Cicatrices de un Verano Infinito

Capítulo 60 El Primer Amanecer

El eclipse continuó extendiéndose sobre el firmamento.

No era un eclipse de oscuridad.

Era un eclipse de silencio.

Las estrellas no desaparecían.

Simplemente dejaban de cantar.

Por primera vez desde el nacimiento de los mundos, el universo entero dejó de escuchar la melodía que sostenía el equilibrio entre la memoria y la esperanza.

Las Doce Llamas comenzaron a disminuir su intensidad.

La ciudad suspendida quedó envuelta por una penumbra plateada.

Los Custodios permanecían inmóviles.

Ninguno pronunciaba palabra.

Sabían que el instante decisivo había llegado.

La pequeña esfera nacida de la Última Semilla continuaba ascendiendo lentamente.

No parecía apresurada.

Era como una semilla llevada por el viento.

Con cada metro que avanzaba, dejaba un rastro de pequeñas luces.

Cada luz descendía sobre algún rincón del universo.

Y allí donde tocaba la tierra, alguien recordaba un acto de bondad olvidado.

Un perdón.

Una promesa.

Un abrazo.

Una despedida llena de amor.

La esperanza comenzaba a florecer nuevamente.

Pero en el extremo opuesto del cielo…

La oscuridad empezó a tomar forma.

No era una criatura.

No era un ejército.

Era un inmenso jardín.

Un jardín sin flores.

Sin árboles.

Sin colores.

Solo tierra gris que se extendía hasta donde alcanzaba la mirada.

En medio de aquel paisaje caminaba una figura solitaria.

Vestía un largo manto negro tejido con sombras.

Su rostro permanecía oculto.

En una mano sostenía una pala de cristal oscuro.

En la otra…

Una flor completamente marchita.

El Primer Sembrador bajó lentamente la cabeza.

—El Jardinero del Vacío…

Ha despertado.

La figura continuó caminando.

Cada paso hacía desaparecer una estrella del cielo.

No la destruía.

La enterraba.

Como quien guarda una semilla esperando que jamás vuelva a crecer.

Lior observó aquella escena.

No sintió odio.

Ni miedo.

Solo una inmensa compasión.

Porque comprendió que nadie podía dedicar una eternidad a destruir jardines sin haber perdido primero el suyo.

Elara sintió exactamente lo mismo.

Apretó con fuerza la mano de Lior.

Ambos comprendieron, al mismo tiempo, que aquella no era una batalla para vencer a un enemigo.

Era una oportunidad para sanar una herida.

El Jardinero del Vacío levantó lentamente la cabeza.

Aunque su rostro permanecía oculto, su voz atravesó el universo entero.

—Las flores siempre terminan marchitándose.

Los árboles siempre terminan cayendo.

Los recuerdos siempre terminan desapareciendo.

¿Por qué siguen sembrando?

El silencio envolvió todos los mundos.

Nadie respondió.

El Primer Sembrador permaneció inmóvil.

Los Custodios bajaron la mirada.

Hasta la Cronista cerró lentamente el antiguo libro.

Aquella pregunta no necesitaba una respuesta nacida de la sabiduría.

Necesitaba una respuesta nacida del corazón.

Lior dio un paso adelante.

Después otro.

Elara caminó junto a él.

Ninguno soltó la mano del otro.

Se detuvieron frente al inmenso jardín gris.

Lior observó la tierra estéril.

Se arrodilló.

Introdujo lentamente la mano en el suelo.

No encontró vida.

Solo frío.

Entonces levantó la vista hacia el Jardinero.

Y habló con absoluta serenidad.

—Sí.

Todo termina.

Las flores se marchitan.

Los árboles envejecen.

Los recuerdos cambian.

Las personas parten.

Pero nada de eso convierte al amor en un error.

Al contrario.

Es precisamente porque todo es frágil…

Que cada gesto de bondad tiene un valor infinito.

El Jardinero permaneció inmóvil.

Su mano comenzó a temblar.

La flor marchita cayó lentamente al suelo.

Lior continuó hablando.

Su voz era tranquila.

No intentaba convencer.

Solo compartía la verdad que había descubierto durante el viaje.

—No sembramos porque estemos seguros de que el jardín será eterno.

Sembramos porque creemos que alguien, algún día, necesitará descansar bajo su sombra.

No recordamos el pasado para vivir atrapados en él.

Lo recordamos para aprender a construir un futuro más luminoso.

Y no caminamos juntos porque temamos la soledad.

Caminamos juntos porque la esperanza siempre florece mejor cuando encuentra otro corazón dispuesto a cuidarla.

Las lágrimas comenzaron a descender lentamente bajo la capucha del Jardinero.

Por primera vez en incontables eras…

Lloraba.

No de tristeza.

De alivio.

Como quien finalmente escucha las palabras que llevaba una eternidad esperando.

La pala de cristal oscuro resbaló de su mano.

Al tocar la tierra…

Se transformó en una sencilla pala de madera.

El jardín gris comenzó a cambiar.

Primero apareció un pequeño brote.

Luego otro.

Después miles.

La vida regresaba.

No porque hubiera vencido a la oscuridad.

Sino porque la oscuridad había aceptado volver a caminar junto a la luz.

El Primer Sembrador sonrió.

La mujer de ojos ámbar cerró los ojos con emoción.

La Cronista abrió nuevamente el antiguo libro.

Por primera vez, las páginas permanecieron completamente en blanco.

Lior la observó.

—¿Qué ha ocurrido?

Ella respondió sonriendo.

—La historia ya no necesita ser escrita.

Ahora pertenece a quienes decidan vivirla.

La ciudad suspendida comenzó a elevarse lentamente.

No desaparecía.

Simplemente regresaba al lugar donde siempre había pertenecido.

Las Doce Llamas se transformaron en doce nuevas estrellas que ocuparon su lugar en el firmamento.

El Árbol Primigenio extendió sus ramas hacia todos los horizontes.




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