Aiden Mckee.
—Su voz — es…
Estaba sentado en la mesa más alejada del local, pero con la ayuda de los parlantes podía escuchar bien su voz.
Era dulce.
Delicada.
Estaba de pie frente al micrófono con una seguridad que no veía en nuestros encuentros.
Con la espalda erguida, con su mirada coqueta, con sus manos sujetando el micrófono con delicadeza.
¿Estoy seguro que es Arisha?
Sus ojos como la miel, su cabello negro cayendo por sus hombros. Ese contraste que me encantaba.
Debía ser ella.
—¿Preciosa no? — dijo Renato dándose cuenta de mi estado.
—Te enamoraste –se rio de mi Diego.
—Desde hace semanas —me sincere.
La música seguía sonando.
Había encontrado a un ángel, me había enamorado de uno.
Su mirada chocó conmigo y pude ver el pánico en su mirada, asustada como un cervatillo. Su voz temblaba y sus manos sostenían el micrófono con fuerza.
Las personas susurraban.
Mi presencia había alterado a mi señorita y eso me hacía sentir especial.
No podía creer que alguien tan maravillosa temblaba ante mi mirada, que no era indiferente a mi. Eso me acercaba a ella.
Sonreí con felicidad real.
Deseaba ser alguien para ella, y esto era un progreso.
Mi mirada no se alejaba de la suya, pero no podía ser ajeno a la situación actual, y a pesar de que ella no había detenido su canto, su voz temblaba.
“Continúa”.
Moví mis labios para darle ánimo, aunque eso significaba que su mirada se alejaba de mi.
—Eres preciosa —volví a susurrar.
Su voz se estabilizó y continuó con las siguientes canciones con total control.
Era sorprendente, un ángel. Entendía porqué la llamaban así.
¿Cómo podré seguir cortejando a alguien así?
Mis amigos siguen bebiendo varias cervezas y yo continuo con la primera.
Después de cinco canciones, ella se inclina para agradecer y al levantarse mira en mi dirección conectando nuestras miradas.
Su mirada dice “olvida esto, olvida que me viste”.
Pero lo siento señorita, pero eso no pasará.
§§§
—Tienes mucho qué contar —dijo Diego saliendo del local.
—Y tú tienes que explicar porque me llevaste a un bar que tiene habitaciones. —Lo señalé con el dedo. —aunque al final salió bien.
—No cambies el tema —dice Renato.
—Ella es la mujer de mis sueños - dije con mi mirada en el local.
La puerta roja estaba abierta de par en par, permitiendo que varios clientes se retiraran.
—¿De dónde la conoces?
—La conocí ese día que me dieron permiso para salir antes.
—Oh—habló Diego— supongo que alegró un poco tu día —dijo melancólico.
—Lo hizo.
Había sido un día horrible, como los años anteriores.
Caminé por toda la avenida pensativo, dolido. Entonces su belleza me quitó esos pensamientos negativos, su ojos afligidos me distrajeron.
¿Hay alguien peor?
¿Por qué tiene esa mirada?
Lo peor, es que a pesar de que su mirada no tenía vida, me había cautivado.
Eran de un café claro, tan claro que rozaba el color miel. Un color cálido, pero que estaban fríos.
Cuando le hablé, había olvidado el día, la situación, para mí sólo era ella.
« Una señorita no debería decir ese tipo de palabras »
Esas palabras debían ser otras. Mis palabras no debieron rozar el egocentrismo. Estaba nervioso y fue lo primero que salió de mi boca. Palabras vacías.
« Señorita, su micro »
Cuando me di cuenta ella ya tenía que volver y me prometí a mi mismo que volvería, que la encontraría de nuevo, que le hablaría mejor, que le daría todo mi cariño.
Cambiaría esa tristeza por alegría.
—¿Entonces estás pensando en conquistarla o algo así?— preguntó Renato.
—Si. Quiero que sea mi novia.
—¿Es en serio?— Abrió mucho los ojos. —¿Estás seguro?
—Nunca he estado más seguro.
Ambos sonrieron, compartiendo un secreto.
—Ahora me dirán porque me llevaron a un bar con un prostibulo.
—Bueno. — Ambos se miraron— Queríamos que mojaras, ya sabes…
—¿Qué?
—Ya sabes, tener sex…
—Si se a que se refiere, pero no entiendo por qué hicieron eso.
—Llevas meses sin nadie.
—Ha pasado un buen tiempo desde Camila.
—¿Y?
—Y no has estado con ninguna mujer después de eso y bueno, las necesidades—dijo Renato.
Suspiro largo.
—No todo es sexo chicos.
—Si, si. —Movió la mano quitándole importancia. —Pero es importante. Pero ahora tienes al bello ángel de las Alas Rotas.
—No me interesa su cuerpo chicos, quiero que les quede claro algo. Ella me interesa de una forma más profunda.
—¿Estás enamorado? Pero si no la conoces.
—Eso se puede resolver.
—Bien, tu sabes — dijo Diego.
Exacto, yo lo sé.
Sé que puedo resolver ese problemita, se que podré conocerla.
No me rendiré.