El día era soleado en el panteón, el viento primaveral sacudía las ramas de los árboles y unos cuantos pétalos de flores volaban y eran esparcidos por el lugar.
En el jardín se encontraban dos deidades. La diosa de la sabiduría, Orisse, tomó asiento junto a la otra deidad y observó su cabello opaco y liso cayendo sobre sus hombros. Una expresión de preocupación se posó en su rostro.
—Estás débil otra vez, Ythara.
La otra diosa rodó los ojos y se movió en su lugar, evitando mirarla directamente.
—Estoy bien. Podría cargar un elefante —respondió.
Orisse suspiró suavemente.
—Reformulo: Para ser una diosa, estás débil —ladeó la cabeza y vio la figura escondiéndose detrás de un árbol—. ¿Y quién es ese?
El rostro de Ythara se iluminó y sonrió, haciéndole señas a la persona para que se acercara.
—Se llama Louvyds. Y está consagrado a mí. ¿Qué te parece? ¿No es genial?
Orisse entrecerró los ojos, estudiando con la mirada al joven mientras él se sentaba junto a la otra diosa. Luego movió su mano hacia el rosal y pinchó su dedo con una espina.
—¿Qué está haciendo? —susurró el joven inclinándose hacia Ythara.
—La estoy alimentando —murmuró Orisse acercando su dedo a los labios de la otra diosa.
Ythara lentamente lamió la gota de sangre que salió luego del pinchazo.
—Como no tengo dominio aún del cual nutrirme, los dioses me alimentan para que esté más fuerte —respondió mirando de reojo a Louvyds.
—¿Y por qué sangre? —el joven ladeó la cabeza, confundido.
—¡Oh, oh! —Ythara se giró para verlo— Verás, la sangre es la moneda del universo, es la vida misma.
Orisse asintió, observando con atención a los dos, con una expresión que era una mezcla de aburrimiento y apenas una pizca de curiosidad.
—¿Y cómo conseguiste que se consagrara a ti? —señaló con la cabeza al chico.
Se miraron el uno al otro y rieron suavemente.
—Lo ayudé cuando se escaparon sus ovejas, ya hace un par de semanas.
—Ya veo —murmuró Orisse arqueando una ceja.
Ythara se puso de pie, tomó la mano del joven y lo tiró hacia ella, haciendo que él se pusiera de pie también.
—Bueno, ¡me voy! Louvyds y yo tenemos una religión que planear.
Y empezó a correr, riendo y sosteniendo la mano del joven mortal.
—¡No vayan lejos! —levantó la voz la diosa, viéndolos alejarse— Es peligroso afuera para una deidad menor como tú, Ythara.
Pero ella no lo escuchó, solo escuchaba a aquel joven, su primer devoto, diciendo entre risas:
—¡Mi diosa, vamos muy rápido!
Cuando llegaron al pie de la gran colina donde se erguía el panteón, Ythara se sentó en el césped, apoyando sus manos en el suelo, se inclinó hacia atrás, observando a Louvyds. Él se arrodilló frente a ella, con una sonrisa cariñosa adornando su rostro.
—¿Estás feliz, mi diosa?
—Estoy muy feliz, Louvyds —levantó una mano para acariciar su mejilla.
Él cerró los ojos por un momento, se inclinó hacia su mano, recibiendo gozoso la caricia.
—Mírate —murmuró ella juguetonamente—. Eres adorable.
—Solo para ti, mi diosa —susurró él, un rubor rosa en sus mejillas.
Ella cambió su agarre, sujetó gentilmente su barbilla y lo atrajo hacia ella. Un brillo juguetón en sus ojos.
—¿Verdad? ¿Solo para mí?
—Solo para ti —repitió él.
La diosa sonrió complacida, sin dejarlo ir por completo aún.
—Me voy a esforzar tanto. Tendré un gran culto y jamás me olvidaré de ti —se inclinó hacia adelante y besó el cabello del joven—. Tú estarás a mi lado, te haré el mortal más poderoso que se haya visto, corazón.
Él dio un suspiro contento.
—No tienes que darme nada, diosa mía. Solo este sentimiento, este día, estar aquí contigo, es suficiente para que perciba toda la felicidad que un mortal podría experimentar.
Ella rió suavemente y le dio una palmada suave en la mejilla, que lo hizo sonrojarse aún más.
—Siempre se puede ser más feliz, Louvyds. Te enseñaré, solo espera.
El joven asintió con una sonrisa.
El resto de la tarde, por horas, solo permanecieron en el césped charlando. Louvyds le contaba a la diosa sobre sus ovejas, de lana esponjosa y juguetonas; ella le hablaba sobre cómo quería que fuese su culto: con túnicas blancas, incienso y oro.
Las copas de los árboles se sacudían, causando una brisa suave y las nubes parecían formar agradables figuras en el cielo azul.
Su conversación se vio eventualmente interrumpida cuando una deidad se acercó a la colina con intención de subir al panteón. Detuvo sus pasos un momento al ver a la diosa y el joven.
—Ythara, ¿qué crees que haces aquí? —su voz era fría y cortante.