Cimientos de Cristal

CAPÍTULO 7: Territorio Hostil

El nuevo terreno era una extensión vasta y árida en las afueras, un lienzo de tierra removida, cal y rocas que pronto se convertiría en un complejo residencial de lujo. A diferencia de la Torre Zen, aquí todo era polvo, viento y horizonte abierto. Julián y Ricardo esperaban junto a los directivos de la firma inversora, hombres de mirada gélida que no solían perdonar la impuntualidad.

Julián sentía que el sol le quemaba la nuca, pero la verdadera temperatura subía por dentro. Sus ojos no dejaban de escanear el camino de acceso hasta que, finalmente, un taxi apareció levantando una estela de tierra seca.

Cuando el vehículo se detuvo y la puerta se abrió, el tiempo pareció ralentizarse para Julián. Valeria bajó con un movimiento felino, cargando su mochila técnica. No hubo tiempo para disfraces ni protocolos. Llevaba unos leggings de talle alto que se adherían a sus curvas con una precisión anatómica, revelando la tensión de sus músculos tras el ejercicio. El top deportivo dejaba al descubierto su abdomen firme y una franja de piel que brillaba, húmeda de sudor, bajo el sol del mediodía.

Julián sintió un impacto seco en el pecho. Al verla así, tan cruda y expuesta, su mente lo traicionó. Imaginó el calor de esa piel contra la suya, el rastro de sal en su cuello y la textura de ese esfuerzo físico. Sacudió la cabeza levemente, luchando por enterrar esos pensamientos bajo capas de lógica profesional, pero el aire le faltaba.

—Compostura —masculló para sí mismo, aunque Ricardo, a su lado, ya había soltado un silbido casi imperceptible.

El Triunfo y el Humo
Tras una hora de disparos precisos bajo el sol abrasador, Valeria terminó la sesión. Los directivos de la firma se acercaron a revisar las tomas en la pantalla digital y el asombro fue inmediato. Las imágenes eran crudas, potentes; habían capturado una belleza industrial que ninguno de los presentes esperaba.

—Es brillante —comentó el director de la firma, estrechando la mano de Julián—. El contrato es prácticamente vuestro; solo queda el papeleo legal.

Ricardo, eufórico, chocó su hombro con el de Julián. —¡Lo logramos, socio!

Mientras ellos celebraban, Valeria se alejó unos metros. Con una parsimonia irritante y victoriosa, buscó una piedra grande y lisa en medio del descampado y se sentó sobre ella. Con un movimiento lento, sacó un cigarrillo y lo encendió, dejando que el humo se mezclara con el polvo del ambiente. Observaba a los hombres de traje con una mirada cargada de una ironía superior, como si ellos fueran actores secundarios en su propia película.

Julián la miró de reojo. El contraste era absoluto: la elegancia de los inversores, su propio traje impecable ahora manchado de polvo, y ella, sentada en esa piedra, sudada, fumando y dueña absoluta del momento. Se veía poderosa, salvaje y terriblemente atractiva.

La Invitación
Cuando los inversores se marcharon, Julián tomó una decisión rápida para sacar a Ricardo de la escena.

—Ricardo, ve tú a supervisar el avance en la Torre Zen. Yo me encargo de cerrar los detalles aquí y de llevar a Valeria a comer algo. Se lo debemos por haber venido así.

Ricardo, sin sospechar nada, asintió y se marchó. Julián se acercó a la piedra donde Valeria seguía fumando. Ella no se movió, solo soltó una bocanada de humo hacia el cielo azul.

—Te invito a almorzar —dijo Julián, tratando de sonar profesional—. Es una recompensa por el trabajo de hoy y el contrato que aseguramos. Elige un restaurante cerca del centro, yo conduzco.

Valeria bajó la mirada, lo recorrió de arriba abajo con una sonrisa sarcástica y apagó el cigarrillo contra la piedra.

—¿Una "recompensa", Arquitecto? —soltó con una voz cargada de esa ironía que a Julián le quemaba—. Acepto la invitación, pero con una condición: yo elijo el lugar. Y no va a ser uno de esos sitios de manteles blancos donde te sientes seguro.

Se puso en pie, quedando a centímetros de él, impregnándolo de su olor a tabaco, sudor y victoria.

—Hoy vas a venir a mi terreno. Si quieres ser el jefe, vas a tener que aprender a caminar donde el suelo no está nivelado. ¿O tienes miedo de que el traje se te manche un poco más?

Julián apretó los labios, sintiendo que el control se le escapaba definitivamente. —Está bien. Tú eliges.

—Sube al coche —sentenció ella con una sonrisa desafiante—. Te voy a enseñar cómo se siente la vida de verdad.



#1092 en Otros

En el texto hay: culpa, traicion infidelidad, pareja perfecta

Editado: 29.12.2025

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