El eco de los pasos de Valeria aún vibraba en el hormigón del estudio cuando Ricardo soltó una carcajada cargada de incredulidad. Se puso en pie y caminó hacia la barra de café, mirando a Julián, que permanecía estático tras su escritorio, con las manos aún apoyadas sobre el nogal.
—¿Eres consciente de lo que acabas de hacer, socio? —preguntó Ricardo, sirviéndose un trago de agua—. No has contratado a una fotógrafa. Has metido una granada de fragmentación en un estante de porcelana.
Julián se obligó a soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sus dedos se movieron mecánicamente para alinear el bolígrafo con el borde de la agenda. Simetría. Necesitaba recuperar la simetría.
—Necesitamos a la mejor, Ricardo. Y ella lo es —respondió Julián, intentando que su voz no traicionara el pulso acelerado que golpeaba en su cuello.
—Ella es un peligro —sentenció Ricardo, acercándose—. Has visto cómo te ha mirado. Has visto cómo ha pisoteado cada norma de este despacho. Julián, tú eres un hombre de estructuras rígidas, de orden, de... Elena. Esa mujer es lo opuesto a todo lo que has construido. ¿Estás seguro de que puedes mantener el margen?
—Es solo trabajo, Ricardo —mintió Julián, clavando la vista en un plano para evitar la mirada inquisidora de su socio—. Ella disparará las fotos, yo supervisaré la obra. No tiene por qué haber contacto fuera de lo profesional. Sé perfectamente dónde está el límite.
—Eso espero —murmuró Ricardo con una sonrisa de duda—. Porque me ha parecido que, por un momento, se te olvidaba hasta cómo respirar.
El Regreso al Refugio
Esa noche, el trayecto a casa se le hizo más largo de lo habitual. Julián conducía en un silencio absoluto, pero en su mente se repetía el bucle: el aroma amaderado, la risa ronca de Valeria y ese pensamiento intrusivo de verla sobre su escritorio que lo hacía sentir como un criminal.
Al entrar en la mansión, el orden lo recibió como una bofetada de realidad. Todo estaba en su sitio. Elena estaba en el salón, con un libro en el regazo y una suave música de piano de fondo. Se veía tan frágil, tan ajena a la suciedad del mundo exterior, que Julián sintió una punzada de náuseas provocada por su propia dualidad.
—Hola, amor —dijo ella, levantándose para recibirlo con un beso suave—. Te noto agotado. ¿Ha sido un día difícil?
—Largo, Elena. Muy largo —respondió él, dejándose abrazar, buscando en el olor a limpio de su esposa un antídoto contra el recuerdo de Valeria.
—¿Y las entrevistas? ¿Apareció alguien? —preguntó ella mientras lo guiaba hacia la cocina, donde la cena ya estaba dispuesta con una precisión estética envidiable.
Julián se sentó, sintiendo que la silla pesaba más de lo normal. —Sí. Al final del día. Se llama Valeria. Es... —buscó la palabra adecuada— compleja. Tiene un estilo agresivo, pero Ricardo y yo coincidimos en que es lo que el estudio necesita para el nuevo proyecto.
Elena asintió con esa ternura incondicional que la caracterizaba. —Si tú lo dices, debe ser extraordinaria. Me alegra que no te hayas conformado con algo mediocre, Julián. Tú siempre buscas la excelencia. ¿Es alguien de confianza?
—Es una profesional de renombre —respondió él con sequedad, cortando un trozo de carne con precisión quirúrgica—. No es el tipo de persona con la que haríamos una cena de amigos, Elena. Es solo una herramienta para la Torre Zen. Nada más.
—Entiendo —sonrió ella, acariciándole la mano por encima de la mesa—. Me gusta que seas tan protector con nuestro círculo. A veces el mundo es demasiado caótico y me da paz saber que tú mantienes las paredes firmes.
Julián forzó una sonrisa, pero las palabras de su esposa le dolieron como una condena. "Mantener las paredes firmes". Mientras Elena hablaba de planes para el fin de semana y de qué flores poner en el recibidor, Julián sentía que su deterioro mental se aceleraba. Estaba allí, físicamente presente, interpretando al marido ideal, pero una parte de él ya estaba en el lunes, en la obra, esperando el primer choque contra lo prohibido.
Se fue a la cama temprano, fingiendo un dolor de cabeza. En la oscuridad, junto al cuerpo cálido y tranquilo de Elena, Julián cerró los ojos y se dio cuenta de que mantenerse al margen no iba a ser una cuestión de voluntad, sino de resistencia. Y él, por primera vez en su vida, sentía que sus cimientos estaban empezando a ceder.