Círculo

Entre inocencia y conflictos 2/3: Guerra encubierta parte 1/2

A la puerta estaba la familia de Rocío que se hacía presente. Llegaron en dos vehículos, lo que llamó la atención de los vecinos que miraban desde la vereda. Omar los recibió de forma cordial, aunque preparaba su corazón a la defensiva; mayormente por Renato.

Un momento... ¿Quién era Renato?

A esta altura, hay que hacer una pausa para presentar una figura clave: Renato Martín Morales, padre de Rocío. Era un hombre que no aparentaba su avanzada edad; exmilitar, condición que se notaba en su postura firme y espalda recta —disciplina que ni los años ni su cojera lograron doblegar—, aunque al caminar se ayudaba con un bastón.

Siempre vestía con una pulcritud impecable, como si todavía debiera rendir cuenta ante un superior. Tenía una mirada penetrante y voz grave, y muy poco sentido del humor: los pocos chistes que le sacaban una sonrisa estaban cargados de prejuicios, denigrando a personas por su raza y origen, a comunistas, o simplemente a las mujeres.

Tenía dos debilidades: la primera era el cariño que sentía por sus, hasta entonces, cuatro nietos (Ernestina aún no había nacido); los consentía y mimaba en todo, ya que su mayor deseo era ser considerado como un héroe para ellos, de hecho, para los niños, ya lo era. Su otra debilidad, si es que puede llamarse así, era la mujer que se encontraba a su lado: Mercedes Esther Segovia, su esposa.

Mercedes, mujer virtuosa si las hay, ama de casa, de voz pausada y modesta, que invita a escucharla con atención (característica que enamoró a su esposo). Si Renato era fuego, ella era agua. Tenía el cabello ondulado y plateado, que le daba un aire sereno y distinguido y una dulce sonrisa que iluminaba su rostro.

Trajo consigo un rico pastel de manzana, ya que nunca habría asistido a un evento familiar con las manos vacías.

Muy servicial: cocinaba, planchaba, cosía, tejía, y era la razón por la que Renato siempre estaba presentable; ella observaba todos los detalles de su vestimenta. También era ella quien lograba calmar el mal genio de su esposo, ayudándolo a controlar sus impulsos.

En la camioneta en la que llegaron Renato y Mercedes viajaron tres personas más: Mariana López (prima de Óscar), y sus dos amigas, Marga y Bárbara. Las tres iban muy bien vestidas y perfumadas.

Mariana no tenía ganas de asistir a la fiesta, ya que era tres años mayor que el cumpleañero, pero no le quedaba otra opción: no iba a quedarse sola en casa. Así que, para poder disfrutar un poco del momento, invitó a dos de sus amigas del colegio de su misma edad.

Las tres rechazaron ponerse el bonete; les parecía ridículo. Y el regalo que le trajeron a Óscar no podía ser menos sorpresivo: era una caja de cartón con agujeros, y dentro de la caja se oía a un animal que maullaba sin parar.

En el otro vehículo venían Dolores y Horacio (tíos de Óscar), junto a sus dos hijos que faltaban, Maximiliano y Jeremías, también con ellos venía Juan Pablo Colombo alias rifle (apodo que le puso Renato). Este último era un hombre de mediana edad, siempre muy serio y que tenía una característica muy particular en su rostro: los ojos muy juntos, casi pegados al puente de la nariz, lo que le daba una mirada intensa, fija y concentrada, como si todo su ser se enfocara en un solo punto al mirar por el lente. Era el fotógrafo contratado por Renato para capturar el momento antes de partir la torta. Cabe decir que tenía muy buenos trabajos, con los que se ganó el respeto de Renato.

Tras un atento recibimiento, Omar los invitó a todos a pasar al jardín. Mientras los veía marchar sentía cierta preocupación por el número de personas, pensando que si seguían llegando invitados, el espacio no sería suficiente.

En cuanto Óscar vio a su abuelo entrando, hizo una pausa inmediata en el juego de balón, gritó:

—¡Abuelo!— y corrió a abrazarlo con mucha alegría.

Alegría que también sentía su abuelo, quien le decía:

—¡Oh, mi soldado, que grande y fuerte te has puesto!

Fue una imagen rara para Óscar, debido a que, siempre era él quien visitaba a sus abuelos; y nunca ellos habían venido a su casa. Por eso, él asociaba el lugar con las personas: cada rincón, cada espacio. Y ver a su abuelo sonriendo y hablandole así en su casa, fue algo totalmente nuevo pero grato.

También saludó a su abuela que lo esperaba con un pulóver tejido a mano.

—este es mi regalo hijo; espero haber acertado en la talla— dijo ella pensando en un obsequio que realmente necesitara.

Se podrá discrepar en esto, pero ropa y calzado no son los regalos predilectos de un niño. Aún así Óscar lo recibió con cariño y le dio las gracias a su abuela.

Bajando un poco la emoción del primer encuentro, saludó a sus tíos y primos, y en esta ronda de saludos hubo detalles importantes.

Mariana, Marga y Bárbara lo saludaron con beso en la mejilla diciendo al mismo tiempo:

—¡Feliz cumpleaños!

(El beso de Bárbara, a quien Óscar no conocía, activó algo en él; hizo que su corazón se acelerara un poco. Era su primer acercamiento a lo que se puede llamar como enamoramiento).

Luego de esto Mariana le presentó su regalo. Pero al abrir la caja, el gato que estaba adentro, saltó de golpe y corrió sin rumbo a esconderse en el primer rincón que encontró.

No era como Mariana lo había planeado, pero aún así Óscar le dio las gracias con amabilidad.

Maxi (como será llamado Maximiliano de ahora en más), le trajo un frasco con diez canicas, o bolitas cristalizadas de colores. Este regalo sí que le gustó muchísimo a Óscar, ya que solían jugar con ellas cada vez que se encontraban.

En esa época había dos razones por las que un niño tuviera muchas canicas: una, que tenía mucho dinero y las compraba; dos, era buen jugador y las ganaba en las partidas.

—ten Óscar, de parte mía y Jeremías—Dijo Maxi.

Pero Óscar sabía muy bien que era un regalo exclusivo suyo, pensado solo para él.

Volviéndose Óscar hacia su abuelo le dijo:




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