Terminó el segundo grado y comenzó el tercero, y para entonces Óscar ya contaba con la fama de ser alguien abusivo. No era quien empezaba las peleas o las malas acciones, pero siempre estaba presente, siempre las seguía y las apoyaba. No disfrutaba lo que hacía, no sentía placer en hacer daño a nadie, y aun así se reía, aplaudía y festejaba lo que pasaba. Y eso era, si cabe, aún peor: porque alguien que actúa sin ganas, pero lo hace igual, y lo celebra, es mucho más peligroso que quien lo hace por gusto. Un abusivo no es nada sin quien acompaña sus actos y los aprueba.
Lo que hacía Óscar no era más que seguir, sin quererlo, el ejemplo que le había dejado su padre. Porque Omar, años atrás, tampoco quería seguir ese camino de dureza, de indiferencia y de alejamiento de todo lo que fuera humano y sensible. Él tampoco eligió ser así, tampoco tomó esa decisión con gusto. Pero aun así lo hizo, y lo siguió haciendo, convencido de que ese era el mejor camino, el único que garantizaba la supervivencia y la seguridad.
Así como Omar creyó que ser duro era el camino, Óscar ahora creía lo mismo. Estaba repitiendo los mismos pasos, caminando por el mismo sendero que su padre había recorrido antes que él, sin darse cuenta de que ese camino no llevaba a ninguna parte, sino que conducía a la soledad, al vacío y a la destrucción, tal como le había pasado a quien él tenía delante todos los días.
En el tercer grado le costó mucho llevar los temas de estudio. Sus notas empezaban a caer y le resultaba muy difícil concentrarse o estudiar en su casa, porque tenía que cumplir con todos sus quehaceres y soportar los malos tratos y la mala atmósfera que reinaba ahí. En la escuela, para todos, él era parte de los fuertes, alguien que podía llegar a ser abusivo… pero en su propia casa, él era el abusado: el que recibía órdenes, el que sufría la indiferencia y la falta de cariño, el que tenía que aguantar todo sin poder decir nada.
Al finalizar el año, todos los alumnos se quedaron en el salón esperando a que el maestro diera a conocer los resultados de quienes pasaban de grado y quienes no. Cuando le llegó el turno a Óscar, el maestro lo miró con seriedad y le dijo:
—Óscar, tu rendimiento ha bajado en todas las materias durante todo el año. Aun así, se pueden salvar la mayoría de las asignaturas, excepto matemáticas. Tendrás que rendir un examen recuperatorio para aprobarla, y si no mejoras tus calificaciones, repetirás el año.
En cuanto terminó la clase, Mario, que estaba sentado a su lado, solo le dio un pequeño golpe de puño en el hombro: era su forma de darle ánimo, sin necesidad de decir una sola palabra. Luego se levantó y se fue, como si no le importara demasiado el asunto, como si todo fuera normal.
Óscar se quedó sentado en el aula, solo, sintiendo una angustia que le oprimía el pecho. No quería perder el año, no quería tener que volver a pasar por todo lo que ya había vivido, ni tener que cargar con esa vergüenza. Estaba preocupado, muy preocupado.
En ese momento, se le acercó Agustín Pedot, el mismo chico que se mencionó antes.
—Hola —lo saludó Agustín.
Óscar lo miró con cara seria, casi con desconfianza, como si estuviera diciendo sin palabras: ¿Qué quieres de mí, perdedor?
Sin más, Agustín le extendió un papel y le explicó:
—Esta es la dirección de mi casa. Ahora que comienzan las vacaciones, voy a tener tiempo libre. Si quieres venir a verme, puedo ayudarte con matemáticas, porque a mí me apasionan y me gustaría poder ayudarte.
Óscar bajó la mirada, sostuvo el papel en su mano y respondió con una voz baja y cortante:
—Gracias.
Solo dijo esa palabra, corta y definitiva, para terminar el momento lo más rápido posible. Porque sabía que, si alguien lo veía hablando con Agustín, si se sabía que necesitaba ayuda, lo considerarían débil. Y para él, ser débil era lo peor que podía pasar; era algo que no podía permitirse, no si quería seguir siendo parte de su bando, no si quería seguir estando a salvo.
Al día siguiente, estaba acostado en su habitación. Todavía sentía el dolor de la vara que le había aplicado su padre por haber reprobado matemáticas; cada vez, los castigos eran más fuertes, más violentos, como si la frustración y la rabia se fueran acumulando y salieran así contra él.
Mientras descansaba, su mente no dejaba de dar vueltas a la propuesta de Agustín. Lo pensó una y otra vez, midiendo las ventajas y los riesgos, hasta que al final tomó una decisión. Sabía que era algo que iba en contra de todo lo que se había enseñado a sí mismo, pero necesitaba aprobar, necesitaba ayuda, y ya no podía quedarse con las ganas. Casi como si quisiera pasar desapercibido, como si se escondiera un poco, se dirigió a la casa de Agustín. Desde el mismo momento en que llegó, se sorprendió muchísimo al ver el lugar: era una casa limpia, llena de colores vivos, con plantas verdes y bien cuidadas en el patio, y en el aire se respiraba un olor a perfume suave y agradable, totalmente distinto al olor a humo, a alcohol y a ropa usada que siempre había sentido en su propia casa.
Óscar golpeó la puerta. Y desde adentro se escuchó la voz de una mujer decir:
—Amor, atiende la puerta, que estoy ocupada.
En ese instante le abrió un hombre que vestía ropa cómoda de casa, con una sonrisa amable le dijo:
—Hola, pequeño. ¿En qué te puedo ayudar?
—Buen día —respondió Óscar, con un poco de timidez—. Soy compañero de Agustín, él me invitó.
El hombre miró hacia atrás, hacia el interior de la casa, y alzó la voz llamando a Agustín:
—¡Agustín! ¡Un amiguito vino a buscarte!
—Voy, papá —contestó la voz de Agustín, y se acercó a la puerta con cierto entusiasmo.
—¿Cómo estás, Óscar? —lo saludó él, con la misma calma y buena actitud que había mostrado antes.
—Bien —respondió Óscar, y enseguida agregó, con una pequeña duda—: No quería molestar, quizás sea mejor que venga otro día…
—¡Para nada! —lo interrumpió Agustín, abriendo más la puerta para que entrara—. Entra, ya tengo el cuarto preparado, con todos los libros que necesitamos.