Óscar se levantó de la cama arrastrando el cuerpo, con profundas ojeras marcadas bajo sus ojos, la huella visible de una noche que no fue de descanso, sino de tormento y confusión. Se dirigió hacia la sala comedor, donde ya lo esperaba Eugenia, con su imagen inconfundible: el cigarrillo siempre encendido entre sus dedos, el humo flotando a su alrededor y esa expresión áspera y amargada que nunca abandonaba su rostro.
Ella se acercó para ayudarlo a vestirse y prepararlo para una jornada más de clases, haciendo todo con la misma brusquedad y falta de cariño de siempre, como si estuviera acomodando un objeto y no vistiendo a un niño. Óscar se dejaba hacer, casi sonámbulo, con la mente todavía atrapada entre los restos del sueño donde él era un caballero y Bigote una bestia feroz, y la realidad dura y sucia que había escuchado tras las paredes.
Llegó a la escuela con ese mismo peso encima. Ya sentado en el aula, no logró prestar atención a las palabras del maestro, ni entender las lecciones que se escribían en el pizarrón. Su cuerpo estaba allí, sentado en el banco, pero su mente estaba lejos, nublada por el cansancio, con el ánimo totalmente decaído y con un sentimiento creciente y amargo: odiaba la vida que le había tocado llevar, odiaba su casa, odiaba lo que escuchaba, odiaba lo que tenía que fingir ser. Todo le parecía injusto, pesado y asqueroso.
Cuando llegó la hora del recreo, salió al patio, pero no se mezcló con los demás ni buscó a sus compañeros de grupo. Fue caminando directamente hacia un rincón apartado, ese mismo lugar donde solía refugiarse cuando recién había comenzado la escuela, cuando todavía intentaba pasar desapercibido y no ser nadie. Se quedó allí parado, solo, con la espalda apoyada contra la pared, mirando todo con ojos vacíos, dejando que el tiempo pasara, pensando una y otra vez en todo lo que cargaba en su interior.
Estaba sumido en sus pensamientos, ajeno al ruido de los otros niños, hasta que de pronto, algo que ocurría un poco más lejos llamó su atención, clavó su mirada allí y ya no pudo apartarla.
Vio a Mario, a Francisco y a Nahuel, rodeando a alguien. Era Agustín. Le habían quitado sus cuadernos y apuntes, y se los pasaban unos a otros riendo, impidiendo que él los recuperara, mientras Agustín se movía entre ellos, inútilmente, tratando de que le devolvieran lo suyo. Al ver esa escena, algo se movió fuerte dentro de Óscar. Dio un paso hacia ellos, decidido, pero a mitad de camino se detuvo un segundo, cerró los ojos, tomó una respiración profunda, como si estuviera armando un plan rápido en su cabeza, y continuó su marcha con paso firme.
Cuando llegó hasta el grupo, Mario, al verlo llegar, le extendió los cuadernos con una sonrisa cómplice, dándole la bienvenida a su juego:
—Toma, amigo —le dijo, esperando que Óscar continuara con la broma, esperando que se sumara a la burla como siempre hacía.
Pero Óscar sostuvo los cuadernos en su mano, miró fijamente a Agustín, que lo miraba con esa mezcla de esperanza y miedo, y le dijo con voz seria:
—Ven por ellos.
Agustín dudó, sintió desconfianza, pero se acercó despacio, estirando la mano para recuperar lo que era suyo. Justo cuando sus dedos estaban por tocar las hojas, Óscar abrió la mano y dejó que todo cayera al suelo, desparramándose en la tierra. Mario y sus amigos soltaron una carcajada fuerte, creyendo que aquello era parte de la humillación.
Óscar seguía con la mirada fija en Agustín, y le ordenó, con voz firme:
—Recógelos.
Agustín se quedó quieto un instante, sintiendo miedo, sin entender bien lo qué pasaba, pero al ver que no tenía otra opción, se agachó para juntar todo.
Fue en ese preciso momento cuando Óscar se inclinó con él, lo rodeó con un brazo por el cuello, como si fuera una forma brusca de retenerlo o molestarlo ante los demás, y con la otra mano le pasó suavemente por toda la cabeza, despeinándolo, pero sin hacerle el menor daño, sin apretar, sin golpear. Mario y los otros reían con más fuerza todavía, entusiasmados con lo que creían que era una nueva broma de su compañero.
Aprovechando justo ese ruido, esas risas que tapaban cualquier otra cosa, Óscar acercó su boca al oído de Agustín, y en un susurro muy bajito, rápido y claro, le dijo lo único que realmente importaba, lo que nadie más debía escuchar:
—¡Resiste!. En un momento todo va a pasar.
Lo soltó entonces, se puso de pie y se dirigió a Mario y a los demás sin mirarlos a la cara, con esa sonrisa de suficiencia y de superioridad que ya sabía usar a la perfección:
—Vámonos, chicos. Dejemos a este fracasado con sus cosas.
Mario, Francisco y Nahuel, contentos y conformes con la actitud de su compañero, lo siguieron lejos de allí, dejando solo a Agustín, que se quedó juntando sus papeles, pero ya con otra sensación en el pecho.
Lo que nadie más alcanzó a comprender era cuál había sido el verdadero sentido de todo lo que Óscar había hecho. No había querido burlarse, ni dañar, ni humillar. Todo lo contrario: su intención única había sido tomar el control de la situación para que los otros dejaran de molestar a Agustín. Al hacerlo suyo, al ocupar él el lugar principal de la escena, los demás perdieron el interés y se fueron.
Y más profundo aún fue el mensaje que le dejó al oído. No le dijo que se defendiera, ni que impusiera su fuerza, ni que cambiara su forma de ser. Óscar sabía muy bien que eso no era lo que Agustín necesitaba. Lo que le dijo, lo que le enseñó con esa frase corta, nacía de un conocimiento doloroso pero cierto: le dijo que soportara ese momento amargo, que aguantara ese dolor breve, porque él sabía, porque lo conocía, que Agustín tenía algo mucho más grande y fuerte esperándolo: el amor, la paz y la contención que tenía en su casa, esa dicha que Óscar nunca tuvo y que valoraba más que nada en el mundo.
Agustín podía soportar cualquier cosa afuera, porque por dentro, y en su hogar, estaba lleno. Y Óscar, desde su propia soledad, se lo había asegurado, protegiéndolo a su manera.