Cimientos de Cristal

CAPÍTULO 8: El Sabor del Caos

El habitáculo del coche, que usualmente olía a cuero nuevo y a la colonia discreta de Julián, estaba ahora saturado por una mezcla embriagadora: el aroma metálico del polvo del terreno, el rastro de tabaco que Valeria traía en el pelo y ese olor humano, cálido y húmedo, de su piel tras el entrenamiento.

Valeria se acomodó en el asiento del copiloto con una libertad que rozaba la insolencia, subiendo una de sus piernas al tablero mientras jugaba con la radio.

—¿Siempre conduces con esa cara de estar calculando la resistencia de los materiales, Julián? —soltó ella con una risa ronca—. Relájate. Acabas de ganar millones. Deberías estar celebrando, no pareciendo que vas a un funeral.

—Conduzco con precaución, Valeria. Algo que parece que no conoces —respondió él, tratando de no desviar la mirada hacia el muslo de ella, que la licra del legging acentuaba de forma inevitable.

—La precaución es solo una forma aburrida de tener miedo —replicó ella, disparándole una mirada cargada de ironía—. Pero no te preocupes, el lugar al que vamos te va a quitar esa rigidez a golpes.

De pronto, la pantalla del coche se iluminó: Elena.

Julián sintió una punzada de frío. Pulsó el manos libres y la voz de su esposa, dulce y etérea, llenó el espacio. Mientras Julián le mentía con una perfección ensayada sobre el éxito del día, Elena le soltó la noticia: tendría que viajar unos días para supervisar una convención de arte.

Valeria no dijo nada, pero su sonrisa burlona se ensanchó. Al colgar, la carcajada de Valeria fue como un látigo. —Brillante, Arquitecto. "Te amo", dices, mientras el aire en este coche pesa por lo que no estás diciendo. Así que la esposa perfecta se va... Qué conveniente para un hombre con tantos "cimientos" que proteger.

El Bar y el Roce
Llegaron a un bar industrial, ruidoso y cargado de olor a grasa y especias. Era el polo opuesto al mundo de Julián. Valeria pidió hamburguesas rebosantes de salsa y cervezas negras. Cuando Julián intentó buscar cubiertos, ella lo detuvo con una mirada.

—Ensúciate, Julián.

Él cedió. Al primer bocado, una gota de salsa espesa cayó en la comisura de sus labios. Antes de que pudiera reaccionar, Valeria se adelantó. No usó una servilleta. Usó sus dedos.

Eran ásperos, calientes y eléctricos. Al sentir la textura de su pulgar presionando su labio, Julián se quedó sin aliento. Inevitablemente, su mente lo traicionó. Comparó ese roce con el de Elena: Elena era seda, era una caricia tibia, predecible y suave; Valeria era lija y fuego, una fogosidad cruda que no pedía permiso. Imaginó esa misma aspereza recorriendo el resto de su cuerpo y el pensamiento lo golpeó con una fuerza indebida, haciendo que su pulso se disparara de forma visible en su cuello.

Valeria, que no perdía detalle, notó cómo la respiración de Julián se alteraba. Se dio cuenta de que lo tenía donde quería.

—Vaya... —susurró ella, dejando su mano un segundo más de lo necesario sobre su boca—. Te ha gustado que te limpie, ¿verdad, Julián? Estás tan acostumbrado a que todo sea impecable que un poco de suciedad te hace arder.

Ella se reclinó en su silla, mirándolo con una intensidad depredadora, volviéndose aún más desafiante. —Mírate. Estás sentado en un bar de mala muerte, con el traje manchado y pensando cosas que harían que tu perfecta Elena se desmayara. ¿Dónde quedó el profesionalismo, Arquitecto? ¿O es que la adrenalina te está rompiendo los planos?

Julián intentó recuperar la compostura, pero la culpa empezó a pasarle factura. Sentía el peso del anillo en su dedo como si pesara una tonelada. Cada vez que intentaba retomar un tono serio, la imagen de Valeria sudada en el terreno y la sensación de sus dedos ásperos en su boca volvían a atacarlo.

—Solo... es el cansancio, Valeria —mintió, pero su voz sonó rota.

—No es cansancio, es hambre —sentenció ella con una ironía cruel—. Y lo peor es que ahora que Elena se va, no tienes a nadie que te obligue a portarte bien.

Julián bebió un largo trago de cerveza, sintiendo que la culpa lo carcomía por dentro, mientras la mirada de Valeria le recordaba que la estructura de su vida acababa de sufrir una grieta que ninguna reparación podría ocultar.



#1092 en Otros

En el texto hay: culpa, traicion infidelidad, pareja perfecta

Editado: 29.12.2025

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.