Cimientos de Cristal

CAPÍTULO 18: El Arquitecto de Mentiras

La luz del lunes entró en la habitación con una claridad insultante. Julián se levantó antes que el despertador, moviéndose con la precisión de un fantasma. Se vistió con su mejor traje, eligiendo la corbata que Elena le había regalado en su último aniversario, como si el objeto pudiera actuar como un amuleto de lealtad.

Cuando Elena despertó, lo encontró terminando de ajustarse los puños de la camisa frente al espejo.

—¿Tan temprano, amor? —preguntó ella con la voz ronca por el sueño—. Pensé que hoy te tomarías la mañana con calma después de lo de anoche.

Julián se acercó a la cama y le dio un beso en la frente, un beso que le supo a ceniza. —Ricardo me llamó hace un rato. Parece que la gente de la firma se puso nerviosa con los plazos legales y tenemos que cerrar los contratos antes del mediodía. Lo siento, cielo, pero tengo que irme ya mismo.

—Está bien, entiendo —susurró ella, dedicándole una sonrisa de confianza absoluta—. No te saltes el almuerzo, ¿prometido?

—Prometido —mintió él, saliendo de la habitación sin mirar atrás.

La Red de Engaños
Apenas el motor del coche rugió en la cochera, Julián sintió que el aire le faltaba. Marcó el número de Ricardo por el manos libres mientras salía a la calle principal. Su socio tardó tres tonos en contestar.

—¿Julián? Son las siete de la mañana, ¿pasó algo?

—Ricardo, escúchame bien y no hagas preguntas —dijo Julián, con una voz tensa y autoritaria que no admitía réplicas—. Necesito que seas mi coartada. Si por alguna razón Elena te llama o pregunta, estamos juntos en el estudio revisando los contratos de la firma. No te muevas de ahí. Después te explico todo, pero necesito esto de ti. Ahora.

Hubo un silencio del otro lado de la línea. Ricardo no era tonto; el tono de desesperación de Julián le decía que esto no era sobre arquitectura. —Está bien, socio. Entiendo. Si ella llama, estamos aquí trabajando. Pero me debes una explicación muy grande, Julián.

—Lo sé. Gracias.

El Camino al Cadalso
Julián colgó y cambió el rumbo. No iba hacia el estudio. Iba hacia el apartamento de Valeria en la zona industrial.

Durante todo el viaje, el interior del coche se convirtió en una sala de interrogatorios. "¿Qué estoy haciendo?", se gritaba mentalmente mientras apretaba el volante. La imagen de Elena desayunando sola, confiando en su palabra, se clavaba en sus costados como un puñal. El amor que sentía por ella era real, era sólido, era la estructura de su vida entera. Pero Valeria... Valeria era la demolición.

Luchaba con la culpa en cada semáforo. Pensaba en dar la vuelta, en llamar a Valeria y decirle que se acabó por teléfono. Pero sabía que eso no funcionaría. Valeria no era una mujer que aceptara un "no" a distancia. Tenía que mirarla a los ojos, sentir esa ironía hiriente y demostrarle —y demostrarse a sí mismo— que el hombre de familia era más fuerte que el animal que ella había despertado.

"Hoy recupero mi vida", se repetía como un mantra. "Hoy mato este deseo antes de que nos mate a todos".

Sin embargo, a medida que los edificios de ladrillo visto y las chimeneas industriales empezaron a aparecer en el horizonte, el corazón de Julián empezó a traicionarlo de nuevo, latiendo con esa adrenalina oscura que solo Valeria sabía invocar. Estaba decidido a terminar con todo, pero el solo hecho de saber que estaba a minutos de verla hacía que sus manos sudaran contra el cuero del volante.

La decisión estaba tomada, pero la ejecución estaba a punto de poner a prueba hasta el último gramo de su voluntad.



#1092 en Otros

En el texto hay: culpa, traicion infidelidad, pareja perfecta

Editado: 29.12.2025

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