Cigarro de Miel

Capítulo 12: Te encuentro aquí

Arisha Cervantes

El cansancio ya se estaba notando, y solo habían pasado dos días.

Me desperté temprano, me bañé, me vestí: pantalón negro ajustado rasgado, una polera roja corta. Tomé mi cabello en un moño desordenado y luego de comer un rico desayuno, el más rico en mucho tiempo, salí de mi departamento a la ferretería con una sonrisa en la cara.

Mis pasos eran pausados, había salido con tiempo y quería disfrutar este día.

No había tanto calor, había una agradable brisa y era suficiente para que mi día hubiera partido con el pie derecho.

Caminé tarareando la canción nueva que debía aprender, una melodía lenta. Encantaría al público.

Tomé la micro y caminé nuevamente. El tramo no era tanto, pero no me podía seguir desgastando caminando.

Al llegar se oyó un grito desde el interior de la ferretería qué me alertó.

—¡Abuelo bájate de una buena vez! me vas a matar de un infarto.

Corrí al interior.

—Me tienes poca fe, he hecho esto por años.

—¡Pero resulta que ahora tienes 80 años!

Escuchaba la discusión paralizada.

Había llegado su nieto.

Su nieto...

Quería dar vuelta y salir de lugar sin que nadie me notara, pasar totalmente inadvertida.

—¡Oh niña, llegaste! —dijo Don Marco mientras la escalera crujía.

Pero él hombre de pie frente a mí no se percató, su mirada estaba puesta en mí, solamente en mí.

—Arisha...

Su voz era un susurro.

Trague saliva.

Cabello negro, ojos negros, vestimenta negra y ese delicado aro en su labio.

Frente a mí estaba Aiden, el querido nieto de mi jefe. ¿Qué tan pequeño es el mundo para que ocurra esto?

¿Era el universo conspirando en mi contra?

—Arisha...—dijo acercándose.

—¿Se conocen? —dijo Don Marco bajando la escalera.

Aiden reaccionó y ayudó a su abuelo sujetando la escalera.

—¿No responderán mi pregunta?

—Si, perdón —se adelantó a mí —larga historia.

Su mirada no abandonaba mis ojos.

—Algo me dice que te tendré más seguido en la ferretería —se carcajeó.

Miré de mala manera a Aiden. Había arruinado mi día, sin duda.

Respiré profundo y caminé a la sala común a dejar mi bolso y prepararme para una nueva jornada, pero una voz me detuvo.

—Señorita...

—Por favor.

No quería hablar con él, no ahora.

—Gracias.

Me di vuelta y miré intrigada.

—Gracias por ayudar a mi abuelo.

—Él me paga, así que no agradezcas.

—De todos modos. Hemos intentado por mucho tiempo que contrate a alguien más. Debió ver algo en ti —sonrió.

—No digas tonterías.

Él me miró con tristeza, como si le doliera. Pero no sé qué.

—¡Aiden! Si estás aquí ven a ayudar a tu abuelo.

Él sonrió de lado, una sonrisa coqueta junto a una mirada totalmente diferente a la de hace unos segundos.

Se acercó sigiloso y sus labios rozaron mi oreja.

—No tienes escapatoria, no de mí.

Se dio media vuelta y caminó con sus manos en su bolsillo relajado.

§§§

—Quiero selladores, ¿Tienen de eso? — Un señor de unos 50 años está detrás de la barra y yo no sabía qué responder. —¿Tienen o no?

No sabía qué hacer. Mi jefe se había ido a la parte de atrás ya que no había ningún comprador.

Yo aún no sabía el nombre de todas las cosas, me sentía en pánico, estaba sola en la tienda.

—¿Tienes o no? - El caballero se alteró.

—Pediré amablemente que no se altere y respete a nuestra trabajadora — habló Aiden posicionándose a mi lado.

—Es que ella...

—Ella es nueva en este puesto, espero pueda comprender.

Su voz seria le daba un halo de oscuridad. Él era imponente, su voz rasposa y grave sólo provocan miedo y en esta circunstancias hizo que el cliente tragara saliva.

—Perdón —miró a otro lado.

—¿Qué busca? — preguntó.

—Selladores —repitió.

Aiden lo atendió de maravillas, con total eficiencia. Pasó de una actitud amenazante a una amable. Eso me sorprendió y me asustó.

¿Cuántas caras más tendrá?

Bueno, es normal tener más de una cara ahora que lo pienso.

Yo tengo dos muy evidentes.

La Arisha glamurosa y segura de sí misma; y también la Arisha lamentable, la que aleja a todos.

—¿Estás bien? —Aiden me miró preocupado. —Él cliente ya se fue.

—Estoy bien —evadí la pregunta.

—Te quedaste paralizada, incluso después de que él se fuera.

—Olvídalo.

Odiaba dejar en evidencia ese lado vulnerable. No quería que nadie pudiera verlo, menos él, que tanto ha querido entrar.

No se lo permitiré.

No lo merezco.

Él no merece esto, la desgracia que cargo, la mala suerte.

—No es algo que te incumba —respondí a la defensiva.

—Lo sé —susurró — lo tengo claro. — Su mirada bajó al piso y pude notar como su voz se cortaba.

¿Por qué? ¿Por qué esa insistencia?

No lo entendía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.