El lunes por la mañana comenzó con la precisión de un reloj suizo, una coreografía de orden que Julián ejecutaba para no desmoronarse. Se despertó antes de que la luz del sol terminara de filtrarse por las pesadas cortinas de seda, observando la silueta de Elena. Ella dormía con una paz que a él le resultaba casi dolorosa; era una pureza que él ya no sentía propia.
Se vistió en silencio, eligiendo un traje gris marengo de corte impecable. Cada movimiento era calculado: el nudo de la corbata, el ajuste de los gemelos, el brillo de los zapatos. Era su armadura. Desayunaron en el comedor bañado por una luz clara y anestésica. Elena servía el café con una sonrisa, comentando los detalles de la gala benéfica de la próxima semana y la elección de las flores. Para ella, era el inicio de otra semana perfecta en su castillo de cristal; para él, cada palabra de su esposa era un recordatorio de la traición mental que bullía bajo su piel. Era el descenso a la arena.
De repente, la vibración del teléfono sobre la mesa de mármol rompió el encanto. Era Ricardo. Julián lo tomó con una mezcla de alivio y presentimiento.
—¡Julián! Tenemos un problema del tipo "bendito sea el cielo" —exclamó Ricardo, cuya voz llegaba cargada de una ansiedad eléctrica—. Una de las firmas de la convención de la semana pasada llamó. Les fascinó el anteproyecto de la Torre Zen y quieren cerrar un contrato de exclusividad para un desarrollo mayor. Pero hay una condición: quieren ver el estado actual del terreno y el registro visual del proceso hoy mismo. Necesitamos documentación visual profesional antes del mediodía. Si no enviamos las tomas, la reunión se cancela.
—Es una oportunidad de oro, Ricardo —respondió Julián, poniéndose en pie y pidiendo disculpas a Elena con un gesto rápido—. Es el empujón que el estudio necesitaba para internacionalizarse. Pero Valeria... ¿dónde está ella? Se supone que hoy era su primer día oficial.
—Ese es el punto. No ha llegado al estudio y no contesta los mensajes del grupo de trabajo. Se está portando como una diva antes de empezar. Necesito que pases por el estudio a buscarme y salgamos hacia el terreno de inmediato. Llámanos tú, a ver si a "el jefe" le hace caso. Sospecho que contigo no se atreverá a jugar tanto.
Julián se despidió de Elena con un beso rápido en la frente, un gesto mecánico que le dejó un sabor amargo. Al salir, el aire fresco de la mañana no logró despejar su mente. Ya en el coche, mientras maniobraba por las calles de la ciudad, marcó el número de Valeria. El pulso le latía en la punta de los dedos.
El teléfono sonó tres veces. Un silencio denso antes de que ella atendiera.
—¿Diga? —la voz de Valeria no era la voz cortante y segura del estudio. Estaba agitada.
Julián apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. El sonido de su respiración rápida, entrecortada, y esos pequeños jadeos involuntarios que se filtraban por el auricular, golpearon su imaginación. El espacio cerrado del coche se llenó de una tensión insoportable. Sintió que la sangre le subía a las sienes, caliente y desbocada.
—Valeria... ¿qué estás haciendo? —preguntó él. Su propia voz le sonó extraña, más baja, cargada de una ronquera que no pudo ocultar.
—Trotando, Julián... —respondió ella. Se escuchó una risa leve, casi un suspiro, seguida de un trago de agua—. ¿O acaso pensabas que estaba haciendo algo más... interesante? No sabía que fueras tan madrugador... y tan impaciente por escucharme.
Julián cerró los ojos un segundo, luchando por recuperar la imagen del arquitecto serio y estructurado. —Tenemos una emergencia profesional. Una firma internacional quiere cerrar el contrato hoy, pero exigen el registro visual del terreno ahora mismo. Necesito que estés en la construcción en treinta minutos. Pasa por el estudio por el equipo, Ricardo te espera.
—Imposible —dijo ella, y Julián pudo notar cómo el ritmo de su respiración se estabilizaba, volviéndose más lenta y provocadora—. Estoy a kilómetros de mi casa, sudada, hecha un desastre. Un artista necesita... preparación. Tengo que ducharme, vestirme para la ocasión. No voy a ir a una cita de negocios pareciendo una fugitiva.
—No me importa cómo estés, Valeria —sentenció Julián. Había algo oscuro en su insistencia, una urgencia casi perversa por verla en ese estado vulnerable, despojada de su ropa de diseño, humana y cruda—. El tiempo corre y hay millones en juego. Solo llega. Si tienes que ir con la ropa de gimnasia, hazlo. Te necesito en el terreno ahora. Es una orden, no una sugerencia. ¿Fui claro?
Hubo un silencio prolongado del otro lado de la línea. Julián casi podía ver la sonrisa irónica de Valeria, esa mirada desafiante que parecía leerle el alma a través del satélite.
—Vaya, Julián... —soltó ella finalmente, con un sarcasmo que chorreaba veneno y miel—. Me encanta cuando dejas de ser el caballero perfecto y te pones autoritario. Es casi... estimulante. Está bien. Iré tal como estoy. Pero no me culpes si tus clientes se distraen del terreno por mirar a la fotógrafa sudada. Llego en veinte.
La llamada se cortó con un clic seco. Julián dejó el teléfono en el asiento del pasajero y se quedó mirando el tráfico, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. Sabía que convocarla así, en ese estado de desorden físico, era un error táctico que rompía todas las reglas de su estudio. Era una invitación al caos que tanto temía, pero en ese momento, el arquitecto de las paredes firmes se estaba derrumbando, y el hombre que se ocultaba debajo solo quería ver hasta dónde llegaría la provocación de la mujer que acababa de dinamitar su lunes por la mañana.