El vecino de Omar se acercó a él y le tocó el hombro diciendo con un tono de admiración:
—Mejor de lo que esperabas, ¿Verdad?
Pero Omar, con la intención de que sus palabras cruzaran el aire y llegaran claras a los oídos de su suegro, respondió:
—La bicicleta es algo peligrosa para niños de la edad de Óscar. Él no sabe montarla, y es muy probable que al intentarlo, se caiga y se lastime.
Siguiendo la representación de la pelea, esas palabras de Omar eran como un puñetazo débil que lanzaba desde la lona, intentando reponerse y poner alguna objeción, alguna razón de peso. Pero Renato, que no perdía detalle de nada, interfirió en la conversación esquivando ese golpe sin el menor esfuerzo, y arrojó con su voz grave y firme una frase que resumía toda su forma de ver la vida y de criar:
—"Solo con dolor se crece".
Afortunadamente nadie se percataba de las chispas internas que se generaban entre Omar y Renato.
Después de agradecer a su abuelo, dándole un abrazo y diciéndole que es el mejor abuelo del mundo, Óscar dejó la bicicleta en la sala de estar y se dispuso a seguir jugando en el jardín con sus amigos. Cada uno de los adultos fue a tomar su lugar para seguir disfrutando de la fiesta.
Entre los niños, los juegos se volvieron más estructurados que antes, donde solo se corría y se pateaba el balón, debido a que se sumó Mariana al grupo. Por ser la mayor tomó el control y propuso juegos en los que participen todos (niñas y niños), con reglas claras que ella misma establecía, y aparte del balón también usaron una silla, un pote de pintura vacío y la cuerda donde colgaban los globos.
A Jeremías por ser el más pequeño y no poder tener un dominio pleno sobre su cuerpo (era algo torpe), se le asignó el rol de: "alcanza balón", que él cumplía con gusto, sintiéndose así parte del grupo.
Mariana presentía la conexión que se generaba entre Óscar y Bárbara. Un simple e inocente roce sin querer entre ellos alteraba a Óscar, poniéndolo nervioso, eso molestaba a Mariana que sentía cierto fastidio por lo cursi.
Entre los adultos, Omar atendía y conversaba con casi todos, salvo con Renato. No podía acercarse a él. Era como si tuviera alrededor un campo de energía, o por decirlo de otra forma, una trinchera que lo separaba: como si estuviera en un campo de batalla, pero en realidad solo estaba sentado allí, charlando con Horacio y Rifle que no se despegaba de él.
Rifle era el único en la fiesta que se sentía como sapo de otro pozo. Quería que el tiempo pasara rápido para ya tomar la foto y que todo se terminara. Rechazaba todo lo que le ofrecían, y la razón no era por gusto o indiferencia: sentía desconfianza de todos. Creía que si aceptaba algo (una comida, bebida o cualquier detalle), luego se sentirían con derecho a pedirle un descuento, un favor o que regale parte de su trabajo, y él no estaba dispuesto a dar nada más de lo que había acordado. Esa desconfianza lo perseguía a cada paso, lo hacía estar siempre alerta, sin poder relajarse ni confiar en nadie. Por eso se mantenía quieto en su lugar, callado y distante, esperando solo el momento de cumplir con su tarea e irse a su casa.
Mercedes iba y venía procurando que siempre haya algo de comer sobre la mesa. Para Omar, Mercedes tenía algo especial: y eso era su mirada. Era idéntica a la de Rocío, incluso en el color verdoso de sus ojos. Por eso, de forma discreta, la observaba constantemente; figurando en su mente como si su amada también estuviera ahí presente.
En un momento Omar vio que el vaso del esposo de María estaba vacío, entonces fue por la jarra de jugo que estaba sobre la mesa y le dijo:
—Déjame servirte amigo— y le sirvió hasta llenar el vaso.
Al darse la vuelta para llevar la jarra de nuevo a su lugar, se le apareció Renato de frente, como si se hubiera teletransportado. Se acercó a él, y en voz baja al oído le dijo:
—Te espero en el comedor, tengo algo que decirte.
Omar se quedó quieto por un instante, sintió que la incertidumbre y el temor se le subían al pecho. Respondió suave, sin mucha seguridad:
—De acuerdo.
Al llegar Renato al comedor, observó que la puerta del bajo mesada estaba abierta, dejando ver una damajuana de vino por la mitad y una botella de cerveza vacía. Fue entonces que moviendo la cabeza de un lado a otro pensó: «este hombre está perdido».
Justo en ese momento llegó Omar, y con voz calmada dijo:
—Muy bien, don Renato, soy todo oídos.
Renato le extendió un folleto y habló con tono firme:
—Quiero que leas esto. Me gustaría que inscribas a Óscar allí, Maxi ya está inscripto, y considero que es una oportunidad única para que los dos crezcan juntos en este ámbito, y aprendan lo mismo.
Omar tomó el papel, lo leyó despacio y comentó:
—Es un folleto de inscripción a una escuela privada con base militar.
—Exacto—Comfirmó Renato, sin dejar de mirarlo—. Es una gran oportunidad para Óscar. La escuela tiene un gran nivel, aparte de las materias comunes, hace hincapié en la disciplina, el honor y la lealtad: principios que le vendrían muy bien en esta etapa de su vida.
Omar sintió dudas en su corazón, pero se esforzó por expresar lo que sentía:
—Don Renato yo...
Renato lo interrumpió de inmediato, sin dejarle terminar:
—Ya lo sé, no me digas nada. Sé que no ganas lo suficiente para pagar la mensualidad, pero yo me puedo hacer cargo.
Omar se plantó con seguridad, y aprovechando la oportunidad para devolverle el golpe, respondió con firmeza:
—¡No!— Hizo una pausa mirándolo a los ojos, y luego habló con convicción:— soy su padre y soy responsable de su educación. Lo inscribiré en un colegio público. Y esos valores de los que me hablas, los aprenderá aquí, en su casa.
Renato lo miró fijamente, con cierta decepción, y le preguntó con voz pesada:
—¿Tan grande es tu orgullo que eres capaz de arrastrar a tu hijo hacia la ignorancia por él?