Valeria se vistió con una parsimonia que a Julián le resultó tortuosa. No había rastro de timidez en ella; se movía por el dormitorio de Julián y Elena como si fuera la dueña de las sombras que acababan de habitar. Al llegar a la puerta principal, se giró, ajustándose la chaqueta de cuero, y le lanzó una mirada que destilaba una satisfacción letal.
—Mañana en el estudio no olvides los contratos, Arquitecto —dijo con una sonrisa cargada de ironía—. Intenta que no tengan demasiadas arrugas... o marcas de lo que pasó esta noche. Aunque, siendo tú, seguro encuentras la forma de que parezcan impecables otra vez.
—Vete, Valeria —susurró Julián, apoyado contra la pared, sintiéndose físicamente agotado.
—Me voy —respondió ella, abriendo la puerta—. Pero los dos sabemos que, aunque limpies cada rincón de esta casa, mi olor se va a quedar en tu cabeza. Hasta la próxima "crisis profesional", Julián.
Cuando la puerta se cerró con un clic seco, el silencio que cayó sobre la casa fue aplastante. Julián se quedó allí, de pie en la penumbra de su recibidor, y finalmente se quebró. Se dejó deslizar por la pared hasta quedar sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos.
La Adrenalina y el Abismo
Lo que más le dolía no era la traición en sí, sino la realización aterradora de que con ella no tenía control. Él, que basaba su vida en el cálculo de estructuras y la resistencia de los materiales, se había descubierto como un material maleable bajo las manos ásperas de Valeria. Ella era su punto de quiebre, la falla en el diseño que no vio venir.
Pero, a pesar del dolor y el miedo, había una chispa perversa en su pecho. Mientras su conciencia lo castigaba, su cuerpo aún vibraba. No podía negar que había disfrutado cada segundo de la profanación; que la adrenalina de ser descubierto, de manchar su "lugar seguro", lo hacía sentir más real que cualquier plano que hubiera dibujado. Había cedido porque, en el fondo, una parte de él necesitaba el incendio.
Una Noche Eterna
Subió a su dormitorio, pero no pudo acostarse en la cama. Se sentó en el balcón, viendo cómo la madrugada empezaba a teñir el cielo de un gris metálico. Esa noche fue eterna. Cada vez que cerraba los ojos, los contrastes lo asaltaban como relámpagos.
Pensaba en Elena: la seda, el perfume de rosas, la luz suave del comedor, la seguridad de una cena donde nada se rompe. Elena era el puerto, la mujer que lo hacía sentir un hombre respetable y bueno. Luego, inevitablemente, el pensamiento volvía a Valeria: la lija, el tabaco, la luz de neón de los bares industriales y esa risa que lo hacía sentir un animal hambriento. Valeria era la tormenta que lo hacía sentir vivo.
Se abrazó a sí mismo, sintiendo un frío que no era climático. La culpa lo carcomía, recordándole la carta tierna que Elena le había dejado. Pero se aferró a una esperanza desesperada, casi infantil: cuando Elena cruzara esa puerta mañana, la normalidad regresaría. Ella limpiaría las sombras con su sola presencia. Él volvería a ser el Julián de siempre, el marido perfecto, el arquitecto de prestigio. El episodio de Valeria sería enterrado como un cimiento defectuoso bajo una estructura nueva y brillante.
"Mañana", se repetía como un rezo. "Mañana todo volverá a ser como antes".
Pero en el fondo del pasillo, el aroma amaderado de Valeria aún flotaba en el aire, recordándole que hay manchas que el agua no puede quitar.