En el pasillo angosto y sombrío del restaurante, el aire parecía haber desaparecido. Julián tenía la espalda contra la pared fría, pero por dentro sentía una combustión interna que amenazaba con derretir su armadura de hombre impecable. Valeria estaba a centímetros, con esa sonrisa que no era de amor, sino de conquista.
—Mírate, Julián —susurró ella, su voz era un filo de seda—. Estás temblando. Y no es de miedo. Es el hambre de volver a sentir que no tienes el control de nada.
Julián intentó pensar en Elena. Elena estaba a escasos diez metros, sentada a la luz de las velas, confiando plenamente en el hombre con el que se había casado. Pero ese pensamiento, que debería haber sido un freno, actuó como un acelerador. La idea de la traición inminente, de la profanación en un lugar tan público y sagrado para su estatus, le inyectó una dosis de adrenalina tan violenta que le nubló la vista.
Ya no buscaba la compostura. Se corrompió por completo. El deseo no solo le ganó a la lógica; la aniquiló.
La Ceguera del Deseo
Sin decir una palabra, Julián la tomó del brazo y la empujó hacia el interior del baño de hombres, cerrando la puerta con el pestillo. El sonido del clic metálico fue el disparo de salida.
—Eres un animal, Arquitecto —rio ella, pero su risa fue ahogada por un beso de Julián que no tuvo nada de caballeroso.
En ese cubículo estrecho, entre las paredes de mármol y el aroma a jabón caro, Julián se perdió. Ya no importaba Elena. No importaba su carrera, ni su reputación, ni el qué dirán. La adrenalina lo cegaba por completo. Estaba experimentando esa "excepción" de la que Valeria siempre hablaba: un estado de trance donde el riesgo de ser descubierto no era una amenaza, sino un afrodisíaco letal.
Las sensaciones eran un incendio de contrastes. Comparó instintivamente la suavidad y el ritmo pausado de su vida con Elena frente a la urgencia y la aspereza de Valeria. Si Elena era una melodía de cámara, Valeria era un estruendo industrial que le hacía vibrar los huesos. Sus manos, todavía marcadas por la rudeza de su trabajo, se clavaban en él, recordándole que ella no buscaba protección, sino complicidad en el pecado.
El Eclipse de la Moral
Julián sentía el corazón martilleando contra sus costillas, un ritmo frenético que sincronizaba con el peligro. Sabía que cada segundo que pasaba era una herida de muerte a su matrimonio, pero en ese momento, el dolor de la culpa era un precio que estaba más que dispuesto a pagar por el éxtasis del fuego.
Valeria lo miraba fijamente mientras ocurría, con los ojos bien abiertos, disfrutando de cómo el "marido perfecto" se deshacía entre sus dedos. Ella sabía que lo había ganado, no solo en la azotea o en su casa, sino aquí, bajo las narices de la mujer que él decía amar.
—Esto es lo que eres, Julián —le jadeó ella al oído—. No el tipo del traje gris. Este hombre que no puede detenerse aunque su vida dependa de ello.
Cuando el encuentro terminó, el silencio del baño se volvió ensordecedor. Julián se quedó apoyado contra el lavabo, con la respiración entrecortada y la mirada perdida en su propio reflejo. Se veía igual, pero se sentía como un extraño habitando un cadáver. La adrenalina empezaba a descender, dejando paso a una neblina de irrealidad.
Valeria se arregló el vestido negro con una calma insultante, se retocó el labial frente al espejo y le guiñó un ojo a través del reflejo.
—No tardes mucho en salir, Julián. Elena se va a preguntar si el aire del restaurante realmente es tan pesado como dijiste —sentenció ella antes de abrir la puerta y salir al pasillo con la elegancia de una reina que acaba de saquear un reino.
Julián se quedó solo, con las manos apoyadas en el mármol frío, sabiendo que acababa de cometer el acto más temerario de su vida y, lo más aterrador de todo, sabiendo que volvería a hacerlo.
Julián esperó un par de minutos en el baño, contando sus pulsaciones e intentando que el temblor de sus manos cesara. Se echó agua helada en la nuca, pero el calor de Valeria parecía haber quedado tatuado en su piel. Se ajustó la corbata con movimientos torpes y salió al salón, sintiendo que cada paso hacia la mesa era una milla hacia su propia condena.
Cuando llegó a la mesa, Elena lo miró de inmediato. El contraste fue un golpe físico: la pureza en la mirada de su esposa contra la oscuridad que él traía pegada al cuerpo.
—Amor, tardaste mucho —dijo Elena, extendiendo su mano para tocar la de él—. Estás pálido y... estás sudando. ¿Qué pasa?
Julián se sentó, evitando mirar hacia la mesa donde Valeria, con una calma aterradora, bebía vino mientras conversaba con su acompañante como si nada hubiera ocurrido. Podía sentir la mirada de la fotógrafa quemándole la espalda, una mirada cargada de una victoria silenciosa.
—Es... creo que la comida no me sentó bien, Elena —mintió él, y esta vez la culpa no fue un pensamiento, sino una náusea real que le subió por la garganta—. Siento una presión en el pecho, me cuesta respirar aquí dentro.
La culpa estaba a flor de piel, tan expuesta que Julián sentía que cualquiera en el restaurante podía leer sus pecados. Elena, con esa empatía que siempre la caracterizaba, se levantó de inmediato y rodeó la mesa para ponerse a su lado, colocando una mano amorosa en su hombro.
—Oh, Julián... te dije que estabas muy estresado. Este lugar está demasiado cargado. Vámonos ahora mismo, no te preocupes por la cena. Necesitas aire fresco y descansar en casa.
Él asintió, incapaz de articular palabra. Mientras Elena pedía la cuenta y recogía sus cosas, Julián no pudo evitarlo y giró la cabeza apenas unos centímetros. Valeria lo estaba observando. Ella no disimulaba; le dedicó una sonrisa lenta, casi imperceptible, y levantó su copa de vino en un brindis privado. Era el brindis por la destrucción del "marido perfecto".
Salieron del restaurante del brazo. El aire de la noche golpeó el rostro de Julián, pero no le trajo alivio. Mientras caminaban hacia el coche, él sentía el peso del silencio de Elena como una losa de hormigón. Ella iba preocupada por su salud, cuidándolo, mientras él solo podía pensar en la adrenalina del baño y en cómo, a pesar de la culpa que lo carcomía, una parte de él ya estaba contando los minutos para volver a pecar.