Cimientos de Cristal

CAPÍTULO 17: El Peso del Cristal

El trayecto de vuelta a casa fue un ejercicio de tortura silenciosa. Elena, sentada a su lado, mantenía una mano apoyada suavemente sobre la suya, ajena al hecho de que esa misma mano acababa de quemarse en el fuego de Valeria. Ella le hablaba en susurros, sugiriendo tés relajantes y asegurándole que el lunes llamaría al médico. Cada palabra de ternura de Elena era como un clavo ardiendo en la conciencia de Julián.

Al llegar a la mansión, el ambiente le resultó asfixiante. Los muebles caros, la iluminación tenue, la paz que antes amaba... todo se sentía como una puesta en escena de la que ya no formaba parte.

—Ve a descansar, amor. Yo prepararé algo para tu estómago —dijo Elena con una dulzura que lo hizo querer gritar.

El Quiebre en la Oscuridad
Julián asintió mecánicamente y se refugió en el baño principal. Cerró la puerta con llave y, sin siquiera encender la luz, se metió en la ducha. No se quitó la ropa de inmediato; dejó que el agua caliente lo empapara mientras permanecía de pie, con la frente apoyada contra el azulejo frío.

Allí, bajo el ruido siseante del agua, Julián finalmente se quebró. Sus hombros se sacudieron en un sollozo mudo y violento. La culpa ya no era un pensamiento; era una náusea física, un veneno que le corría por las venas.

"Elena no se merece esto", se repetía, golpeando suavemente la pared con el puño. Elena era la luz, la lealtad, la construcción más hermosa de su vida. Y él, en un par de noches de lujuria cobarde, había dinamitado los cimientos de todo. Sentía asco de su propio cuerpo, de su piel que todavía guardaba el rastro de la aspereza de Valeria, y de su mente, que a pesar del dolor, no podía dejar de reproducir los gemidos de la fotógrafa en el baño del restaurante.

La Lucha de los Demonios
Esa noche fue la más larga de su existencia. Se acostó al lado de Elena, pero no cerró los ojos ni un segundo. La cama de matrimonio se sentía como un campo de batalla. A su derecha, el calor de su esposa representaba la cordura, el deber y el amor puro. Pero en el aire, en el recuerdo, flotaba el fantasma de Valeria, personificando el deseo, la lujuria y esa adrenalina maldita que lo hacía sentir un animal vivo.

La tortura era dual: odiaba a Valeria por haberlo corrompido, pero se odiaba más a sí mismo por haberlo permitido y, sobre todo, por desearla todavía. Entendió que el problema era ella. Valeria era el virus que estaba infectando su obra maestra. Ella era la variable que no podía controlar y que, si no eliminaba pronto, terminaría por reducir su vida a cenizas.

"Tengo que terminar con esto", pensó, apretando las sábanas con rabia. "Tengo que sacarla de mi vida, del estudio, de mi cabeza. Mañana se acaba el juego".

La Decisión
A medida que el primer hilo de luz del alba comenzaba a entrar por la ventana, Julián sintió que la lucha interna alcanzaba una tregua fría. Ya no había dudas, solo una necesidad desesperada de supervivencia moral.

Miró el rostro sereno de Elena, que dormía profundamente, y se juró que haría lo que fuera necesario para protegerla de la verdad. La decisión estaba tomada: la mañana siguiente sería el día del juicio final. Iría al estudio, enfrentaría a Valeria y cortaría cualquier vínculo, sin importar el costo, sin importar la ironía de ella o su propia debilidad.

Se levantó de la cama antes de que sonara la alarma, con los ojos inyectados en sangre y el corazón endurecido por la culpa. El sol de la mañana iluminó su rostro, pero Julián no sentía calidez, solo la urgencia de ir a matar el fuego antes de que el fuego terminara de matarlo a él.



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En el texto hay: culpa, traicion infidelidad, pareja perfecta

Editado: 29.12.2025

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