El día estaba nublado en el panteón, como todos los días desde hace varios siglos. El viento mecía las ramas de los árboles causando un silbido constante, las temperaturas eran bajas y todos los sirvientes usaban las túnicas otoñales, túnicas de color blanco con estampados dorado acompañadas de guantes y bufandas diseñadas para protegerlos del frío.
Un hombre se acercaba al panteón, subía por la enorme colina vistiendo una armadura negra y una gran espada. El viento sacudía su cabello rubio.
Cuando se acercó al portal uno de los sacerdotes se dirigió a él.
—No vaya, guerrero.
—¿Va a tratar de detenerme? —El hombre lo miró de reojo.
—Nadie aquí va a detenerlo —respondió el sacerdote serenamente y ajustó el cuello de su túnica—. A los feligreses se les ha ordenado no intervenir. Pero no vaya, es una petición que le hago.
—Tengo que.
—No tiene que. Se le ha ordenado hacerlo.
—Tengo un deber.
El guerrero siguió caminando sin mirar al sacerdote, solo lo escuchó murmurar una oración a su diosa.
Al avanzar y adentrarse al panteón vio a unos cuantos niños jugando entre las hierbas, reían y saltaban, pero el guerrero solo pudo preguntarse si alguno de ellos estaba destinado a ser un sacrificio, cuál acabaría sobre el altar con una daga en el pecho. Ese pensamiento le ocasionó una punzada en el pecho.
Se paró frente al templo, el templo principal donde los ritos más oscuros eran llevados a cabo. Observó los fundamentos de mármol y los incrustados en el marco de la puerta preguntándose cómo lucía aquel templo en el pasado.
La puerta estaba ya abierta e incluso desde afuera lograba ver el trono, grande, de oro y en él, la diosa, tal y cómo había sido descrita a él desde años atrás.
Hermosa, envuelta en una túnica blanca que llegaba hasta el piso, su cabello parecía tener vida propia o ser ajeno a la gravedad, flotaba en el aire con gracia. Sus miradas se encontraron y entonces ella habló.
—¿Cómo te llamas, guerrero? —Su voz dulce lo desconcertó por un momento.
—Louis —respondió él, apretando con más fuerza el agarre de su espada.
—Louis —Ella asintió lentamente—. No deberías estar aquí, Louis.
—Pero lo estoy. Y usted sabe a qué he venido —Dio un par de pasos hacia adelante.
—Si cruzas el umbral, morirás —Ella se puso de pie.
—Usted no me asusta, deidad. Me he preparado para este día.
Ella puso sus manos en su espalda y empezó a caminar lentamente hacia él, sus movimientos eran agraciados, apenas y parecía tocar el piso bajo sus pies.
—No sobrevivirás a este encuentro Louis. Date la vuelta y vuelve a tu hogar.
Él se acercó también, finalmente cruzando el umbral y entrando al templo.
—No poseo uno.
—Vuelve a tu templo. A tu campamento. A tu pueblo.
—Lo siento, su divinidad. No me es posible retirarme, quién morirá hoy será usted.
El guerrero sacó su espada y se abalanzó hacia la diosa, ella dio un paso hacia un lado, esquivando el golpe.
Él ajustó su postura y giró, nuevamente tratando de golpearla, pero ella se inclinó apenas un instante antes de que la espada la golpeara.
—Aún puedes retirarte —murmuró ella.
—No lo haré.
Ella dio un paso hacia atrás, observándolo con atención y él dio dos adelante, arremetiendo contra ella otra vez. La espada no la tocó.
Con el paso de los minutos el guerrero empezaba a tensarse, él era rápido, más que ningún otro guerrero visto, sus movimientos eran precisos y letales, pero aún así, ella los esquivaba, sus movimientos eran fluidos, etéreos, su expresión apacible, sus manos permanecían relajadas a su espalda y su túnica parecía danzar con cada movimiento.
—He entrenado por años —gruñó él cuando su espada golpeó uno de los pilares del templo en vez de a ella.
—Estoy segura de ello.
—Cueste lo que cueste, debo matarla. Voy a matarla.
Ella suspiró apenas perceptiblemente.
—Te estás cansando.
—Eso no importa. Aunque me cueste la vida, debo matarla —la frustración era evidente en su voz.
Él tomó impulso y se arrojó hacia ella con la espada en alto. Ella levantó una mano en el aire y casi con gentileza desvió la espada unos centímetros, apenas rozando el metal. Luego devolvió la mano a su espalda.
—¿Sabes por qué haces esto, Louis?
No se detuvo antes de responder, embistió hacia ella otra vez.
—No es una decisión, divinidad. Es un deber grabado en mi alma.
Ella asintió y se giró ligeramente, eludiendo el filo de la espada. Él respiró temblorosamente.
—No tienes que hacerlo.
—¡No puedo volver sin su cabeza! —gritó él.
Ella dio un paso hacia atrás y se giró, dándole la espalda, su cabello parecía bailotear en el aire, la luz del templo reflejándose en él.