Tras salir de la ducha, Julián se obligó a ignorar el eco del dolor de cabeza y se puso la ropa deportiva. Necesitaba que el aire exterior y el esfuerzo físico purgaran las dudas de su sistema. Se preparó un desayuno ligero —frutas, café negro, todo milimétricamente ordenado sobre el granito de la cocina—, intentando que el ritual del desayuno le devolviera la sensación de control.
"Si sigo la rutina, nada ha cambiado", se decía a sí mismo. "Si puedo correr mis diez kilómetros habituales, sigo siendo el mismo Julián".
Decidió que ese sería su día de descanso mental. El estudio podía esperar; Ricardo era capaz de manejar la burocracia. Él necesitaba redimirse a través de la disciplina.
La Huida en el Asfalto
A media tarde, el sol empezaba a bajar mientras Julián recorría la senda habitual del parque. El ritmo de sus zancadas era constante, pero su mente seguía siendo un campo de batalla. En cada rincón de su memoria, la imagen de Valeria fumando en la azotea aparecía como una interferencia. ¿Había ocurrido? ¿Había sido ese roce áspero una alucinación?
En medio de su trote, el reloj inteligente en su muñeca vibró. El nombre de Elena apareció en la pantalla digital. Julián se detuvo, tratando de normalizar su respiración antes de contestar.
—Hola, amor —dijo él, esforzándose por sonar natural.
—¡Julián! Me llamó Ricardo preocupado porque no fuiste al estudio —la voz de Elena sonaba cálida, cargada de esa ternura protectora que siempre lo había reconfortado—. Me dijo que te sentías mal. ¿Estás bien? ¿Necesitas que llame al doctor?
Julián sintió una punzada de culpa que le dolió más que el esfuerzo físico. —No, tranquila. Fue solo un malestar pasajero, algo que comí anoche... supongo. Ya me siento mucho mejor, de hecho, estoy saliendo a correr un poco para despejarme.
—Me alegra tanto oír eso —suspiró ella. Se escuchaba el ruido de gente y maletas de fondo—. Te extraño mucho, Julián. Este viaje se me está haciendo eterno sin ti.
—Yo también te extraño, Elena —mintió Julián, y por un segundo, sintió que si lo decía con suficiente convicción, volvería a ser verdad.
—Tengo una noticia: mañana llego a casa por la tarde —continuó ella con entusiasmo—. Y he decidido que te voy a invitar a cenar al sitio que más te gusta. Te noto muy estresado últimamente, amor. Sé que la Torre Zen y el nuevo terreno te están quitando el sueño, pero mañana vamos a olvidarnos del trabajo. Solo nosotros dos.
Julián se apoyó contra un árbol, sintiendo que el aire le faltaba de nuevo. —Me parece una idea excelente, Elena. Te espero.
—Te amo, descansa —se despidió ella con un beso al aire.
Al colgar, Julián se quedó estático bajo el sol poniente. Elena pensaba que su estrés era por el hormigón, por los planos y por las firmas de contratos. No podía imaginar que el verdadero peso que hundía los hombros de su marido era el recuerdo de una noche que él mismo no sabía cómo clasificar.
Regresó a casa caminando, con el cuerpo agotado pero la mente más inquieta que antes. La invitación de Elena era un salvavidas, una oportunidad para regresar a la luz. Pero mientras entraba en su mansión vacía, una parte de él, una parte oscura y rebelde, se preguntaba si después de haber probado el fuego de Valeria, la cena perfecta con Elena sería suficiente para saciar el hambre que acababa de despertar.