Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 55 El Juramento de las Dos Almas

La campana siguió resonando.

Su sonido ya no descendía desde el cielo.

Parecía brotar desde el corazón mismo de la tierra.

Cada vibración recorría las raíces del Árbol Primigenio, atravesaba el valle de las Doce Llamas y llegaba hasta el Espejo del Origen, donde la última grieta permanecía abierta como una herida que aún no había terminado de cicatrizar.

Nadie pronunció una sola palabra.

Todos permanecían inmóviles.

Porque comprendían que la verdad acababa de cambiar el significado de todo cuanto habían creído conocer.

“Uno de ustedes eligió olvidar voluntariamente…”

Aquellas palabras seguían resonando en el alma de Lior.

No lograba apartarlas de su mente.

Miró el reflejo del espejo.

Después observó sus propias manos.

Sintió que llevaban siglos buscando algo que nunca habían perdido realmente.

Solo lo habían dejado atrás para que otro pudiera seguir caminando.

Una extraña tristeza comenzó a llenar su pecho.

No era una tristeza amarga.

Era la emoción de descubrir que incluso el dolor podía nacer del amor más puro.

En el Jardín Primigenio…

Elara permanecía de rodillas.

Las lágrimas descendían lentamente por sus mejillas.

No comprendía por qué lloraba.

No había visto el Espejo.

No había escuchado la revelación.

Y, sin embargo, dentro de su corazón comenzaban a despertarse recuerdos que no pertenecían a aquella vida.

Vio unas pequeñas manos cubriendo una semilla con tierra.

Escuchó una risa.

Sintió una promesa pronunciada bajo un cielo que todavía no conocía las estrellas.

Después…

Todo volvió a desaparecer.

Aurora observó el rostro de la joven.

Su expresión se llenó de una profunda ternura.

—La memoria ha comenzado a despertar.

Murmuró.

El Barquero respiró lentamente.

—¿Recordará todo?

Aurora negó con suavidad.

—Nadie recuerda el origen de golpe.

La verdad siempre llega despacio.

Como el amanecer.

Primero ilumina el horizonte.

Después los caminos.

Y solo al final revela completamente el paisaje.

Mientras tanto…

En el valle…

La figura cubierta por el manto de constelaciones permanecía inmóvil frente al espejo.

La luz de las doce llamas comenzaba a reunirse lentamente alrededor de ella.

No la rodeaban como un escudo.

Parecían reconocerla.

Como si aquellas llamas hubieran esperado incontables siglos para volver a contemplar aquella presencia.

La Cronista inclinó respetuosamente la cabeza.

—Ha llegado el momento del Juramento.

Susurró.

Lior levantó la vista.

—¿Qué juramento?

Ella respiró profundamente.

—El primero que pronunciaron dos almas cuando el universo aún era apenas un sueño.

El espejo comenzó a iluminarse.

La última grieta se abrió completamente.

Pero no apareció oscuridad.

Surgió una inmensa pradera bañada por una luz dorada.

El viento movía lentamente la hierba.

En el centro del paisaje crecían dos pequeños árboles.

Sus troncos eran delgados.

Sus ramas apenas comenzaban a extenderse.

Sin embargo…

Sus raíces ya estaban unidas bajo la tierra.

Dos jóvenes aparecieron caminando hacia ellos.

No podían distinguirse claramente sus rostros.

La luz envolvía sus figuras.

Solo podían verse sus manos entrelazadas.

Uno llevaba una pequeña lámpara.

La otra sostenía una diminuta semilla luminosa.

Se detuvieron frente a los árboles.

Durante unos instantes guardaron silencio.

Después apoyaron sus manos sobre los troncos.

Y pronunciaron el primer juramento.

No fue un hechizo.

No fue una promesa de eternidad.

Fue algo mucho más sencillo.

Más humano.

Más verdadero.

—Si alguna vez el miedo nos separa…

Que uno conserve la esperanza por los dos.

Y si alguno olvida el camino…

Que el otro nunca deje de buscarlo.

El valle entero quedó envuelto por un resplandor imposible de describir.

Las doce llamas comenzaron a arder con una intensidad jamás vista.

Cada árbol del bosque plateado floreció al mismo tiempo.

Los ríos comenzaron a cantar.

El viento transportó miles de pétalos luminosos.

Hasta la antigua sombra, ahora transformada en un joven sereno, dejó escapar una sonrisa llena de paz.

Lior sintió que el corazón se detenía.

Aquellas palabras…

No eran nuevas.

Siempre habían vivido dentro de él.

En el Jardín Primigenio…

Sin saber por qué…

Elara comenzó a repetir lentamente el mismo juramento.

Palabra por palabra.

Con los ojos cerrados.

Como si una voz invisible se lo estuviera recordando.

Aurora y el Barquero se miraron con emoción.

La distancia entre ambos mundos estaba desapareciendo.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Los dos pequeños árboles que aparecían en el espejo comenzaron a crecer.

Sus ramas se elevaron hacia el cielo.

Sus raíces se extendieron bajo la tierra.

Pero, de pronto…

Un inmenso muro de niebla surgió entre ellos.

Las ramas dejaron de tocarse.

Las copas quedaron separadas.

Solo las raíces continuaban abrazándose bajo el suelo.

La Cronista dejó escapar un suspiro.

—Así comenzó la Gran Separación.

Lior observó la escena con el alma encogida.

—¿Por qué ocurrió?

La figura del manto respondió con una voz llena de infinita compasión.

—Porque el miedo convenció a una de aquellas almas de que el sacrificio era la única forma de proteger a la otra.

Y entonces…

Uno de los dos decidió entregar voluntariamente todos sus recuerdos.

No para salvarse.

Sino para que la esperanza nunca desapareciera del mundo.

El silencio cayó nuevamente.

Nadie fue capaz de hablar.




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