La tarde llegaba a su fin: el sol caía poco a poco hacia el horizonte y el jardín se iba oscureciendo, perdiendo sus colores y su calidez. Como no había suficiente iluminación exterior para seguir disfrutando allí, la luz que se apagaba empujó a todos, poco a poco, a recoger sus cosas y pasar al interior de la casa, buscando el resguardo y el calor de las habitaciones.
Allí, Mercedes y María habían preparado con esmero jarras llenas de leche chocolatada, dulce y espumosa, pensando en que fuera el momento perfecto para que los chicos pasen de la actividad de correr, jugar y moverse por todos lados, a un momento más tranquilo, social, de charlar, sentarse y empezar a conocerse mejor entre ellos.
Pero poco después, los primeros en irse fueron el vecino, su esposa y sus tres hijos, ya que se hacía tarde y sentían que el espíritu de la fiesta estaba decayendo. Así que Óscar tuvo que despedir al chico de lentes y a las dos hermanas gemelas, lo hicieron con abrazos y promesas de volver a encontrarse pronto.
Más tarde apareció el padre de los dos chicos que se habían colado en la fiesta; vino buscándolos para llevarlos a casa, ya que tampoco ellos debían quedarse hasta muy tarde. Los dos chicos se fueron un poco a desgana, pero contentos por lo que habían visto y vivido sin ser invitados.
Poco después, fue el turno de Renato y toda su familia de irse. Lo hicieron porque sentían lástima por Rifle, que seguía ahí sin darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor y sin saber bien qué estaba haciendo en ese lugar.
Omar los acompañó hasta la puerta de entrada, donde se despidieron uno por uno. Antes de irse, Renato se acercó a él, le estrechó la mano y se la apretó con fuerza, sosteniéndola entre las suyas con una mezcla de autoridad y afecto, y le dijo con voz firme y sincera:
—Rocío te amaba, y eso, me guste o no, te hace de la familia. Y la familia es sagrada, recuérdalo siempre.
Para Renato, aquellas palabras eran un reconocimiento, una forma de decirle que, a pesar de todo, él valoraba el lugar que Omar había tenido en la vida de su hija. Era, en el fondo, un cumplido, una verdad sentida y profunda. Pero Omar, siempre a la defensiva, acostumbrado a ver enemigos en cada rincón y luchas en cada palabra, sintió ese apretón firme y escuchó esa frase no como un gesto de unión, sino como una jugada más, una estrategia de guerra disfrazada de cortesía. En su mente, todo lo que salía de la boca de Renato tenía un propósito oculto, una intención de dominarlo o de marcar terreno, y aquel gesto, lejos de conmoverlo, lo hizo sentir aún más vigilado y desafiado.
Tras la despedida, Óscar se sintió algo triste, pero no por haberse ido sus abuelos, sus tíos y sus primos, sino por Bárbara, con quien soñaba volver a ver.
En la casa solo quedaron María Perdomo, su esposo y su hijo. María estaba en la cocina lavando las tazas que habían usado durante la reunión. Detrás de ella, en el comedor, su esposo permanecía sentado a la mesa, degustando tranquilamente una ensalada de frutas bajo la luz cálida de las lámparas. Omar se dirigió hacia allí con paso lento, con el espíritu algo cansado por todo lo vivido, y fue a sentarse justo a su lado.
El esposo de María le conversaba de cosas sencillas, comentando sobre la jornada o la gente que había asistido, y Omar asentía y lo escuchaba por educación, aunque en realidad su mente estaba muy lejos, dándole vueltas una y otra vez a todo lo que había pasado. No podía sacarse de la cabeza ni el apretón de manos, ni las palabras de Renato, ni mucho menos aquella acusación que le había hecho antes: que por culpa de su orgullo, estaba empujando a su propio hijo hacia la ignorancia, negándole oportunidades solo por mantener sus posturas y no ceder ante él. Para Omar, todo seguía siendo parte de esa batalla que creía librar, donde cada frase era un ataque y cada intención, una trampa.
Mientras él seguía atrapado en esas ideas y en sus recelos, ya entrada la noche, en la sala de estar, Óscar y el hijo de María se entretenían jugando a las canicas, ajenos a todo, riendo y pasando el rato como si nada más importara.
Finalmente, llegó el momento de despedirse. Omar se acercó a María y su familia para desearles un buen regreso a casa, y en sus palabras se notaba la gratitud que sentía de verdad, reconociendo todo lo que ella había aportado para que la celebración fuera un éxito. También pactaron encontrarse al día siguiente, ya que Omar tenía un viaje importante que lo mantendría ausente durante tres días, y quería dejar todo bien coordinado antes de su partida.
Mientras María y los suyos se alejaban, Óscar, vencido ya por el cansancio acumulado de toda la jornada, se encaminaba con paso lento hacia el interior de la casa, con la única intención de llegar a su habitación y descansar. Pero Omar lo detuvo suavemente poniéndole una mano en el hombro:
—Espera, Óscar, tengo que hablar contigo.
El niño se detuvo, giró hacia su padre y respondió con voz suave, arrastrando un poco las palabras por el sueño:
—¿Tiene que ser ahora, papá?
Omar asintió con serenidad, mirándolo con esa mezcla de amor y responsabilidad que siempre lo caracterizó:
—Sí, hijo, ahora.
Sin decir nada más, se dirigieron juntos hacia el jardín nuevamente, a un rincón tranquilo y apartado donde la noche se sentía más cerca, con el cielo oscuro lleno de estrellas y una brisa suave que mecía las hojas de las plantas. Cerca de ellas, habían dos sillas viejas y cómodas, colocadas una al lado de la otra, frente al silencio que reinaba. Se sentaron allí, hombro con hombro, padre e hijo, listos para conversar lejos de ruidos y miradas ajenas.
Omar se quedó unos segundos en silencio, mirando la oscuridad que los rodeaba, como buscando las palabras exactas antes de empezar. Luego, giró la cabeza hacia su hijo y le preguntó con voz tranquila, casi suave:
—¿Disfrutaste la fiesta, Óscar?
El niño, todavía con el brillo de la alegría y el cansancio en los ojos, le contestó con sinceridad: