Cielo carmesí

03

Louis lloró esa noche. Y las noches siguientes. Lloró hasta que le costaba respirar, lloró hasta que el nudo en la garganta era doloroso, hasta que solo veía borroso a través de las lágrimas, sus manos temblaban mientras se cubría el rostro en la cama, mientras todos dormían y el viento nocturno le helaba las extremidades.

Lloró con tal fuerza que en las mañanas sus ojos hinchados delataban lo que había ocurrido, pero nadie dijo nada. Porque los guerreros no se quiebran.

Una noche se arrodilló junto a la cama, las manos en el aire con las palmas levantadas en posición de rezo, su espalda se sacudía ligeramente mientras intentaba en vano parar de llorar.

Su vista se dirigía inconscientemente hacia arriba como rogándole a los cielos, pero sabía con total certeza que los cielos estaban vacíos. No había un dios al que rezarle, no había deidad que le escuchara. Se sentía como gritarle al vacío y por eso de su boca no salió palabra alguna.

—Los dioses están entre nosotros —pensó— y ellos no lo entenderían.

Permaneció inmóvil por varios minutos con la vista fija hacia arriba, tratando de recordar un dios, cualquiera, al que pudiera rezar por guía pero llegó a la conclusión de que todos le dirían “Entrena más" a su manera.

Se preguntó si los consagrados a Ythara rezaban, de qué modo lo hacían y sobre todo, si eran escuchados, si recibían respuesta. Nunca se atrevería a preguntar en voz alta.

Para los demás su fracaso no había significado nada, convivían en el campamento, rezaban, hacían los ritos diarios y sobre todo, entrenaban. Muchísimo.

—Es Ythara —le dijo Aldren mientras almorzaban una tarde —. Si fuera fácil, no llevaría siglos en el panteón. Nadie te culpa.

Vio a Aldren mover sus dedos en el aire trazando un símbolo en señal de respeto.

—Sigue siendo una deidad —añadió él como aclarándose a sí mismo—. Yo soy un mortal.

Louis asintió lentamente.

—Incluso ella es una deidad.

Levantó la vista, por un par de segundos observando las nubes y las ramas de los árboles que eran sacudidas por el viento y finalmente añadió.

—Al menos el cielo es azul hoy.

— — —

La diosa Ythara se encontraba meditando en el templo, su cabello resplandecía otra vez y flotaba agraciadamente en el aire, sus ojos estaban cerrados y su expresión era una de calma.

Sus manos estaban a sus lados en el trono y su cuerpo no se movía ni un centímetro desde hace horas. Nadie se atrevía a interrumpir sus meditaciones.

Eso fue hasta que sintió a la pequeña criatura trepar y subirse a su regazo, abrazando torpemente su cintura.

—¿Qué haces aquí, corderito? —murmuró ella con los ojos aún cerrados.

Seraphiel entró corriendo al templo, tratando de impedir que la criatura disturbara la paz de la diosa; sin embargo llegó tarde, él ya se encontraba cómodamente en su regazo, abrazándola fuertemente.

—Soberana celestial —el sacerdote se arrodilló a sus pies—, lamento profundamente importunarla. El pequeño Ilias parece ser, necesita una lección en reverencia, aún debo reforzar su educación.

El niño apretó su agarre en la túnica de la diosa. Ella mantuvo sus manos a los lados del trono, evitando tocarlo directamente, pero haciendo nada para impedir que él se aferrara a ella.

—¿Te gusta estar aquí, corderito? —murmuró contra el cabello del pequeño finalmente abriendo sus ojos.

—Sí. Quería estar lejos de Seraphiel y estar contigo, pero mira, me siguió —se quejó él evitando mirar al sacerdote.

—Eso veo —murmuró ella con una pizca de diversión.

—Mi señora, eterna divinidad, el pequeño Ilias simplemente estaba haciendo un…—sus ojos se entrecerraron e hizo una pausa como buscando la palabra correcta— un berrinche. Algo bastante común en los pequeños mortales, pero algo que he de corregir.

—Un berrinche —ella asintió lentamente—. ¿Y cuál fue la razón?

El niño levantó la vista para ver el rostro de la diosa.

—Le pedí a Seraphiel que le diera a los sirvientes una galleta a cada uno, solo una y dijo que no — respondió el niño con indignación infantil.

—Ya veo —murmuró la diosa con una sonrisa apenas perceptible en los labios.

—Eso no es lo peor —continuó el niño—. Le dije “Está bien, no le des una galleta a todos, pero danos una a Neris y a mí” ¡Y se negó otra vez!

El sacerdote empezó a masajearse las sienes.

—Divina gracia, lamento profundamente que sus meditaciones hayan sido interrumpidas por estos asuntos insignificantes, me encargaré de que no vuelva a repetirse —murmuró bajando la vista hacia el suelo.

—Hoy Neris y yo fuimos al río a lavar las túnicas junto con los sirvientes —el pequeño buscaba la mirada de la diosa mientras hablaba—. Por horas lavamos túnicas manchadas de sangre y también limpiamos el altar y el piso del templo. ¿Y no podemos comer una galleta?

—Mi señora, los niños ya recibieron su comida de la tarde —respondió el sacerdote avergonzado.



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En el texto hay: dioses, magia, brujeria

Editado: 26.08.2026

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