Los ojos se abrieron lentamente.
No eran ojos de fuego.
Ni de hielo.
Eran dos inmensos océanos de luz líquida.
En ellos parecía reflejarse cada amanecer que alguna vez había iluminado los mundos nacidos del Primer Recuerdo.
El gigantesco ser permanecía inmóvil bajo las aguas suspendidas.
No intentaba salir.
No luchaba contra la prisión transparente que lo contenía.
Simplemente observaba.
Como quien despierta después de un sueño tan largo que ya no distingue el pasado del presente.
El océano comenzó a ondular suavemente.
Cada movimiento producía pequeñas olas de luz que descendían desde la esfera y atravesaban el cielo.
Al tocar la tierra, aquellas gotas despertaban antiguos recuerdos en todo cuanto alcanzaban.
Una roca recordaba el río del que había nacido.
Un árbol volvía a sentir el calor de la primera semilla.
Hasta el viento parecía recordar el instante en que aprendió a acariciar las hojas.
Todo el universo comenzaba a recuperar fragmentos de sí mismo.
Lior no podía apartar la mirada de aquellos ojos.
Sentía una extraña paz.
No percibía amenaza.
Solo una inmensa tristeza.
Era la misma tristeza que había descubierto en la antigua sombra.
La misma que había visto en la mujer de ojos ámbar.
La misma que parecía acompañar a todos los seres que conservaban la memoria del origen.
—¿Quién eres?
Preguntó en voz baja.
Aunque sabía que aquella figura no podía escucharlo.
Sin embargo…
Los inmensos ojos parpadearon lentamente.
Y una voz resonó directamente dentro de su corazón.
—Hace mucho tiempo que esperaba que volvieras.
Lior dio un paso hacia atrás.
No había escuchado aquellas palabras con los oídos.
Habían nacido dentro de él.
El anciano del bastón de cristal observó su reacción.
Asintió lentamente.
—Solo el Portador puede oírlo.
Murmuró.
La Cronista levantó la vista.
—Entonces…
Ha despertado completamente.
Los Custodios comenzaron a reunirse alrededor del Círculo de las Doce Llamas.
Uno por uno apoyaron la palma de su mano sobre las antiguas columnas.
Las llamas crecieron hasta formar un inmenso anillo de fuego blanco alrededor del valle.
No era una prisión.
Era un juramento.
Una protección levantada mucho antes de que existieran los reinos y los caminos.
En el Jardín Primigenio…
El puente de luz que unía a Lior y Elara continuaba brillando.
Cada latido de ambos hacía que el resplandor aumentara.
Aurora contempló el fenómeno con una mezcla de esperanza y preocupación.
El Barquero permanecía en silencio.
Nunca había visto un vínculo tan poderoso.
Y precisamente por eso comprendía el enorme peligro que representaba.
—¿Qué ocurrirá si el puente termina de completarse?
Preguntó.
Aurora cerró lentamente los ojos.
—Entonces ya no habrá distancia capaz de separarlos.
Pero tampoco habrá secreto que pueda permanecer oculto.
Elara sintió un llamado.
No era una voz.
Era una certeza.
Como si alguien pronunciara su verdadero nombre sin utilizar palabras.
Levantó lentamente la vista hacia el cielo.
Las aves de luz seguían sobrevolando el Jardín Primigenio.
Pero ahora todas volaban en una misma dirección.
Hacia la ciudad suspendida.
Sin pensarlo, comenzó a caminar.
Cada paso hacía florecer pequeñas flores blancas bajo sus pies.
Aurora intentó detenerla.
Pero el Árbol Primigenio dejó escapar un profundo resplandor.
Era su forma de decir que aquel camino debía recorrerse.
Mientras tanto…
En el valle…
El gigantesco ser comenzó a moverse.
No rompió la esfera.
Simplemente apoyó una inmensa mano sobre la superficie interior del océano suspendido.
La luz atravesó el agua.
Después el cristal.
Y finalmente descendió hasta tocar el pecho de Lior.
La marca de los dos árboles comenzó a brillar con tanta intensidad que todos tuvieron que cerrar los ojos.
Solo Lior permaneció inmóvil.
Dentro de aquella luz aparecieron miles de voces.
No gritaban.
Susurraban.
Eran las voces de todas las almas que alguna vez habían pronunciado una promesa nacida del amor.
Todas repetían la misma frase.
—Recuerda.
Entonces el joven volvió a ver la ciudad.
Pero ya no desde sus calles.
La contemplaba desde lo alto.
Comprendió algo que jamás había imaginado.
La ciudad suspendida no había sido construida.
Había crecido.
Cada torre era el resultado de una promesa cumplida.
Cada puente nacía de una reconciliación.
Cada jardín florecía cuando alguien elegía perdonar en lugar de odiar.
La ciudad no estaba hecha de piedra.
Estaba hecha de decisiones.
Por eso había permanecido oculta durante tanto tiempo.
Solo podía existir mientras el recuerdo del amor permaneciera vivo.
La visión cambió.
Lior vio el momento en que la ciudad comenzó a apagarse.
No fue por una guerra.
Ni por una catástrofe.
Ocurrió lentamente.
Las personas empezaron a desconfiar unas de otras.
Las promesas dejaron de cumplirse.
El miedo ocupó el lugar de la esperanza.
Y, una a una, las torres comenzaron a perder su brillo.
Hasta que alguien tomó una decisión.
La misma decisión que había cambiado el destino de todos.
Olvidar para proteger.
Separarse para preservar la esperanza.
Lior sintió que las lágrimas corrían libremente.
Comprendía el peso de aquel sacrificio.
Pero también comprendía algo nuevo.
Quizá había existido otra posibilidad.
Una posibilidad que nadie había sido capaz de ver.
La voz del gigante volvió a resonar en su interior.
—Toda separación nace del miedo.