Cimientos de Cristal

CAPÍTULO 10: El Ritual del Fuego

Julián detuvo el coche frente al edificio de Valeria. El motor vibraba con un zumbido que parecía juzgarlo en el silencio de la calle. Al levantar la vista, la vio: una silueta recortada contra el cielo urbano, apoyada en la barandilla de la azotea. Ella no se movió, ni hizo gestos de bienvenida; simplemente sostuvo su copa, observándolo desde las alturas como quien presencia un choque inminente. Sabía que vendría.

Subió las escaleras con el pulso martilleando en las sienes. Al llegar a la azotea, el aire frío de la noche chocó contra su piel febril. Valeria estaba allí, envuelta en una camisa de seda oscura que el viento agitaba, con esa mirada que lo desarmaba sin necesidad de palabras.

—Vaya —soltó ella con una voz cargada de una ironía deliciosa—. El arquitecto ha decidido abandonar su tablero de dibujo a medianoche. ¿Te perdiste de camino a tu santuario, Julián? ¿O es que el silencio de tu casa vacía es más ruidoso de lo que puedes soportar?

—Solo acepté la invitación porque... —empezó Julián, pero ella lo interrumpió con una sonrisa ladeada, cargada de un sarcasmo letal.

—No te esfuerces en buscar una excusa profesional. Sería insultante para la inteligencia de ambos —dijo ella, acercándose con pasos lentos y seguros—. Viniste porque el papel de "hombre impecable" ya te aprieta demasiado el cuello. Pasa. Deja que la estructura se caiga un poco. Nadie te está mirando aquí, excepto yo.

El Límite de la Máscara
Entraron al apartamento. Era un espacio que respiraba libertad y caos, un refugio de sombras donde las reglas de Julián no tenían jurisdicción. Valeria sirvió un licor oscuro y fuerte en dos vasos pesados, entregándole uno con un roce de dedos que fue como una descarga eléctrica.

—Bebe algo real por una vez —lo desafió, sentándose frente a él y observándolo con una curiosidad casi científica—. Dime, Julián, ¿cuántas veces al día ensayas esa cara de "marido del año"? Debe ser agotador mantener los ángulos tan perfectos cuando por dentro eres un desastre de adrenalina y hambre.

Julián intentó sostenerle la mirada, pero el alcohol y la cercanía de Valeria estaban erosionando su voluntad. Ella no paraba; cada comentario era un dardo sarcástico dirigido a su ética, a su necesidad de control. Era un desafío intelectual y sensorial.

—Elena es la luz, ¿verdad? —continuó ella con una sonrisa burlona—. Y tú eres el reflejo perfecto. Pero el problema de los reflejos es que no tienen cuerpo propio. Viniste aquí para ver si todavía puedes sentir algo que no esté en el guion de tu vida.

En ese momento, el teléfono de Julián vibró sobre la mesa.

"Elena - Llamada entrante"

La pantalla iluminó la penumbra del salón. Elena. La paz, la suavidad, la mujer que lo amaba sin sombras. Valeria miró el teléfono y luego a Julián, con una chispa de malicia pura en los ojos.

—Tu conciencia está llamando, Julián —dijo con una ironía punzante—. Anda, contesta. Dile que estás revisando planos. Dile que eres ese hombre ejemplar que ella cree que tiene. O ten el valor de admitir que hoy prefieres el fuego a la calma. ¿Qué tan "correcto" vas a ser hoy?

Julián miró la pantalla. Sintió un abismo abriéndose bajo sus pies. Pero el deseo por Valeria, esa sed de sentirse vivo a través del riesgo, era más fuerte que cualquier voto. Estiró la mano y, con un movimiento firme, volteó el teléfono contra la madera, silenciando el último rastro de su mundo ideal. Decidió quemarse.

La Entrega
Se lanzó sobre ella con una necesidad que ya no podía contener. No hubo la delicadeza rutinaria a la que estaba acostumbrado; fue una colisión de deseos reprimidos. Valeria no lo recibió con sumisión, sino con el mismo desafío con el que hablaba, devolviéndole cada movimiento con una intensidad que lo dejaba sin aliento.

En el fragor de la noche, Julián no pudo evitar la comparación sensorial. La piel de Elena era como la seda: fresca, impecable, siempre envuelta en aromas florales y suaves; era una caricia que calmaba. La piel de Valeria era áspera, vibrante y caldeada por una fogosidad intrínseca. Era el contacto con algo salvaje, una textura que en lugar de anestesiarlo, le inyectaba una vitalidad violenta.

Valeria era la droga que lo sacaba de su letargo, una descarga de adrenalina que lo hacía sentirse poderoso y, al mismo tiempo, irremediablemente perdido. Mientras se hundía en ese caos de sensaciones, escuchó la risa victoriosa de Valeria contra su oído. Era la risa de quien sabe que ha ganado la partida: Julián ya no era el arquitecto de las paredes firmes; ahora era solo un hombre ardiendo en el terreno de ella.



#1092 en Otros

En el texto hay: culpa, traicion infidelidad, pareja perfecta

Editado: 29.12.2025

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