El tiempo transcurrió, y aunque algunas cosas cambiaron, la esencia de lo que rodeaba a Óscar seguía marcada por la dificultad y la pérdida. Fue en el año nueve de su vida cuando sucedió lo de Rocío (su niñera entonces), la última persona que había tenido algún tipo de trato amable con él: su padre la despidió al haberla descubierto robando dentro de la casa. Al parecer, la mujer sufría de cleptomanía, una enfermedad que la impulsaba a tomar cosas ajenas sin necesidad, y eso fue suficiente para que Omar la echara, sin importarle quién quedaba desprotegido detrás.
Óscar cursaba el cuarto grado de escolaridad, y su imagen y comportamiento seguían siendo los mismos: en la escuela, mantenía esa característica que ya todos conocían: se movía entre los que mandaban, acompañaba las malas acciones, tenía fama de ser abusivo, aunque en su interior nada de aquello le gustara ni le hiciera sentir bien.
Pero lo que terminó de definir ese tiempo, y lo que vino a llenar el vacío que dejó Rocío, fue la llegada de la nueva niñera: Eugenia Sofía Carvajal.
Era, sin duda, la más dura, estricta y desagradable de todas las mujeres que habían pasado por la casa para cuidarlo. Tenía una apariencia que causaba rechazo de solo verla: andaba siempre desalineada, con el cabello revuelto y despeinado que le daba un aire semejante al de esas brujas feas y malvadas de los cuentos antiguos. Fumaba sin parar; apenas terminaba o apagaba un cigarrillo, ya estaba encendiendo el siguiente, y el olor a tabaco viejo siempre la rodeaba. No tenía esposo, ni hijos, ni nada que se le pareciera a una familia, y parecía haber perdido cualquier rastro de dulzura o paciencia hacía mucho tiempo.
Las malas palabras y los gritos brotaban de su boca con una facilidad espantosa; las decía con naturalidad, como si insultar fuera una forma de gracia, o como si creyera que eso la hacía más interesante o imponente. Aún siendo joven, rondando apenas los cuarenta años, tenía un carácter amargado, áspero y violento.
Si a la infancia de Óscar todavía le faltaba algo para terminar de destruirse por completo, para borrar cualquier resto de alegría o esperanza que pudiera quedar, fue la aparición de esa mujer. Su padre la había buscado y la había contratado precisamente por eso: porque necesitaba a alguien así, alguien que no tuviera piedad, alguien capaz de impartir disciplina a cualquier precio, sin cariño, sin dulzura, solo con dureza y autoridad. Y Eugenia cumplía ese propósito a la perfección.
Para narrar el punto de quiebre en la vida de Óscar, es necesario detenerse en dos días particulares, unidos por una noche interminable, que ocurrieron en el transcurso de ese año.
Era domingo, y como sucedía a menudo, Omar había invitado a un grupo de amigos, en su mayoría camioneros como él, para hacer una reunión en su casa que se extendía desde la tarde hasta bien entrada la noche. También iba a estar presente Eugenia y algunas de sus amigas, mujeres de su misma clase y forma de ser.
Omar llamó a su hijo, le hizo saber que llegarían invitados a la casa, y le ordenó con un tono de voz seco, impersonal, idéntico al que usaría un encargado de bar hablando con el mozo más nuevo:
—Óscar, tu tarea hoy es estar atento. Quiero que seas servicial y que llenes cada copa que veas vacía. Que a nadie le falte nada.
Y así comenzó todo. El ambiente se volvió irrespirable rápidamente: había alcohol en todas las mesas, humo de tabaco que flotaba espeso en el aire y también el rastro de algunas sustancias extrañas, cosas que Óscar no entendía bien pero que intuía que no debían estar ahí, por la forma en que los hombres se reían o hablaban raro después de consumirlas. Durante horas, la casa fue un ruido constante de juegos de cartas, de apuestas de dinero, de gritos de alegría o de furia, y de chistes de mal gusto, sucios y crueles. Óscar se movía entre todos ellos, agachado, pasando las botellas, sirviendo, y sentía exactamente lo mismo que había sentido Rifle, el fotógrafo que había estado presente en la fiesta de su cumpleaños cuando él celebraba sus seis años: se sentía como sapo de otro pozo. No era su lugar, no era su mundo, él estaba ahí de paso, metido entre gente que no entendía y que no lo entendía. Solo deseaba, al igual que aquel hombre, cumplir con lo que le habían ordenado, que llegara rápido el momento en que terminara todo y poder marcharse de ahí cuanto antes.
En un momento, entre risas y gritos, uno de los hombres lo señaló con la mano mientras sostenía su copa, y se dirigió a Omar con voz fuerte, mirando al niño de una forma pesada, inapropiada y sucia:
—¡Qué hijo tan elegante y bien plantado tienes, Omar! De seguro que las niñas en la escuela se harían encima nada más con mirarlo, ¿no es así?
Otro de los amigos, medio borracho ya, le respondió con una carcajada burlona:
—¡No seas tonto! ¿De dónde sacaste eso? Las escuelas ahora están separadas. En la escuela de este solo hay varones, no hay niñas cerca.
El primero, sin dejar de reír, pero insistiendo con malicia en lo que pensaba, corrigió su comentario:
—¡Ah, bueno, igual da lo mismo! Si no hay niñas, de seguro habrá algún blandito en su salón que lo haga —dijo usando esa palabra para referirse a cualquier niño que consideraran sensible, delicado o diferente—. Porque este chico es tan fino que gusta a cualquiera.
Todos los presentes rieron con fuerza, una risa áspera, desagradable, que llenó la habitación. Omar escuchó cada palabra, comprendió al instante el doble sentido y vio claramente cómo las miradas de aquellos hombres se posaban sobre su hijo ya no como un niño, sino como si fuera algo deseable, un objeto que podía atraer a cualquiera, fuera hombre o mujer.
Y fue ahí, justo ahí, donde se vio que todavía no había perdido del todo su parte humana. Omar entendió el peligro real que corría Óscar: se estaban pasando de la raya, estaban cruzando el límite de lo permitido y lo que se podía aguantar, y si lo dejaba ahí un minuto más, cualquier cosa horrible podía pasarle. Fue esa pequeña luz de conciencia lo que lo movió a actuar, no para retarlos a ellos, pero sí para salvar a su hijo.