos a su pecho.

Sintió un latido.

No era el suyo.

Era otro.

Más pausado.

Más profundo.

Pero perfectamente sincronizado con el suyo.

Cada vez que su corazón latía, el de Lior respondía.

Cada vez que el de Lior latía, el suyo encontraba el mismo ritmo.

Aurora sonrió con una emoción que apenas podía contener.

—Ha comenzado.

Susurró.

El Barquero comprendió inmediatamente.

—El Vínculo del Origen.

Aurora asintió lentamente.

—Dos almas…

Un solo pulso.

El Árbol Primigenio dejó escapar un profundo resplandor.

Miles de hojas plateadas comenzaron a desprenderse de sus ramas.

Pero no caían al suelo.

Viajaban hacia el cielo.

Cada hoja se convertía en un pequeño pájaro de luz.

Las aves emprendieron vuelo en todas las direcciones.

Atravesaron montañas.

Océanos.

Bosques.

Desiertos.

Y allí donde pasaban, las personas comenzaban a recordar pequeños gestos de amor que creían perdidos para siempre.

Un anciano recordó el perfume del jardín donde conoció a su esposa.

Una mujer volvió a escuchar la risa de su padre.

Un niño abrazó a su hermana sin saber por qué sentía tanta alegría.

El universo entero comenzaba, lentamente, a recordar.

En el valle, Lior dio un paso hacia el espejo.

La superficie líquida volvió a tranquilizarse.

Las grietas permanecían allí.

Pero ahora brillaban como ríos de plata.

El joven levantó la mano.

No llegó a tocar el espejo.

Antes de hacerlo, la figura del manto habló nuevamente.

Su voz parecía contener todas las estaciones del tiempo.

—¿Sabes por qué el Nombre fue dividido?

Lior negó lentamente.

La figura respondió.

—Porque ningún corazón debía cargar solo con la totalidad de la luz.

Incluso el amanecer necesita del horizonte para existir.

La Cronista cerró los ojos.

Aquellas palabras despertaban recuerdos que ni siquiera ella sabía que conservaba.

Durante siglos había protegido los libros del origen.

Sin embargo, comenzaba a comprender que había una historia aún más antigua.

Una historia que jamás había sido escrita.

Porque vivía únicamente en el corazón de quienes estaban destinados a recordarla.

La antigua sombra, ahora transformada en un joven de mirada serena, dio un paso hacia Lior.

Ya no quedaba oscuridad en su rostro.

Solo una inmensa melancolía.

—Perdóname.

Dijo con voz quebrada.

Lior lo observó confundido.

—¿Por qué?

El joven bajó la mirada.

—Porque durante siglos creí que debía encontrar mi mitad arrebatándosela a otros.

Ahora entiendo que nadie puede completar su alma robando la luz ajena.

Solo aprendiendo a compartir la propia.

Una lágrima descendió por el rostro de la Cronista.

Aquella confesión era más poderosa que cualquier victoria.

Porque el verdadero cambio nunca nacía del triunfo.

Nacía del arrepentimiento sincero.

Entonces…

El espejo volvió a transformarse.

Su superficie dejó de reflejar el valle.

Comenzó a mostrar otro lugar.

Un inmenso jardín cubierto por árboles blancos.

No era el Jardín Primigenio.

Era mucho más antiguo.

No existían senderos.

Ni construcciones.

Solo naturaleza.

En el centro crecía un árbol pequeño.

Apenas un brote.

Junto a él había dos niños.

Reían mientras cubrían las raíces con tierra.

Uno sostenía una pequeña lámpara.

La otra llevaba una semilla entre las manos.

Lior sintió que el corazón se detenía.

Reconocía aquella escena.

No porque la hubiera visto antes.

Sino porque la había vivido.

Las imágenes continuaron.

Los dos niños crecían.

Aprendían.

Construían puentes.

Plantaban bosques.

Encendían estrellas.

Dondequiera que caminaban, nacía un nuevo sendero de esperanza.

Pero un día…

El horizonte comenzó a cubrirse de niebla.

Los caminos dejaron de verse.

Las voces dejaron de encontrarse.

Los dos jóvenes intentaron buscarse.

Gritaron sus nombres.

Corrieron durante años.

Durante siglos.

Pero la niebla los separó.

No porque hubieran dejado de amarse.

Sino porque el miedo les hizo creer que estaban completamente solos.

Lior cayó de rodillas.

Las lágrimas descendían sin detenerse.

Comprendía por fin la profunda tristeza que siempre había sentido.




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