La noche había caído sobre la mansión con un silencio sepulcral. Julián, tras la llamada de Elena, intentaba convencerse de que el orden había sido restaurado. Estaba sentado en su despacho, rodeado de libros de arquitectura y luz cálida, tratando de leer, cuando la vibración de su teléfono sobre el escritorio de nogal rompió la calma.
No era Elena. No era Ricardo.
Valeria: «Vaya, parece que el gran arquitecto es más frágil de lo que aparenta. Ricardo me dijo que te dio un síncope de profesionalismo. ¿Tan fuerte te pegó la realidad o es que el traje gris no soporta las resacas de verdad?»
Julián apretó los labios, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba instantáneamente. Antes de que pudiera procesar la rabia o el deseo, llegó otro mensaje.
Valeria: «Por cierto, tu socio me pidió que te hiciera llegar los contratos legales firmados hoy mismo. Dice que los necesitas para mañana a primera hora y que no quería molestarte. Pero yo soy muy servicial... Estoy a diez minutos de tu casa. Pásame la ubicación exacta o tendré que adivinar cuál de todas las casas perfectas es la tuya.»
El pánico se apoderó de él. Su casa era el terreno de Elena. Era el lugar donde el olor a flores y la pulcritud no dejaban espacio para la mancha que Valeria representaba.
Julián: «No es necesario. Mañana los recojo en el estudio. No vengas.»
Valeria: «Demasiado tarde. Estoy viendo un jardín perfectamente podado que grita "Julián" por todas partes. Ábreme, Arquitecto. A menos que tengas miedo de que ensucie tus alfombras blancas.»
La Invasión
Julián se levantó, sintiendo que las paredes de su despacho se cerraban sobre él. Sabía que debía ser firme, que debía apagar las luces y no abrir. Pero la adrenalina, esa droga que ella le administraba con cada frase irónica, empezó a correr por sus venas. El deseo de verla en su propio terreno, de ver cómo el fuego de Valeria contrastaba con la seda de su hogar, pudo más que su sentido común.
Caminó hacia la puerta principal y la abrió. Valeria estaba allí, apoyada contra el marco de la puerta, sosteniendo una carpeta de cuero negro en una mano y una sonrisa letal en el rostro. No traía ropa deportiva ni equipo fotográfico; vestía una chaqueta de cuero y unos vaqueros ajustados que la hacían parecer una sombra elegante y peligrosa.
—Bonito mausoleo, Julián —dijo ella, entrando sin esperar invitación—. Es exactamente como te imaginaba: impecable, simétrico y mortalmente aburrido.
—Dame los contratos, Valeria —dijo él, tratando de mantener la voz firme, aunque sus ojos recorrían cada centímetro de ella, comparando su presencia disruptiva con la elegancia de su recibidor—. No deberías estar aquí. Mi esposa vuelve mañana.
—"No deberías estar aquí" —repitió ella, imitando su tono con una ironía punzante—. Esa es tu frase favorita, ¿verdad? Y sin embargo, aquí estamos. De nuevo.
Valeria caminó hacia el centro del salón, dejando la carpeta sobre la mesa de centro de cristal, justo al lado de un portafotos donde Elena y Julián sonreían en un viñedo. Ella observó la foto con una mueca burlona y luego se giró hacia él.
—¿Te da miedo que mi olor se quede pegado a tus cortinas, Julián? ¿O te da miedo que, una vez que entre aquí, ya no puedas fingir que este sitio es un refugio?
Ella se acercó a él, invadiendo su espacio personal con esa confianza que lo desarmaba. El aroma a tabaco y a ese perfume amaderado que ella usaba empezó a contaminar el aire purificado de la casa.
—Aquí tienes tus papeles —susurró, rozando con sus dedos ásperos la solapa de la chaqueta de casa de Julián—. Pero los dos sabemos que no vine por los contratos. Y tú no abriste la puerta para recibir documentos.
Julián sintió que el suelo nivelado de su vida se inclinaba peligrosamente. Estaba en su casa, bajo el techo que juró proteger, pero frente a la mujer que había decidido incendiarlo todo. La lucha entre el hombre correcto y el animal con hambre terminó en un segundo. Julián tomó a Valeria por la cintura y la atrajo hacia él, rindiéndose a la invasión.
Julián observó a Valeria desde el centro de su sala de estar. El contraste era violento, casi doloroso. Ella, con su chaqueta de cuero y su mirada depredadora, se sentaba en el sofá de terciopelo que Elena había elegido con tanto cuidado. En ese espacio, diseñado para la paz y el orden, Valeria parecía una grieta profunda en un cristal perfecto.
—Aquí tienes los contratos —dijo ella, lanzando la carpeta sobre la mesa de cristal con un desinterés insultante—. Aunque los dos sabemos que estos papeles son solo el pretexto para que dejes de mentirte frente al espejo, Arquitecto.
Julián intentó aferrarse a la última fibra de su decoro. Cruzó los brazos, tratando de mantener una distancia física que ya no existía en su mente. —Toma tus cosas y vete, Valeria. Este es mi hogar. No voy a permitir que...
—¿Que qué? —lo interrumpió ella, poniéndose en pie con una lentitud tortuosa—. ¿Que corrompa tu "lugar seguro"? —Soltó una risa cargada de una ironía letal mientras caminaba hacia él—. Este lugar no es seguro, Julián. Es una cárcel de seda. Y tú estás desesperado por que alguien queme los barrotes.
El Quiebre Final
Valeria se detuvo a milímetros de él. El aroma a tabaco y a esa esencia amaderada empezó a asfixiar el olor a nardos de Elena que flotaba en el ambiente. Ella levantó una mano y, con esos dedos ásperos que ya se habían grabado a fuego en la memoria de Julián, le acarició la mandíbula con una parsimonia cruel.
—Mírate —susurró ella, desafiándolo con los ojos—. Puedes usar todas las máscaras que quieras. Puedes ser el socio perfecto de Ricardo y el marido ejemplar de Elena. Pero conmigo no puedes fingir. Yo soy tu excepción, Julián. El único lugar donde te permites ser el animal que realmente eres.
Julián sintió que el suelo se hundía. La lucha interna, la moral, el respeto por su casa... todo se evaporó bajo la presión de una lujuria que ya no era capaz de contener. El deseo, acumulado como una presa a punto de estallar, rompió los últimos cimientos de su voluntad.