Corría el año 1969, y Óscar tenía dieciséis años. Estaba medio recostado sobre una reposera en el jardín de su casa, con la mirada fija en el cielo y un cigarrillo entre los dedos, dejando que el humo se perdiera en el aire.
Al cerrar los ojos, su mente viajó al pasado, a ese día que había quedado grabado a fuego. Se vio a sí mismo, a sus nueve años, sentado al borde de su cama. Miraba sus manos: tenía los puños lastimados, la piel rota e hinchada, y sobre la tela de su ropa, pequeños manchones oscuros de sangre seca que ya no se irían nunca.
Estaba perdido en esa imagen, cuando de pronto volvió bruscamente al presente, interrumpido por una vocecita clara y pequeña. Era Santino, un niño de seis años que estaba con él en su casa, y se había acercado. El pequeño le preguntó mirándolo con curiosidad:
—¿Falta mucho para que llegue papá?
Óscar giró la cabeza, lo miró con calma, y le dijo con suavidad pero firmeza:
—¿Qué haces acá afuera, Santino? Vuelve a la cama.
El niño obedeció y regresó al interior de la casa. Óscar se quedó otra vez solo, recostado, y volvió a cerrar los ojos, dejando que su mente navegara de nuevo hacia el pasado.
Esta vez, el recuerdo lo llevó al momento justo después de lo anterior. Escuchaba golpes secos y repetidos en la puerta de su habitación. Él, sin siquiera moverse, gritó con voz ahogada y rígida:
—¡Vete! ¡No quiero hablar con nadie!
Hubo un silencio breve, y entonces, desde el otro lado, se escuchó una voz suave, pausada y tranquila, que rompió la dureza del momento:
—Ábreme la puerta, Óscar.
Al oírla, el niño reconoció al instante quién era. Era su abuelo Renato. Se levantó despacio, fue hasta la puerta y la abrió. En cuanto lo tuvo frente a él, no pudo aguantar más. Se lanzó a sus brazos, lo abrazó con todas sus fuerzas y, sintiéndose por fin a salvo, se puso a llorar desconsoladamente, dejando salir todo lo que había contenido por tanto tiempo.
Pero esa imagen también se desvaneció de golpe. Óscar regresó al presente sacudido por un sonido fuerte y claro: alguien golpeaba decididamente la puerta de entrada de la casa. Fue a abrir. Quien estaba del otro lado era Eusebio, ahora ya de diecisiete años. Era el mismo niño de lentes, hijo del vecino, aquel que había estado presente en la fiesta del sexto aniversario de Óscar, tantos años atrás.
Óscar le preguntó, sin sorprenderse demasiado por la visita:
—¿Eusebio, qué haces a esta hora?
El joven habló rápido, sin dar vueltas, como quien cumple con un deber:
—Tu papá está tirado en el suelo, a dos cuadras de aquí.
Óscar no se movió, ni cambió su expresión. No hubo en él rastro de asombro ni de miedo; lo dijo todo su rostro: era algo que no pasaba por primera vez. Respondió con la misma calma con la que se habla de algo cotidiano:
—Gracias por avisarme Eusebio. Me pongo mi calzado y voy enseguida para allá.
Y así lo hizo.
Eusebio se quedó parado junto al portón, sin hacer intención de acompañarlo, dándole la espalda casi sin darse cuenta, como marcando un límite claro: lo que pasara de ahí en más, ya no era asunto suyo. Y así, Óscar siguió camino solo, tal como en otra ocasión le había tocado hacer.
A las dos cuadras, lo encontró tal cual le habían dicho. Allí estaba su padre, tirado en el medio de la calle, inmóvil y pesado como un saco, vencido por el alcohol que lo gobernaba desde hacía años. Y aunque caído y casi sin fuerzas, no estaba en silencio: dejaba salir la voz con toda la fuerza que le quedaba, cantando a gritos, sin vergüenza, sin pudor, sin importarle quién lo escuchara o lo mirara.
Óscar se paró un instante a su lado, mirándolo, sin rabia ni sorpresa, solo con esa resignación pesada que ya era parte de su forma de ser. Era la misma escena, repetida una vez más, una carga en la vida que le había tocado llevar.
Se agachó, lo tomó con firmeza y lo ayudó a ponerse de pie, acomodando el peso muerto y pesado de su padre sobre sus propios hombros. Lo orientó, le marcó el camino, y emprendieron la vuelta hacia la casa a paso lento y con trabajo duro.
A lo largo de la calle, detrás de cada ventana, detrás de cada cortina, sabía que estaban ahí. Vio las sombras, los ojos que espiaban, las cabezas que se asomaban. Eran miradas cargadas de lástima, de esa lástima que ofende, y también de juicios, de comentarios mudos que se leían en las caras: «pobre chico, qué vida le tocó, qué vergüenza de padre, qué va a ser de él».
Antes, esas miradas le hubieran dolido como agujas, como dardos que se le clavaban en la piel y le ardían por dentro. Pero eso había terminado ya. Óscar había aprendido, a fuerza de golpes y de soledad, a construirse una cobertura impenetrable, una capa dura y fría que nada podía atravesar. Lo que pensaran, lo que dijeran, lo que sintieran… ya no le importaba nada de eso. Tenía su armadura puesta, y los comentarios rebotaban en ella sin dejar marca, sin tocarlo siquiera. Para él, aquello era algo normal, parte de su rutina, y así lo llevaba: en silencio, serio, indiferente a todo lo que no fuera llegar a destino.
Caminó las dos cuadras restantes bajo esas miradas, sin apurarse, sin agachar la cabeza, hasta que por fin llegó al portón de su casa. Pero al cruzar el umbral, algo llamó su atención, algo que esta vez sí logró traspasar toda esa dureza que había construido para protegerse. Allí, detrás de la ventana, mirando todo con ojos grandes y serios, estaba Santino, esperándolo.
Al verlo ahí, parado, observando la escena vergonzosa, Óscar se vio a sí mismo. Fue como mirarse en un espejo de hace años, verse pequeño, indefenso, obligado a entender cosas que no le tocaba entender aún, obligado a crecer antes de tiempo. Sintió entonces una pena inmensa, una lástima profunda y dolorosa por ese niño que ahora vivía lo mismo que él vivió, repitiendo una historia que parecía no tener fin. Todo lo demás daba igual: los vecinos, los juicios, la vergüenza… pero ver a Santino ahí, esperando y mirando, eso sí le dolió.