El primer año pasó en un abrir y cerrar de ojos, y Óscar, aunque no destacaba como un alumno sobresaliente, logró pasar al segundo grado. Su crecimiento se notaba no solo en su forma de aprender, sino también en su cuerpo: cada día realizaba trabajos que exigían más fuerza y que usaban herramientas cada vez más peligrosas. Ya sabía manejar la pala, pelar papas con cuchillo (y en más de una ocasión se cortaba sin querer), levantaba y arrastraba carretillas, y usaba el martillo con destreza; en alguna oportunidad se había golpeado un dedo, pero sus manos empezaban a endurecerse, formándose los primeros cayos, y sus piernas ganaban fuerza con cada kilómetro que recorría en bicicleta.
La vida de Óscar se dividía claramente en tres espacios: la escuela, donde se desarrollaba su intelecto; su hogar, donde el trabajo físico era su obligación; y las visitas a casa de su abuelo, que eran los momentos de verdadera recreación y paz.
Óscar crecía, aprendiendo a nadar como podía en las aguas turbulentas de su pequeño mundo. Mientras tanto, Omar había sufrido una transformación total: pasó de ser esa figura que, con sus errores, intentaba guiar y ayudar a su hijo a sobrevivir, a alguien que se había entregado por completo y sin reservas a su vicio y a su propia desgracia. Las obligaciones que le imponía al niño ya no eran solo ir al mercado por comida o lavar su propia vajilla; ahora las órdenes incluían también ir al mercado a retirar las botellas de alcohol que él ya había encargado y pagado, y ordenar el desorden que Omar mismo generaba. Omar comenzó a tratar a Óscar con la misma actitud que se tendría con un sirviente personal, marcando una distancia inmensa, cada vez mayor, con respecto a aquella relación de padre e hijo que habían llegado a tener.
Una mañana, Óscar dormía plácidamente cuando escuchó que alguien golpeaba su puerta:
—¡Óscar, levántate! —le llamó una voz.
Óscar se sorprendió al escuchar una voz que no le era conocida, y con una mezcla de confusión y temor preguntó desde dentro, sin abrir:
—¿Quién es usted?
Desde el otro lado, la voz, que era femenina, respondió:
—Soy Rocío.
Al escuchar ese nombre, Óscar sintió una sensación extraña. Por un instante creyó que podía ser su madre.
—¿Qué? ¿Rocío? —preguntó de nuevo, sin dar crédito a lo que oía.
—Rocío Arrieta —respondió ella—, tu nueva niñera.
Entonces él abrió la puerta despacio y la miró. Ella lo observó con cierta ternura y le dijo:
—¿Tu papá no te avisó?
—¿Dónde está María? —preguntó él, con un tono que delataba su tristeza.
—No sé quién es María —respondió ella—, pero te cuento que soy muy divertida. La vamos a pasar muy bien juntos.
Al escuchar esas palabras, Óscar cerró la puerta de un golpe y se tiró de nuevo en la cama. Cerró los ojos y se repetía para sí mismo: Llorar es de débiles, llorar es de débiles. Se esforzó por contener las lágrimas.
Dándose cuenta de que quedarse en ese cuarto solo le hacía daño, salió de allí, se vistió rápido, tomó sus útiles escolares y se dirigió hacia el colegio, sin saludar a nadie por el camino. La nueva niñera lo miró irse y murmuró en voz baja:
—Niño malcriado.
Esa misma mañana, Óscar intentó apagar el dolor que sentía dirigiendo sus pensamientos hacia otros lados.
Nunca se enteró de lo que había pasado con María Perdomo, porque ella no quiso hacer público lo ocurrido. Podría haber denunciado a Omar, pero prefirió cuidar la integridad de su matrimonio y, sobre todo, proteger a Óscar, por lo que decidió que nada saldría a la luz.
Después de eso, Óscar permaneció callado durante varios días en su casa. No le hablaba ni a Rocío ni a su padre.
En una oportunidad estando sentados padre e hijo a la mesa almorzando; Omar, dándose cuenta de su actitud, le preguntó:
—¿Qué te pasa?
—Nada —respondió él, con el rostro serio y sin levantar la vista de su plato.
Omar se acercó un poco más, poniendo su cara cerca de la de él, y le dijo:
—No te creo. ¿Crees que nací ayer? A mis dieciocho años me fui de mi país, dejando a mis padres y a mi hermano. ¿Y sabes qué sentía? Nada. Solo pensaba en mi nueva vida, en cómo iba a sobrevivir. Entiende esto, Óscar: las personas que tenemos a nuestro alrededor hoy están aquí, y mañana pueden no estar. Así es la vida. Cuanto antes lo entiendas, mejor. ¡Ahora come! Y trata a Rocío un poco mejor, dale una oportunidad.
—Está bien —respondió él, y esbozó una leve sonrisa.
Al día siguiente, ya más animado y como si hubiera dejado todo lo demás atrás, se dispuso a ir al colegio. Allí ocurrió una escena curiosa, en medio de la clase de ciencias naturales. El maestro señaló a un alumno llamado Mario Vidal y le preguntó:
—¡Mario Vidal! ¿Cómo se llama este gas?
(Hay que aclarar que Mario Vidal era uno de los bravucones más conocidos del aula).
Y él respondió:
—No lo sé, maestro. Pero si alguien entiende de gases, ese debe ser Agustín Pedot —y se refería a un compañero que llevaba ese apellido.
En ese momento, toda la clase estalló en risas. Pero Óscar, que se mantenía serio, observaba la cara de Agustín, que se veía avergonzado y miraba hacia abajo, clavando la vista en el banco. Sintió una punzada de pena por él.
Mario giró la cabeza, disfrutando de ver cómo todos se reían, hasta que en un momento sus ojos se cruzaron con los de Óscar. Y en ese instante, sabiendo que debía ser visto como uno más, que no podía quedarse al margen, Óscar le devolvió una sonrisa que buscaba claramente la complicidad con el bravucón y la burla colectiva; una sonrisa tan bien construida que parecía nacer espontáneamente de su propia diversión.
En ese gesto, Óscar sintió que algo lo empujaba a elegir un bando. Comprendió que ya no podía ser solo un espectador pasivo; que la vida, implacable, lo obligaba a decidir de qué lado estar para no convertirse en la próxima víctima.