Al finalizar la jornada escolar, Óscar salió hacia donde había dejado su bicicleta, listo para volver a casa. Pero justo en ese lugar fue interceptado por Mario, Francisco y Nahuel; los tres, al igual que él, tenían sus bicicletas entre las manos:
—¿Cómo va todo, Torres? —le dijo Mario, el mismo chico que había protagonizado la escena en el aula horas antes.
—Bien —respondió Óscar con tono indiferente, sin siquiera dignarse a cruzar la mirada con él.
Mario, sin inmutarse y manteniendo esa actitud de superioridad, continuó hablándole:
—Bonita bicicleta la tuya… ¿Crees que es más rápida que la mía?
Esta vez Óscar sí lo miró fijamente a los ojos, y respondió con una calma que denotaba seguridad:
—Mi bicicleta puede que no sea más rápida que la tuya… pero yo soy más rápido que tú.
Mario esbozó una sonrisa de satisfacción ante aquella respuesta desafiante. Le gustaba ese tipo de actitud, muy distinta a la de los que se asustan o se esconden.
—Te espero en la Costanera a las seis entonces, y lo comprobaremos… a no ser que seas un gallina y te eches para atrás —le dijo Mario, lanzando el reto abiertamente.
—Nos vemos allá —fue la única respuesta de Óscar, firme y decidida, sin titubear ni un segundo.
Al llegar al lugar pactado, Óscar los vio a los tres conversando entre ellos, distraídos. Nahuel fue el primero en notar su presencia y alertó a Mario:
—¡Mira quién apareció, Mario!
Mario, que estaba de espaldas, se giró rápidamente y, al verlo, exclamó con sorpresa y cierto respeto:
—¡Eh, Torres! Parece que me equivoqué contigo… tienes agallas, al menos.
—Te dije que vendría —respondió Óscar con tranquilidad, sin hacer alarde de nada.
—Entonces hagámoslo más interesante —propuso Mario, con una sonrisa de complicidad—: el que gane le invita la merienda al otro. ¿Qué dices?
—Hecho —aceptó Óscar sin dudar, y ambos estrecharon la mano para cerrar el trato.
Mario marcó entonces el punto de partida y señaló un poste de luz, a unos doscientos metros de distancia, como la meta a alcanzar. Óscar, que ya había aprendido a leer las intenciones de su rival, intuyó perfectamente que Mario intentaría alguna jugarreta o alguna ventaja desleal en algún momento; conocía bien su forma de ser, y por eso, en silencio, se mantuvo alerta y preparado para cualquier imprevisto. Ya en sus posiciones, Francisco dio la orden de salida. Ambos comenzaron a pedalear con todas sus fuerzas, buscando tomar la delantera. Pero Óscar no solo tenía la costumbre de andar rápido, sino que también había aprendido a dominar su bicicleta con destreza, haciendo maniobras que pocos se atrevían a intentar.
Cuando Mario vio que la bicicleta de Óscar lo alcanzaba y se ponía a su altura, intentó sacárselo de encima con una mala jugada y le lanzó una patada para desestabilizarlo. Sin embargo, Óscar, que ya esperaba algo así, reaccionó al instante: levantó la rueda delantera, quedándose un momento en equilibrio sobre la trasera, esquivando el golpe por completo.
Al fallar su intención, el propio impulso desequilibró a Mario, que perdió el control, cayó al suelo y quedó detenido en el camino.
Óscar aprovechó esa ventaja, avanzó sin detenerse y llegó primero al poste marcado como meta. Después de eso, regresó pedaleando hasta donde estaba Mario, que aún se levantaba del suelo.
—¿Estás bien? —le preguntó Óscar con calma.
—No sé qué me pasó… simplemente perdí el equilibrio —respondió Mario, evitando mirarlo a los ojos, tratando de disimular lo que realmente había ocurrido.
Óscar esbozó una sonrisa, esa sonrisa que ya se estaba convirtiendo en su sello, y le dijo:
—Gané. Nos vemos mañana en la escuela.
Y sin esperar nada más, dio media vuelta y se retiró. Ni siquiera mencionó lo de la apuesta. Sabía perfectamente que Mario era de esos que solo son valientes cuando tienen ventaja, pero que a la hora de las consecuencias se vuelven cobardes; sabía que nunca habría cumplido con pagar la merienda, y tampoco le importaba. Lo que realmente le interesaba, lo que realmente había ganado, era haber demostrado, solo para sí mismo, que podía vencerlo con astucia y sin romper sus propias reglas.
Al día siguiente, ya en la escuela, Mario le había reservado un lugar junto a él, en el mismo banco donde solía sentarse. En cuanto Óscar apareció, lo llamó con tono de complicidad:
—¡Eh, Torres! Aquí hay lugar, si quieres sentarte.
Óscar dudó un instante en su interior. Él no quería ser como ellos, no quería convertirse en alguien que usara su fuerza para hacer daño o para humillar a los demás; su naturaleza seguía estando lejos de ser un bravucón. Sin embargo, tenía ya profundamente arraigada en su mente aquella enseñanza que la vida, su padre y su propio dolor le habían grabado a fuego: para ser fuerte, debes estar junto a los fuertes; la seguridad solo se encuentra del lado de quienes mandan. Sin decir una palabra más, aceptó la invitación y tomó asiento a su lado.
Desde ese momento, ya no ocupaba un espacio neutral en el aula, ni en la vida. Ya no era el observador silencioso que permanecía al margen de todo. Con ese simple gesto, con esa elección silenciosa, había dado el paso definitivo: había escogido su bando.