Círculo

Entre inocencia y conflictos 1/3: Primer contacto con la vida social

Pasaron tres niñeras al cuidado de Óscar, hasta que tuvo nueve años. La primera de ellas fue María Perdomo, madre de dos niños, quien tenía experiencia como cuidadora y sabía cómo tratar a los niños. Con Óscar se mostró muy dedicada: lo llevaba a pasear al parque, lo arropaba cuando iba a dormir, le leía cuentos, y le preparaba el desayuno y la merienda que consistían generalmente en mate cocido con leche y otras comidas sencillas. Hizo su trabajo tan bien, que él, la llegó a querer y a verla como si fuera su propia madre.

Sin embargo su estancia terminó cuando Óscar tenía siete años. Aquella vez, Omar llegó a la casa muy ebrio y cometió un intento de abuso contra ella; por eso, preocupada por su propia seguridad, decidió renunciar.

En este lapso no se puede pasar por alto la fiesta del sexto cumpleaños de Óscar. Omar había preparado todo con esmero: organizó la celebración en el amplio jardín de la casa. Armó un tablón con cinco caballetes. Con tijeras de podar Cortó y niveló el pasto, para que los niños pudieran jugar allí sin problema, y le pidió a María amablemente que le prepare una torta. De ahí, fue al centro de la ciudad, acompañado por un vecino que se ofreció a llevarlo en el auto. Compró bonetes globos y dulces, y sobre todo, el que sería su regalo especial: un balón de fútbol.

Óscar aún no había despertado su afición por ese deporte, pero en el mundo y especialmente en su país, cobraba cada vez más relevancia en esa época. Esa fue la razón por la que Omar pensó que sería un obsequio acertado. Una forma de estar a la altura y compartir algo que ya era parte de la cultura de su gente.

Hasta que por fin, con la mesa preparada, los globos atados a la cuerda donde habitualmente se secaba la ropa al sol, cerca de las cuatro de la tarde, empezaron a caer los invitados. El primero en llegar fue el vecino que había acompañado a Omar, quien llegó con su esposa y sus tres hijos, de edades similares a la de Óscar. La siguiente en aparecer fue María (la niñera), junto a su esposo y su hijo más pequeño. Más tarde, se sumaron dos chicos del barrio que se enteraron de la celebración y asistieron espontáneamente, aunque sin saber bien a que se debía la reunión. A cada uno de los niños que llegaban, María les colocaba un bonete.

Cuando Omar notó que entre ellos, (los niños), reinaba cierta timidez, y todavía no se animaban a jugar, vio el momento oportuno para entregarle a Óscar su regalo. Fue entonces cuando ocurrió algo interesante: Óscar abrió el paquete y descubrió el balón, pero quienes más se asombraron fueron sus nuevos amiguitos:

—¡Guau, un balón de fútbol original!— exclamó uno de ellos con los ojos bien abiertos.

A Óscar le invadió una sensación especial, un sentimiento de orgullo y status: la sensación de quien posee algo valioso que otros desean. El balón rompió el hielo al instante. De los siete niños presentes (incluyendo a Óscar), cinco comenzaron a correr y a jugar con el balón en el pasto. Las otras dos eran niñas, hijas del vecino: eran hermanas gemelas, idénticas entre sí, incluso en el vestido. Ellas permanecían sentadas a la mesa hablando animadamente entre ellas, comiendo y comentando todo lo que pasaba; incluso a veces se les escuchaba hablar con la boca llena, sin importarles nada más.

El bullicio del las risas y los gritos de los niños jugando, provocaban en Omar una sensación inmensa de orgullo; se sentía realizado, como si por fin estuviera siendo, por un día, el padre que debía ser. Todo parecía perfecto hasta que se escuchó un golpe seco en la puerta.

—¡Toc, toc!

Alguien llamaba desde afuera.




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