Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 57 El Sello del Amanecer

El sonido de la grieta recorrió la ciudad suspendida como un trueno contenido.

No sacudió los edificios.

No hizo temblar los puentes.

Sacudió algo mucho más profundo.

La memoria.

Miles de campanas comenzaron a sonar al mismo tiempo.

No eran campanas de alarma.

Eran campanas de despertar.

Cada una emitía un tono diferente, y juntas componían una antigua melodía que los Custodios no escuchaban desde antes de la Gran Separación.

El valle entero quedó envuelto por aquella música.

Las hojas de los árboles plateados comenzaron a girar lentamente en el aire.

Las Doce Llamas se inclinaron hacia el cielo.

Y la enorme esfera agrietada continuó abriéndose.

La mujer de ojos ámbar levantó ambas manos.

Su voz resonó firme.

—¡Todos los Custodios, ocupen sus posiciones!

Sin vacilar, las figuras luminosas se dispersaron por el valle.

Algunos elevaron las manos hacia la ciudad.

Otros rodearon el Círculo de las Doce Llamas.

Los restantes formaron un inmenso anillo alrededor de Lior.

No lo protegían de un enemigo.

Protegían algo que habitaba en su interior.

Lior observó aquella escena sin comprender.

—¿Qué está despertando?

La mujer tardó varios segundos en responder.

Cuando finalmente habló, su voz llevaba el peso de incontables siglos.

—Aquello que nació antes que el miedo.

Antes que el olvido.

Antes incluso que la esperanza.

La Cronista sintió un estremecimiento.

Cerró con fuerza el antiguo libro blanco.

Sus páginas comenzaron a moverse solas.

Jamás había ocurrido.

Las letras cambiaban de lugar.

Los capítulos se reescribían.

Historias completas desaparecían para dar origen a otras nuevas.

Como si el propio libro estuviera preparándose para narrar un acontecimiento jamás escrito.

En el Jardín Primigenio…

El Árbol dejó escapar un resplandor tan intenso que la noche desapareció durante unos instantes.

Las raíces comenzaron a emerger de la tierra.

No rompían el suelo.

Lo acariciaban.

Se extendían lentamente formando una inmensa espiral luminosa.

Aurora contempló el fenómeno con lágrimas en los ojos.

—Está recordando…

Murmuró.

El Barquero la miró.

—¿Qué recuerda?

Aurora apoyó una mano sobre el tronco.

—Su verdadero origen.

Elara sintió un fuerte latido en el pecho.

La marca de los dos árboles unidos comenzó a brillar bajo su piel.

No dolía.

Pero irradiaba calor.

Un calor sereno.

Con cada latido, una imagen cruzaba fugazmente su mente.

Un sendero cubierto de flores blancas.

Una ciudad suspendida entre las nubes.

Una mano entrelazándose con la suya.

Después…

Una despedida.

Y una promesa.

—Volveré a encontrarte.

Susurró sin darse cuenta de que estaba hablando.

Aurora levantó inmediatamente la cabeza.

Aquellas palabras eran exactamente las mismas que habían sido pronunciadas durante el Primer Juramento.

Mientras tanto…

Sobre la ciudad suspendida…

La gran esfera terminó de abrirse.

En su interior no había fuego.

Ni oscuridad.

Ni luz.

Había agua.

Un océano completo suspendido dentro de aquella inmensa esfera.

Las aguas permanecían inmóviles.

Perfectamente quietas.

Como si esperaran una única palabra para comenzar a moverse.

Entonces…

Una gota cayó.

Solo una.

Descendió lentamente desde el cielo.

Cuando tocó el suelo del valle…

El tiempo se detuvo.

Nadie pudo moverse.

Las hojas quedaron suspendidas en el aire.

Las llamas dejaron de oscilar.

Las lágrimas que caían por el rostro de Lior permanecieron inmóviles antes de tocar la tierra.

Solo una figura continuó caminando.

Emergía lentamente desde el interior del océano suspendido.

Cada paso creaba pequeños círculos luminosos sobre el agua.

Vestía un largo manto azul profundo.

Su cabello blanco descendía hasta la cintura.

No parecía joven.

No parecía anciano.

Su rostro transmitía una paz tan inmensa que resultaba imposible sostenerle la mirada durante mucho tiempo.

En su mano derecha llevaba un bastón de cristal.

En la izquierda…

Una pequeña semilla completamente negra.

La mujer de ojos ámbar inclinó la cabeza.

Los Custodios hicieron lo mismo.

La Cronista cerró los ojos.

El Primer Guardián de los Nombres apoyó una rodilla en el suelo.

Incluso la figura cubierta por el manto de constelaciones permaneció completamente inmóvil.

Todos reconocían aquella presencia.

Lior era el único que no comprendía.

—¿Quién es?

Preguntó en voz baja.

Nadie respondió.

Fue el recién llegado quien habló.

Su voz era tranquila.

Parecía el murmullo de un río atravesando la eternidad.

—Hace mucho tiempo que esperaba este encuentro.

Lior sintió que aquellas palabras despertaban un recuerdo lejano.

—¿Me conoces?

El anciano sonrió con infinita ternura.

—Te conocí cuando aún no existían los nombres.

El silencio volvió a envolver el valle.

El anciano levantó lentamente la semilla negra.

Todos los presentes observaron aquel pequeño objeto con respeto… y temor.

Lior frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

La mujer de ojos ámbar respondió antes de que el anciano pudiera hacerlo.

Su voz apenas fue un susurro.

—La Última Semilla.

La Cronista añadió lentamente:

—De ella puede nacer el mayor renacimiento…

O el último olvido.

Lior observó aquella diminuta semilla.

No parecía peligrosa.

Era pequeña.

Silenciosa.

Casi hermosa.

Pero, al mirarla fijamente, sintió que una tristeza inmensa intentaba abrirse paso dentro de su corazón.

El anciano notó su reacción.




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