Julián llegó a casa con el sabor de la salsa y el metal todavía en la boca. El silencio de la mansión, interrumpido solo por el siseo de una maleta cerrándose, le pareció un estruendo. Encontró a Elena en el dormitorio; se veía tan etérea, tan fuera del mundo de barro y sudor del que él venía, que Julián sintió un impulso casi violento de confesarlo todo solo para manchar esa perfección. Pero no lo hizo. Se limitó a ayudarla, a besarla con una ternura que sabía a traición y a refugiarse en el sueño como quien huye de una condena.
A la mañana siguiente, despertó solo. El lado de Elena estaba frío, pero sobre la mesa de noche descansaba un sobre de papel crema.
"Mi amor, no quise despertarte, te veías tan cansado. Cuídate mucho estos días. No trabajes hasta tarde y recuerda que este estudio no funcionaría sin tu luz. Te voy a extrañar cada minuto. Te amo, Elena."
Julián sostuvo la carta, sintiendo el peso de su propia fortuna. Era un hombre afortunado, tenía el amor que cualquiera envidiaría. Se obligó a retomar su rutina: café negro, traje impecable, mente en blanco. Hoy sería el arquitecto de siempre.
El Retorno al Orden (O eso creía)
En el estudio, el ambiente era de celebración. Ricardo iba de un lado a otro con botellas de agua con gas y carpetas nuevas. —¡Socio! El contrato legal está en revisión. Si esto sale bien, la firma nos quiere para un proyecto en la costa. Hay que mantener el foco, ser profesionales al cien por ciento —decía Ricardo, ajeno a la tormenta que Julián ocultaba bajo el traje.
Julián asintió, parapetándose tras sus planos, intentando que el trabajo fuera su escudo. Pero entonces, la puerta se abrió.
Valeria entró con esa energía disruptiva que lo desordenaba todo. No traía la ropa de gimnasia de ayer, sino un vestido negro ajustado y botas militares, una mezcla de elegancia y rebeldía. Al cruzar su mirada con la de Julián, dejó escapar esa risa burlona, casi imperceptible para los demás, pero que para él era un grito.
Durante todo el día, ella se dedicó a poner a prueba su "corrección". Se acercaba a su escritorio para mostrarle encuadres de las fotos del terreno, rozando su hombro "accidentalmente", lanzando comentarios sarcásticos sobre lo "buen marido" que debía ser ahora que estaba solo. Cada vez que Julián intentaba mantener una conversación técnica, ella le recordaba con la mirada el roce de sus dedos ásperos en el bar.
El Descenso
Al llegar a su casa vacía esa noche, el silencio ya no era paz, era una jaula. Julián se desvistió mecánicamente y se metió en la ducha. Mientras el agua caliente golpeaba sus hombros, la imagen de Valeria en el terreno, con su piel brillante y sus leggings marcando cada curva, se proyectó con una nitidez aterradora.
Intentó pensar en Elena, en su carta, en su ternura. Pero la mente de Julián buscaba la aspereza, buscaba el fuego.
Salió de la ducha y, buscando un escape, se sirvió un whisky doble. Luego otro. El alcohol, en lugar de anestesiarlo, encendió sus cables sueltos. Con los sentidos enturbiados y la moral en retirada, se sentó en el sofá de cuero del salón y tomó su teléfono.
Abrió las redes sociales. Sus dedos, que antes diseñaban estructuras perfectas, ahora buscaban obsesivamente el perfil de Valeria. Encontró fotos de ella: en el trabajo, en bares oscuros, fotos de sus ojos desafiantes. La vio en una imagen antigua, con el cabello suelto y una expresión de pura fogosidad que lo dejó sin aliento.
La culpa lo carcomía, pero el deseo era un hambre más antigua y fuerte. Allí, en la penumbra de su sala de estar diseñada para el orden, Julián cerró los ojos y se entregó a la imagen mental de Valeria, dejando que sus manos buscaran el alivio que su conciencia le negaba.
Justo en ese instante de vulnerabilidad absoluta, cuando el nombre de Valeria era lo único que resonaba en su cabeza, la pantalla del teléfono se iluminó con una notificación. El corazón de Julián dio un vuelco violento.
Era un mensaje directo de ella.
Valeria: "¿Buscando algo que te ayude a dormir, Arquitecto? O mejor dicho... ¿buscando a alguien?"
Julián se quedó helado, con la respiración entrecortada. Era como si ella pudiera verlo a través de la pantalla, como si supiera que en ese preciso momento él estaba profanando su propia casa con pensamientos sobre ella. Antes de que pudiera reaccionar, llegó otro mensaje, más incisivo, más letal:
Valeria: "Sé que estás solo. Sé que esa casa te queda grande ahora que tu salvadora no está para recordarte quién se supone que eres. Deja de intentar ser 'correcto', Julián. Es agotador verte fingir. Si vas a seguir buscándome en fotos, mejor ven a buscarme de verdad."
Julián sintió que el alcohol le quemaba las venas. La adrenalina, esa droga que Valeria le había inyectado desde el primer día, empezó a ganarle la partida a la moral. El teléfono vibró una última vez.
Valeria: "Estoy en mi azotea. Tengo una botella de algo que te va a gustar más que ese whisky caro y aburrido que seguramente estás tomando. Te desafío a que vengas a demostrarme que no eres solo un plano bien dibujado. Ven a mancharte las manos de nuevo."
La lucha interna fue feroz, pero breve. Julián miró la carta de Elena sobre la mesa de noche, el último ancla de su cordura, y por primera vez, la sintió pesada, asfixiante. Quería el riesgo. Quería el fuego. Quería sentir esa aspereza que solo Valeria le ofrecía.
Sin pensarlo más, se puso de pie, tomó las llaves del coche y salió de la mansión, dejando atrás el silencio de su vida perfecta. Mientras conducía a toda velocidad por las calles vacías, Julián supo que estaba cruzando una línea de la que no se vuelve, pero el rugido del motor y la promesa de la azotea de Valeria eran lo único que le importaba ahora.
La adrenalina había ganado.