Círculo

Sanidad 2/4: Cambio de roles

Al día siguiente, Omar se levantó mucho más lúcido y sobrio, en total contraste con el estado lamentable en el que había terminado la jornada anterior. Al salir, se detuvo un instante a mirar hacia la cocina: allí estaban Óscar y Santino, sentados juntos a la mesa, desayunando y charlando como dos grandes amigos.

Santino hablaba sin parar, entusiasmado, contando las hazañas de su gato como si fueran las gestas de un héroe legendario. Lo sorprendente de eso era ver a Óscar escucharlo con atención, respondiéndole y tratándolo con la misma seriedad y el mismo tono que usaría con cualquier niño:

—Yo también tuve un gato una vez, le llamábamos Bigote, pero era muy holgazán. Se la pasaba durmiendo todo el tiempo, no hacía nada de lo que cuentas del tuyo.

En ese momento, Omar se acercó e interrumpió su charla con voz suave:

—Buen día.

Santino fue el primero en responder, alegre y tranquilo:

—Buen día, papá. Le estaba contando a Óscar sobre Felipe —dijo, refiriéndose a su gato—. ¿No es cierto que puede subir hasta lo más alto de una palmera?

Omar respondió con una sonrisa:

—Así es, eso y mucho más es capaz de hacer.

Óscar lo miró con tranquilidad, sin sorprenderse por su estado ni por su presencia, y le indicó señalando la mesada:

—Si quieres desayunar, hay una jarra con café y tostadas ahí servidas.

Omar le dio las gracias, se sirvió lo que necesitaba y se acomodó junto a ellos. Por un momento reinó el silencio, hasta que él se decidió a hablar, con la voz cargada de remordimiento:

—Óscar, tengo que pedirte perdón por lo de ayer. Yo… yo no sé qué me pasa, a veces me dejo llevar y…

No pudo terminar. Óscar le interrumpió, pero no hablándole a él, sino dirigiéndose al pequeño, con una voz que no sonaba a regaño, sino a una orden clara, firme y segura; una voz que no parecía salir de un adolescente, sino de un adulto maduro que tenía toda la autoridad.

—Apronta tus cosas, Santino, y espera afuera en el camión.

El niño obedeció al instante, se levantó y salió con prisa a hacer lo que le habían dicho.

Omar se quedó mirando cómo se iba su hijo, y una sonrisa se le dibujó en los labios, mezcla de ternura y una admiración profunda y extraña. Se quedó pensando: «Es increíble… no tuvo ni que levantarle la voz, ni enojarse, ni regañarlo. Solo le dijo qué hacer, y Santino fue sin dudar. Óscar tiene una autoridad natural con él, más de la que tengo yo mismo». Se sentía orgulloso, y también aliviado de ver esa conexión entre ellos.

Cuando por fin quedaron solos en la cocina, Omar retomó lo que estaba diciendo, queriendo descargar su culpa:

—Como te decía, perdóname por lo de ayer, te juro que yo no quería…

Esta vez fue interrumpido bruscamente, y la voz de Óscar subió de tono, cortante y decidida, dejando claro que no quería explicaciones, sino soluciones. Le dijo mirándolo a los ojos:

—¡Papá, basta! ¿Quieres que todo quede atrás? ¿Quieres que te perdone por todo lo que me hiciste, por todo lo que pasé y por lo que todavía me duele? —Hizo una pausa, dejando que su padre procesara la pregunta, y entonces soltó la condición, el trato que él mismo había decidido—. Entonces te propongo esto: no le hagas lo mismo a Santino. Nunca. Y si cumples con eso, estaremos a mano.

Omar se quedó callado, asombrado hasta lo más profundo. Sintió un golpe fuerte en el pecho y un pensamiento cruzó su mente, inevitable y doloroso: «Mi propio hijo me está regañando, me está poniendo las reglas a mí… Él, que debería recibir órdenes, me está enseñando cómo tengo que ser». Lo miró a los ojos, vio esa dureza que ya conocía, esa armadura que nunca se caía, y no tuvo más remedio que asentir lentamente con la cabeza, aceptando el trato.

—Bien —dijo Óscar, cortando el momento tenso—. Él te está esperando afuera. Nos vemos mañana.

Omar se levantó, pero antes de irse, miró a Óscar y le preguntó con curiosidad:

—¿Tienes algo pensado para hacer hoy?

—Quedé en almorzar con el abuelo —fue la respuesta simple y seca.

Omar miró hacia la calle, calculó las distancias y le hizo una sugerencia, con un tono que ya no era de padre que ordena, sino de quien ofrece ayuda para agradar:

—La casa de tu abuelo está muy lejos de aquí como para ir en bicicleta. Déjame llevarte. Primero dejo a Santino con su madre y luego te llevo a ti. ¿Qué dices?

Óscar lo miró un segundo evaluando la propuesta, y asintió:

—Está bien. Gracias.

El viaje comenzó en silencio. Omar manejaba con calma, atento a la calle, como si quisiera demostrar con cada gesto que cumpliría su palabra, que ya no era el mismo de la noche anterior. Óscar iba sentado en el asiento del acompañante, con la espalda derecha, la mirada fija en la ventanilla, y esa calma fría que lo caracterizaba. No era un hijo que va de paseo con su padre; era como si fuera un supervisor, alguien que estaba ahí para asegurarse de que todo salga bien.

En el asiento de atrás, Santino iba tranquilo, tarareando bajito, ajeno a todo lo que se había hablado entre los dos mayores, feliz simplemente por ir en el camión y mirar los árboles pasar veloces por el camino.

Llegaron primero a la casa donde vivía la madre de Santino. Era una casa chica, de paredes antiguas y aspecto sencillo, sin mayores adornos ni detalles que la hicieran destacar. Al detenerse, Omar se quedó un momento quieto, como si dudara o quisiera decir algo más, pero no se atrevía. Sabía que ahora las palabras tenían que ser medidas.

Óscar se giró hacia atrás, le sonrió apenas al niño (una sonrisa que solo él le dedicaba), y le dijo con voz suave:

—Pórtate bien, ¿sí? Y acuérdate de lo que te dije: si pasa algo malo, cualquier cosa desagradable, ve directo a lo de mi abuela Mercedes. ¿Entendido?

Santino asintió muy serio, como si entendiera perfectamente la importancia de esa instrucción, y le respondió:

—Sí, Óscar, me acuerdo. No te preocupes.




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