Cielo carmesí

04

Louis sentía una infinita soledad. En un mundo donde todos parecían poseer un dios al que rezar, donde las personas recitaban alabanzas y experimentaban milagros, él sabía que sus oraciones caían al vacío, no había dios que escuchara. La divinidad lo había abandonado; no a la humanidad, a él.

No les tenía resentimiento, simplemente sabía que cada dios tenía su pueblo elegido. Y él, tristemente, no pertenecía a ninguno. No le pertenecía a ninguno.

Era un guerrero que poseía tanta devoción para dar y nadie a quién ofrecérsela. Al final del día era solo un guerrero, una elegante herramienta.

Se encontraba sentado en un parque cercano al templo local dedicado al dios de la guerra cuando escuchó a dos jóvenes teniendo una discusión que asumió era infantil. Pero de repente su oído se agudizó al escuchar el nombre Ythara.

— Ella disfruta de tu sufrimiento — dijo uno y los ojos de Louis rápidamente se posaron en el talismán alrededor de su cuello.

Devoto a la diosa del amor.

— Es una entidad celestial benevolente — respondió el otro, Louis notó su mandíbula tensa —. Hace lo mejor que puede.

— No está de tu lado — el chico levantó la voz —. ¡Te quiere miserable! ¿No lo ves?

— Nuestra diosa desea nuestra felicidad. Hay una buena explicación para nuestra fe — lo señaló con un dedo —, pero eso no te importa.

— ¿Cuál?, ¿cuál es una buena razón? — se burló el primer chico.

El segundo joven tomó una bocanada de aire, respirando profundamente con una expresión de frustración en el rostro.

— Seguro es difícil ser la divina madre de millones de devotos hoy en día.

Louis se levantó de la banca donde estaba, cuidadoso de no hacer ningún ruido que llamara la atención y caminó alejándose.

Caminó y caminó por varios minutos, ignorando el ruido del pueblo, sin ser realmente consciente del pasar del tiempo, caminó hasta que, antes de darse cuenta estaba a los pies de la colina sobre la que se erguía el panteón.

Se dijo que nadie lo vería, que no llevaba armadura ni espada, que nadie podía reconocerlo, que en realidad era beneficioso saber más del enemigo. Pero solo intentaba convencerse de que lo que hacía no era imprudente, que no estaba yendo en contra de la voluntad de sus dioses.

Y aún así, subió la colina.

Al estar en la cima se detuvo unos segundos, bajó la vista y observó el pasto verde bajo sus pies, luego el cielo nublado y finalmente, su vista se posó en las personas a lo lejos.

El panteón no lucía como se le había enseñado. Y al caminar hacia el umbral supo que su presencia sería notada, pues todos vestían túnicas blancas. Evitó conscientemente bajar la vista hacia su propia ropa.

Se acercó al templo, pero no entró, deambulando lentamente alrededor de él, terminó escondido junto a un pilar, con vista parcial a una ventana. Era suficiente.

El interior del templo lucía imponente, aun desde afuera, lograba percibir el olor a incienso y alcanzaba a ver las bancas de madera y lámparas de aceite en la pared.

Escuchaba a alguien barriendo y vio pasar a un niño corriendo. Luego pudo ver a un sacerdote que detuvo al pequeño y gentilmente le ajustó el cuello de la túnica.

— ¿Terminaste de pulir el cáliz? — dijo y luego acarició el hombro del niño.

— No — respondió entre risas —. Neris lo hizo por mí.

Un segundo pequeño entró en su rango de visión.

— ¡No porque quisiera! — se quejó mientras el primero aún reía — Ilias no lo hizo, así que yo tuve que.

No podía ver el rostro del sacerdote, pero lo vio inclinarse ligeramente hacia los niños.

— Ilias, debes hacer tus tareas tú mismo.

— ¡Es un perezoso! Regáñalo, Seraphiel.

— ¡Y tú eres un soplón, Neris!

Louis ajustó sus anteojos, como queriendo asegurarse de que estaba realmente viendo la escena ante sus ojos.

— Ni siquiera sé por qué tengo que pulir un aburrido cáliz de plata — añadió él primer niño —. El oro es más brillante y bonito.

Neris parecía a punto de intentar refutarlo, pero de repente su expresión cambió y se buscó la mirada del sacerdote.

— De hecho, eso es verdad — asintió un par de veces —. Además, creí que a nuestra diosa le gustaba el dorado.

El sacerdote suspiró.

— El uso de plata es tradición en rituales de purificación.

Acarició ligeramente las cabezas de ambos niños.

— Vuelvan a los quehaceres.

A regañadientes, los dos niños se retiraron. No alcanzaba a escuchar qué decían, pero pudo adivinar que no estaban muy complacidos.

Louis dio algunos pasos hacia atrás, empezando a alejarse y dispuesto a regresar. Tenía la vista fija en el suelo cuando una túnica blanca entró en su campo de visión, al levantar la mirada vio a la diosa Ythara frente a él.

Él se paralizó en el lugar, su mano instintivamente se movió a donde normalmente estaría su espada, pero al sentir el vacío, se tornó en un puño a su lado.



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En el texto hay: dioses, magia, brujeria

Editado: 04.09.2026

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