La inmensa grieta continuó abriéndose sobre el firmamento.
No desgarraba el cielo.
Lo separaba con una delicadeza inquietante, como si una mano invisible estuviera apartando un antiguo velo.
De aquella abertura comenzó a descender una ciudad.
No caía.
Flotaba.
Su movimiento era lento, solemne, majestuoso.
Cada torre parecía tallada en un cristal tan puro que reflejaba todas las auroras que alguna vez habían existido.
Sus puentes unían edificios suspendidos entre nubes de luz.
Jardines colgantes rebosaban árboles de hojas doradas.
Ríos luminosos atravesaban plazas donde no se veía a nadie.
Y, sobre el punto más alto de la ciudad, una inmensa esfera plateada giraba lentamente, iluminando todo cuanto la rodeaba.
El valle quedó completamente inmóvil.
Las doce llamas dejaron de oscilar.
Hasta el viento pareció detenerse.
Lior levantó lentamente la vista.
Nunca había contemplado tanta belleza.
Y, sin embargo…
Su corazón se llenó de una profunda inquietud.
Aquella ciudad parecía demasiado perfecta.
Como si hubiera olvidado que incluso la belleza necesita cicatrices para ser verdadera.
La figura cubierta por el manto de constelaciones permanecía observándola.
Su voz sonó más grave que nunca.
—Ha permanecido oculta desde antes de la Gran Separación.
La Cronista respiró lentamente.
—Pensábamos que jamás volvería a abrir sus puertas.
El joven que había surgido de la antigua sombra dio un paso adelante.
Su expresión cambió.
En sus ojos apareció un recuerdo.
Un recuerdo que llevaba incontables eras dormido.
—Yo estuve allí…
Susurró.
—Antes de perderme.
Las doce columnas comenzaron a emitir un tenue resplandor.
Una por una proyectaron haces de luz hacia el cielo.
Los doce rayos convergieron sobre la ciudad suspendida.
En respuesta, la gran esfera plateada comenzó a girar más rápidamente.
De su superficie descendieron pequeños círculos luminosos.
Al principio parecían estrellas.
Después adquirieron forma.
Eran personas.
No caminaban.
Descendían lentamente envueltas por una luz blanca.
Vestían largas túnicas de colores claros.
Sus rostros transmitían serenidad.
Ninguno parecía anciano.
Ninguno parecía joven.
Sus edades resultaban imposibles de adivinar.
Todos llevaban el mismo símbolo bordado sobre el pecho.
Un círculo rodeando una estrella de doce puntas.
En el Jardín Primigenio…
Aurora observó el mismo fenómeno.
Las ramas del Árbol Primigenio comenzaron a inclinarse.
No por el viento.
Lo hacían como un gesto de respeto.
El Barquero sintió un profundo escalofrío.
—Los Custodios…
Murmuró.
Aurora cerró lentamente los ojos.
—Han vuelto.
Elara contempló las luces descendiendo desde el cielo.
Aunque no conocía sus nombres, una extraña nostalgia despertó en su interior.
Sintió que alguna vez había caminado junto a ellos.
Que había aprendido de ellos.
Que incluso había reído entre aquellas calles suspendidas.
Pero el recuerdo desapareció antes de poder alcanzarlo.
Mientras tanto…
Los seres luminosos llegaron al valle.
No pronunciaron palabra.
Simplemente formaron dos largas filas frente al Círculo de las Doce Llamas.
Todos inclinaron lentamente la cabeza.
Después apareció una última figura.
Descendía sola.
Su túnica era completamente blanca.
No llevaba ningún símbolo.
Su cabello plateado caía sobre sus hombros.
Sus ojos eran de un intenso color ámbar.
Transmitían una inmensa sabiduría.
Pero también una tristeza imposible de ocultar.
Al tocar el suelo, todo el valle se iluminó.
Las flores abrieron nuevamente sus pétalos.
Los árboles recuperaron el brillo de sus hojas.
Hasta la antigua grieta comenzó lentamente a cerrarse.
La figura del manto de constelaciones inclinó la cabeza.
La Cronista hizo lo mismo.
Incluso el Primer Guardián de los Nombres, que había permanecido siempre erguido, llevó una mano sobre el corazón.
Lior comprendió que aquella mujer ocupaba un lugar único.
Ella caminó lentamente hasta quedar frente a él.
Lo observó durante varios segundos.
Como si intentara reconocer un rostro perdido hacía incontables siglos.
Finalmente sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Llena de melancolía.
—Has crecido más de lo que esperaba.
Lior frunció el ceño.
—¿Nos conocemos?
Ella respondió con una dulzura que hizo temblar el aire.
—Mucho antes de que existiera esta vida.
La mujer levantó lentamente una mano.
Sobre su palma apareció un pequeño fragmento de cristal.
No era transparente.
En su interior podían verse diminutas constelaciones moviéndose lentamente.
Lo acercó hacia Lior.
—Esto te pertenece.
El joven observó el cristal.
En cuanto sus dedos rozaron aquella superficie…
Todo el valle desapareció.
Se encontró caminando por la ciudad suspendida.
Las calles estaban llenas de personas.
Niños corrían entre los jardines.
Músicos tocaban instrumentos desconocidos.
Artesanos tallaban pequeñas estrellas de cristal.
Nadie parecía tener prisa.
Todo transmitía una paz imposible de describir.
Y, en medio de aquella multitud…
Vio a un joven.
Reía mientras conversaba con la misma mujer de ojos ámbar.
Después apareció una muchacha.
Ella sostenía una pequeña semilla luminosa entre sus manos.
Los tres caminaban juntos.
Compartían sueños.
Proyectos.
Esperanzas.
Eran una familia elegida por el destino.
Lior sintió que las lágrimas volvían a descender.
No estaba observando una visión.
Estaba recordando.