Cimientos de Cristal

CAPÍTULO 4: El Desfile de lo Ordinario

El estudio J&R Asociados se había convertido en una sala de audiciones estéril. Tras el éxito de la Convención, el vacío dejado por Marcos, el anterior fotógrafo, se sentía como una herida abierta en la productividad del despacho. Julián, sentado tras su escritorio de nogal con la espalda tan recta como una de sus columnas, observaba el reloj de pared con una irritabilidad creciente.

—Siguiente —dijo con un tono seco, casi mecánico.

Ricardo, sentado a su lado, jugaba con un bolígrafo, visiblemente aburrido. Llevaban tres horas viendo portafolios y ninguno lograba encender la chispa que el estudio necesitaba. Para ellos, todos los fotógrafos parecían tener el mismo punto de vista: una visión plana, técnica y sin alma.

—Este es el décimo, Julián —susurró Ricardo—. El anterior tenía buena técnica, pero sus fotos parecían folletos de una inmobiliaria barata. Todos ven el mundo a través de un manual de instrucciones.

Entró una joven de aspecto pulcro, con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa ensayada. Presentó sus trabajos: tomas limpias, bien iluminadas, perfectamente encuadradas. Eran fotos "correctas".

—Es un trabajo muy... ordenado —comentó Julián, pasando las páginas con desgana—. Pero, ¿dónde está la intención? Aquí solo veo concreto y luz solar. No veo el peso del edificio, no veo la soledad del espacio.

—Es lo que piden los clientes, señor —respondió la chica, algo cohibida.

—Los clientes no saben lo que quieren hasta que se lo mostramos —sentenció Julián, cerrando la carpeta—. Gracias, la llamaremos.

Cuando la puerta se cerró, Ricardo se desplomó en su silla. —Estamos buscando un fantasma, socio. Todos estos chicos son "normales". Siguen las reglas. Y tú, después de lo que vimos en la Convención, parece que ya no quieres reglas.

—No es eso, Ricardo. Es que necesitamos a alguien que no solo vea la fachada. Todos estos candidatos ven la paz, pero nadie ve la tensión.

El deterioro mental de Julián se manifestaba en una intolerancia absoluta a la mediocridad. Al final de la tarde, Elena pasó por el estudio. Traía consigo esa aura de paz y ternura incondicional que solía ser su refugio.

—¿Cómo va la búsqueda, amor? —preguntó ella, acariciando el hombro de su marido—. A veces lo "normal" es lo que necesitamos para que las cosas funcionen sin sobresaltos. No necesitas a un genio, necesitas a un empleado.

Julián la miró. Las palabras de su esposa le sonaron, por primera vez, a una condena de aburrimiento. Elena representaba el orden que él estaba empezando a detestar en secreto. Cuando ella se retiró, el silencio en la oficina se volvió denso, hasta que la puerta se abrió de golpe, sin previo aviso.

Entró un fotógrafo de unos cuarenta años, cargado con un equipo carísimo y una actitud servil que me revolvió el estómago. Se llamaba Alberto. Extendió sus fotos sobre mi escritorio con manos temblorosas. Eran imágenes impecables, sí, pero tan vacías como un catálogo de muebles de oficina.

​—Como pueden ver, la iluminación es uniforme —explicó Alberto, señalando una toma de un edificio gubernamental—. He eliminado cada sombra molesta, cada imperfección del concreto...

​—Has eliminado el alma del edificio, Alberto —lo interrumpí, sin siquiera mirarlo—. Esto no es arquitectura, es una autopsia.

​Alberto tragó saliva y empezó a recoger sus cosas con rapidez, pero antes de salir, soltó un bufido de frustración.

​—Ya sé lo que buscan —masculló, guardando su cámara—. Buscan ese estilo sucio que está de moda. Seguro que están esperando a Valeria.

​Me tensé al escuchar ese nombre. Ricardo dejó de jugar con su bolígrafo y se incorporó.

​—¿La conoces? —preguntó mi socio con interés.

​—Todos en el gremio la conocemos —respondió Alberto con una mezcla de envidia y desprecio—. Valeria siempre hace lo mismo: llega tarde, te falta al respeto, ignora el plano técnico y se enfoca en "lo que está roto". Dice que la perfección no tiene historia. Es una insolente que se cree artista, pero les advierto... si la meten aquí, esa mujer no va a fotografiar sus edificios, va a desnudarlos.

​Cuando Alberto cerró la puerta de un portazo, el silencio que quedó en la oficina era distinto. Ya no era un silencio aburrido; era un silencio cargado de electricidad.

​—"Desnudarlos" —repitió Ricardo, mirándome con una sonrisa ladeada—. Suena a que es exactamente el problema que necesitamos, Julián.

​No tuve tiempo de responder. En ese preciso instante, la puerta se abrió de golpe, sin que nadie llamara.

Valeria entró como si fuera la dueña del edificio. No traía una carpeta de cuero, sino una mochila desgastada. Vestía unos jeans rotos y una camiseta de seda negra demasiado holgada que dejaba ver el nacimiento de un tatuaje en la clavícula. Era una vestimenta totalmente inapropiada, un insulto a la etiqueta del estudio, pero en ella, el efecto era devastador.

Julián sintió un golpe seco en el estómago. Un pensamiento intrusivo, salvaje y oscuro, lo asaltó de inmediato: la imaginó allí mismo, sobre ese escritorio de roble, despojada de esa ropa que le quedaba mejor que a cualquier modelo de alta costura. Se obligó a parpadear, avergonzado de su propio morbo interno mientras intentaba recuperar su máscara de hierro.

—Llegas tarde —dijo Julián, recuperando su tono gélido—. Y no hemos anunciado que podías pasar.

—El tiempo es relativo, y tu secretaria es demasiado lenta para mis condiciones —respondió Valeria con una sonrisa cargada de sarcasmo. Se sentó sin invitación, cruzando las piernas con una seguridad felina—. Ustedes buscan a alguien que vea lo que otros no ven. Yo busco a alguien que tenga el valor de pagarme lo que valgo.

—Esto es un estudio serio, no un experimento —intervino Ricardo, aunque fascinado por la energía de la mujer.

Valeria ignoró a Ricardo y clavó sus ojos en Julián, notando su rigidez y su obsesión por la simetría de los objetos en la mesa. Empezó a soltar chistes irónicos, desafiando directamente la estructura que Julián tanto protegía.



#1092 en Otros

En el texto hay: culpa, traicion infidelidad, pareja perfecta

Editado: 29.12.2025

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