El fotógrafo ya estaba casi listo, terminando de ajustar las patas de su trípode con movimientos rápidos y torpes, ansioso por terminar de una vez con su trabajo. Se le notaba inquieto y nervioso; su impaciencia era casi palpable.
Tenía todo listo cuando se le acercó Horacio con prisa y le preguntó:
—¿Tengo tiempo todavía para ir al baño?
Rifle ni siquiera lo miró. contestó cortante, seco, sin dejar lugar a dudas:
—¡No! Déjame trabajar tranquilo.
Pero Renato observando la escena con calma, intervino con una media sonrisa:
—No seas así, Rifle. Va a quedar mucho mejor la foto si no se le marca en la cara que está aguantando las ganas.
El fotógrafo resopló, molesto por la interrupción, y cedió de mala gana:
—Está bien... Pero que sea rápido.
Como si le hubieran disparado un tiro, Horacio entró corriendo a la casa, cumpliendo al pie de la letra la velocidad exigida.
Mientras tanto, los doce niños ya estaban formados y quietos, esperando instrucciones. Rifle se colocó detrás de su cámara, mirando a todos con esa intensidad suya, con los ojos tan juntos que parecían estar siempre apuntando, y comenzó a acomodarlos a su modo, sin rodeos:
—Tú, el de lentes—Señaló al hijo del vecino—, córrete más a la derecha.
El pequeño, confundido, no sabía distinguir cuál era su derecha y cuál era su izquierda, se quedó paralizado en su lugar. Su padre, para evitar el ridículo, se acercó rápido y lo acomodó jalándolo de la camisa.
Luego señaló a una de las gemelas:
—Y tú, nena, la de allá a la izquierda... Flexiona un poco las piernas, baja los brazos. ¡Pero que tiesa estás! Con ese vestido blanco pareces una muñeca enyesada.
La niña, que se había esforzado por portarse bien, sintió las palabras como un regaño. Bajó la mirada, se le llenaron los ojos de lágrimas e incapaz de aguantar, rompió a llorar. Su madre tuvo que salir corriendo desde atrás para consolarla, rompiendo la formación.
Ese contratiempo fue el límite para la paciencia de Rifle. Se puso a caminar de un lado a otro, agitado, gesticulando con las manos, y se quejó en voz alta, totalmente fastidiado:
—¡No puede ser! ¡Yo no puedo trabajar en estas condiciones! ¡Soy un profesional, caramba!
Omar, que observaba todo con distancia, pensó en ese momento: «este tiene flojo un tornillo».
Entonces Rifle, sin medir consecuencias, se dirigió directamente a Renato, lanzando un reclamo que sonó casi como una amenaza:
—Mira, te lo advierto: si la foto no sale como tú quieres, me la tienes que pagar igual.
Renato ni se inmutó. Le respondió con esa calma que hasta parecía burla:
—Quédate tranquilo Rifle. Te la voy a pagar igual, no te preocupes por eso.
La niña gemela, ya más calmada aunque aún con rastros de llanto en las mejillas, volvió a su lugar. Casi al mismo tiempo llegó corriendo Horacio, acomodándose como podía entre los adultos.
Rifle miró a todos con severidad, revisando que nadie se moviera:
—Ahora si... ¿Estamos todos?
—Así es, ya estamos todos— aseguró María Perdomo desde el fondo.
El fotógrafo dio entonces sus indicaciones finales, las de siempre, las que lo habían hecho merecedor de su apodo:
—Escuchen bien: Cuando diga ¡Fuego!, todos miran fijamente este punto— levantó su dedo índice señalando justo por encima del lente—, se quedan inmóviles y no parpadean.
Tomó aire, ajustó el foco con precisión mecánica, enfocó y anunció con voz firme:
—Muy bien... ¡Aquí va!... ¡Fuego!
Y justo en ese instante, cuando el flash iluminó todo el jardín, el gato que habían traído de regalo, que andaba suelto y curioso, aprovechó el descuido y saltó de golpe hasta el centro de la mesa, quedando inmortalizado en la imagen sin que nadie lo hubiera planeado.
Como era costumbre en esa época, la foto no se pudo ver al momento; había que esperar a revelar el rollo en el cuarto oscuro. Pero cuando el tiempo pasó y la imagen por fin apareció, esta fue la estampa que quedó guardada para siempre: Se veía a Renato, Mercedes, Dolores y Horacio, todos impecables, serios y bien compuestos, aunque con un detalle que causó gracia cuando lo notaron: Horacio, al meter la mano en el bolsillo, había abierto sin querer la cremallera del pantalón, y se le distinguían claramente los calzoncillos largos, de esos que se usaban en aquellos años, blancos y con puntos rojos.
La esposa del vecino aparecía con la mano levantada como si saludara con entusiasmo, pero su palma, casualmente, tapaba toda la cara de su marido. Este, a su vez, tenía la mano puesta sobre la cabeza de su hijo de lentes, como si lo estuviera sujetando o aplastando suavemente.
Una de las gemelas se mantenía erguida, tomándose con cuidado los bordes del vestido en una pose de princesa perfecta, rígida y calculada, decidida a no dar motivo de quejas ni comentarios, a diferencia de lo que le había pasado a su hermana. La cual aparecía con los ojos tristes y con su mano derecha tocando su nariz como si quisiera limpiarla.
Omar miraba hacia arriba, con una expresión que parecía decir: «¡Qué ridiculez es todo esto!».
Maxi se rascaba la cabeza con cara confundida, mientras que Jeremías tenía los brazos totalmente extendidos hacia adelante, como si intentara espantar o apartar al animal que ya estaba sobre la mesa. Mariana y sus dos amigas aparecían con los ojos grandes y brillantes, iluminados por el reflejo del flash, casi como si tuvieran ojos de luz. Y Óscar, el cumpleañero, salía sonriendo a más no poder, feliz y divertido por la travesura que acababa de protagonizar el pequeño gato.
No era, desde luego, la mejor foto que se hubiera tomado nunca. Tenía errores, poses raras, accidentes y olvidos. Pero de algo estaban seguros todos: cuando Óscar fuera grande y volviera a verla, recordaría ese día como uno de esos grandes momentos de felicidad, de los pocos y preciados que tendría a lo largo de su vida.