El sonido del mundo exterior llegaba a Julián como si estuviera sumergido bajo varios metros de agua. Un martilleo constante detrás de sus sienes marcaba el ritmo de un dolor de cabeza punzante que parecía querer perforar su cráneo. Cuando finalmente logró entreabrir los ojos, la luz que se filtraba por las cortinas de su propio dormitorio lo cegó, obligándolo a cerrarlos de inmediato.
Estaba en su cama. En su habitación perfecta. En su casa silenciosa.
Pero el aire se sentía distinto. Julián intentó reconstruir las últimas horas, pero las imágenes llegaban en ráfagas inconexas: el sabor de un licor oscuro, el tacto de una piel que no era seda, una risa irónica que aún resonaba en sus oídos. Se sentía desubicado, como si hubiera sido arrojado de vuelta a su vida desde un abismo.
—¿Fue real? —susurró para sí mismo, con la voz quebrada.
El vacío en su memoria no era total, pero sí selectivo. Recordaba el deseo, recordaba el teléfono vibrando con el nombre de Elena y recordaba haberlo silenciado. Pero el regreso a casa, el trayecto de vuelta, era una mancha negra. No sabía si lo de anoche había sido el clímax de su caída o simplemente una pesadilla febril alimentada por el alcohol y la culpa.
Los Ecos de la Realidad
Alargó la mano hacia la mesa de noche, buscando el teléfono. Al encenderlo, la luz de la pantalla fue como una puñalada. Tenía decenas de notificaciones. Entre las llamadas perdidas de Elena, que le apretaron el pecho con un nudo de ansiedad, destacaban los mensajes de Ricardo.
Ricardo (08:30 AM): "¿Socio? Ya estamos todos en el estudio. ¿Sigues vivo?" Ricardo (09:15 AM): "Julián, la gente de la firma está llamando por los detalles legales. ¿Dónde te metiste? No me digas que te fuiste de fiesta para celebrar el contrato." Ricardo (10:00 AM): "Oye, empiezo a preocuparme. Si no apareces en 20 minutos, voy a pensar que te secuestraron. Da señales de vida."
Julián soltó un suspiro pesado. No tenía fuerzas para enfrentar a Ricardo, ni para fingir que era el arquitecto eficiente de siempre. Pulsó el icono de micrófono y grabó un audio, esforzándose por que su voz no sonara tan rota como se sentía.
—Ricardo... perdón. Pasé una mala noche, creo que algo de lo que comí ayer me sentó fatal. Tengo un malestar increíble. No voy a poder ir al estudio hoy. Encárgate de los legales, confío en ti. Mañana nos vemos.
Envió el mensaje y soltó el teléfono como si quemara. Cada vez que cerraba los ojos, el fantasma de Valeria volvía: el olor a tabaco, la aspereza de sus manos, su sonrisa desafiante. Necesitaba limpiar todo eso.
El Agua que no Limpia
Se levantó de la cama tambaleándose y caminó hacia el baño. Abrió la ducha y dejó que el agua saliera a la temperatura mínima. Necesitaba el choque térmico, necesitaba que el frío le devolviera la cordura.
Se metió bajo el chorro de agua fría, soltando un gemido por el impacto. El agua golpeaba su espalda, pero su mente seguía atrapada en el apartamento de la zona industrial. Buscaba marcas en su piel, algún rastro físico que confirmara lo que su memoria intentaba negar. Pero el agua fría no traía respuestas, solo más preguntas.
¿De verdad había estado en esa azotea? ¿De verdad había ignorado a Elena por entregarse a esa fogosidad salvaje? ¿O su mente, desesperada por escapar de la rutina, había inventado ese escenario de autodestrucción?
Al salir de la ducha, se miró en el espejo empañado. Limpió un pequeño círculo con la mano y observó su reflejo. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de sombras oscuras. No se reconocía. El hombre impecable se había quedado en algún lugar entre la mansión y el apartamento de Valeria, y el que quedaba ahora solo era un extraño habitando una casa llena de recuerdos de una mujer a la que acababa de traicionar.