El tiempo dejó de avanzar.
No se detuvo.
Simplemente comenzó a respirar de otra manera.
Cada segundo parecía expandirse como un círculo sobre un lago inmóvil.
Las hojas suspendidas en el aire permanecían inmóviles.
Las gotas de luz que descendían desde la esfera quedaban detenidas antes de tocar la tierra.
Hasta las Doce Llamas parecían inclinarse con reverencia.
Porque el Primer Sembrador acababa de cruzar el Umbral.
Su primer paso no produjo ningún estruendo.
Donde apoyó el pie nació una pequeña flor.
Luego otra.
Después un sendero entero comenzó a cubrirse de vegetación.
No eran plantas comunes.
Cada una emitía una tenue luz propia.
Sus pétalos cambiaban de color lentamente, como si reflejaran las emociones de quienes las contemplaban.
En pocos instantes, el valle comenzó a transformarse.
Las grietas desaparecieron.
Los árboles recuperaron un brillo aún más intenso.
El aire volvió a llenarse del perfume de los primeros jardines.
El gigante caminó unos pasos más.
Ahora podía verse completamente.
Su estatura era inmensa, pero no inspiraba temor.
Su rostro transmitía una serenidad imposible de describir.
Sus ojos parecían contener la profundidad de todos los océanos.
Su cabello, largo y plateado, descendía hasta su cintura.
Sobre su pecho brillaba un antiguo símbolo.
No era el de los dos árboles.
Era una única semilla rodeada por doce pequeñas estrellas.
El símbolo del comienzo.
Lior sintió un fuerte latido.
No era el suyo.
Era el mismo pulso que había sentido al cruzar el Sendero del Amanecer.
El mismo que compartía con Elara.
Pero ahora aquel latido parecía multiplicarse.
Como si un corazón inmenso estuviera despertando bajo todos los mundos.
El Primer Sembrador se detuvo frente a Lior.
Lo observó durante largo tiempo.
No había juicio en su mirada.
Solo una inmensa ternura.
Finalmente habló.
Su voz era tan suave que parecía mezclarse con el viento.
—Han pasado incontables amaneceres.
Y, sin embargo…
Has encontrado nuevamente el camino.
Lior bajó lentamente la cabeza.
—No sé quién fui.
Solo sé quién intento ser.
El gigante sonrió.
Aquella respuesta pareció alegrarlo profundamente.
—Entonces has aprendido la lección más difícil.
Recordar el pasado tiene valor.
Pero elegir quién deseas ser…
Tiene aún más.
Los Custodios permanecían completamente inmóviles.
Ninguno se atrevía a interrumpir aquel encuentro.
La mujer de ojos ámbar observaba la escena con lágrimas silenciosas.
La Cronista sostenía el antiguo libro entre sus manos.
Las páginas ya no se escribían solas.
Esperaban.
Como si la siguiente línea dependiera únicamente de las palabras que estaban por pronunciarse.
Mientras tanto…
El puente de luz terminó de completarse.
Elara llegó lentamente hasta el valle.
En cuanto sus pies tocaron la hierba luminosa, las flores comenzaron a abrirse una tras otra.
No necesitó buscar a Lior.
Sus corazones ya habían encontrado el camino antes que sus miradas.
Se acercó lentamente.
Él hizo lo mismo.
Cuando quedaron frente a frente, ninguno habló.
Las palabras resultaban demasiado pequeñas.
Lior levantó una mano.
Elara hizo lo mismo.
Sus dedos apenas se rozaron.
En ese instante…
La marca de los dos árboles comenzó a brillar sobre ambos pechos.
Las dos mitades del símbolo se unieron.
Un inmenso círculo de luz envolvió el valle.
Las Doce Llamas ascendieron hasta formar una corona luminosa sobre el cielo.
La ciudad suspendida respondió con un profundo resplandor.
Miles de campanas comenzaron a sonar al mismo tiempo.
Entonces ocurrió algo inesperado.
El antiguo símbolo del pecho del Primer Sembrador comenzó a iluminarse.
La pequeña semilla rodeada por doce estrellas emitía un brillo cada vez más intenso.
El gigante cerró lentamente los ojos.
—Por fin…
Murmuró.
—El Juramento vuelve a estar completo.
El anciano del bastón de cristal dio un paso adelante.
Todavía sostenía la Última Semilla.
Ahora parecía mucho más oscura que antes.
Como si estuviera absorbiendo las sombras que aún quedaban en el valle.
La observó con preocupación.
Después levantó la vista hacia el Primer Sembrador.
—El momento ha llegado.
El gigante asintió lentamente.
—Sí.
Ya no podemos retrasarlo.
Lior observó la pequeña semilla.
Sentía que una parte de su destino estaba unida a ella.
—¿Qué debo hacer?
El Primer Sembrador extendió lentamente la mano.
No tomó la semilla.
Señaló el corazón de Lior.
—Antes debes responder una pregunta.
Solo una.
Y de tu respuesta dependerán todos los caminos que aún no han nacido.
El valle entero quedó en silencio.
Ni una hoja se movía.
Ni una llama oscilaba.
Hasta el viento parecía esperar.
El gigante preguntó con absoluta serenidad:
—Si pudieras recuperar todos los recuerdos perdidos…
Pero para lograrlo tuvieras que renunciar al futuro…
¿Lo harías?
Lior permaneció inmóvil.
Aquella pregunta atravesó cada rincón de su alma.
Miró a Elara.
Ella comprendió inmediatamente que no existía una respuesta sencilla.
Durante largos instantes ninguno habló.
Finalmente, Lior respiró profundamente.
Tomó la mano de Elara.
Después levantó la vista hacia el Primer Sembrador.
—El pasado merece ser honrado.
Pero no fue creado para convertirse en una prisión.
Prefiero conservar solo aquello que me enseñó a amar…
Y construir junto a ella los recuerdos que todavía no existen.
El silencio que siguió fue tan profundo que parecía eterno.