Pocas cosas disfrutaba Óscar tanto como pasar tiempo con sus primos. Ahora bien, la que quedaba un poco aislada de la participación era Ernestina, la más pequeña; aun así, tenía sus amiguitas de la escuela con las que pasaba el tiempo jugando a juegos como la cuerda, el elástico y la rayuela (también llamada avión). En esta oportunidad, los demás: Mariana, Maximiliano, Jeremías y Óscar, se encontraban jugando al voleibol.
Mariana hacía equipo con Óscar y enfrentaban a Maxi y Jeremías. Pasaban horas jugando, pero en esos momentos surgían detalles relevantes para la formación de la identidad de Óscar. Mariana era la mayor de todos ellos; tenía diecinueve años y ya había tenido cierto trato con la vida social, ámbitos donde también se relacionaba con varones. Para ese entonces, Óscar (de dieciséis años) era considerado un muchacho atractivo, y esos roces con Mariana, que ella provocaba a propósito y cada vez con mayor frecuencia, despertaban en él sensaciones que hasta ese momento jamás había experimentado.
Es que Óscar, en cambio, no había tenido contactos cercanos con mujeres hasta entonces; carecía por completo de amistades. Su único ámbito de relación social era en la escuela privada a la que asistía, donde solo se juntaba y trataba con varones como él.
Esa noche, Óscar cenó con todos ellos y luego se fue a descansar a su habitación, la cual se encontraba en el piso superior, subiendo por la escalera del fondo.
A la mañana siguiente, después de despertarse de un mal sueño, se sentó en el borde de la cama, agarrándose la cabeza con ambas manos, se preguntaba a sí mismo: «¿Qué me está pasando?».
Bajó hacia el comedor, donde no había nadie aún, y se preparó un café. Miró por la ventana y vio que, en el patio, sus abuelos estaban sentados en sendas reposeras, disfrutando de la luz tibia del sol matutino. Decidió ir a reunirse con ellos. Renato, al verlo llegar, lo saludó con su tono de siempre:
—Mi soldado… ¿cómo dormiste?
—Bien, gracias, abuelo —respondió él, aunque su aspecto decía lo contrario.
En ese lugar la mañana se veía hermosa. Había muy pocas casas vecinas, lo que hacía que el verde del campo se extendiera hasta donde alcanzaba la vista. La tranquilidad del entorno, acompañada solo por el canto de las aves, le sentó muy bien a Óscar.
Renato se encontraba fumando un puro, y Mercedes comía una mandarina; algo bastante inusual para ser la hora de la mañana, pero a Óscar no le importó en lo más mínimo.
—Abuelo, quiero preguntarte algo —dijo Óscar, rompiendo el silencio. Y sin darle tiempo a responder, continuó—: ¿Qué haces cuando un sueño te persigue, es constante y no te lo puedes sacar de la cabeza?
Renato lo miró con una expresión que decía claramente que no entendía mucho del asunto, y le respondió:
—Mira, yo te puedo dar consejos de cómo eliminar a tus enemigos cuando son de carne y hueso… pero cuando se trata de pensamientos, quizás sea tu abuela quien te pueda decir algo mejor —Dijo esto como haciéndose a un lado y pasándole la palabra directamente a su esposa.
Mercedes miró a Renato con una mirada tierna pero severa, como si le dijera: «Siempre eres el mismo», y luego se dirigió a Óscar con voz suave pero firme:
—Hay cosas en las que no te podemos ayudar, hijo. Son batallas que debes pelear y enfrentar tú solo. Lo único que te puedo decir es que te muevas para hacerlo, que te enfrentes a ello, porque si las ignoras, irán creciendo como un cáncer y te irán consumiendo de a poco, hasta que no quede nada de ti.
Óscar le dio las gracias con una sonrisa, agradeciendo esa verdad tan dura pero necesaria.
Se quedó un par de horas más con ellos, disfrutando de la paz que allí se respiraba, y luego emprendió camino hacia la casa de su padre.
Al llegar allí, encontró la casa vacía. Alzó la voz llamando, pero nadie respondió. Vio su bicicleta apoyada en el fondo y se le ocurrió una idea. La tomó y comenzó a pedalear hacia la casa de Agustín Pedot, esperando con ansiedad que este aún viviera allí, pues habían pasado ya siete años desde la última vez que se vieron.
Al llegar, comprobó con agrado que la casa, aunque algo distinta a como él la recordaba, conservaba esa apariencia de calidez hogareña, demostrando que alguien aún la habitaba. Golpeó la puerta y se la abrió el propio Agustín, quien, mirándolo con ojos de desconocido, le preguntó:
—Hola… ¿qué necesitas?
Aparentemente no lo había reconocido a primera vista.
—¿No te acuerdas de mí, Agustín? —le dijo Óscar suavemente.
Agustín lo miró con extrañeza, tratando de ubicarlo, hasta que Óscar se presentó:
—Soy Óscar… Óscar Torres.
Entonces Agustín lo miró detenidamente, los ojos se le iluminaron de golpe y exclamó sorprendido y alegre:
—¡Óscar! ¿Cómo pude haberte confundido o haberme olvidado de ti? —Lo abrazó fuerte y siguió diciendo —: ¡Qué diferente estás, muchacho! Entra, pasa, vamos a charlar. Tenemos muchísimas cosas de las que ponernos al día.
Óscar se sintió inmensamente contento de verlo bien y tranquilo, y le preguntó por su familia:
—¿Y tus padres? ¿Y tu hermana?
—Estoy solo —respondió Agustín con naturalidad—. Se fueron todos a comer a casa del estúpido novio de mi hermana. Me quedé acá porque la verdad es que no lo aguanto.
Se sentaron y tuvieron una charla larga, recordando viejos tiempos y contándose cómo les había ido en todos esos años perdidos. Hasta que llegó el momento en que Óscar, con voz seria y bajando un poco el tono, hizo la pregunta que realmente lo había llevado hasta ahí:
—A vos que te gustan tanto las matemáticas… dime: ¿existe alguna fórmula, algún cálculo que sirva para ayudarte con las pesadillas? ¿O para borrar lo que te atormenta la cabeza?
Agustín se quedó pensando un instante y le respondió con esa lógica que siempre lo caracterizó:
—No creo que exista. En la cabeza hay demasiadas variables, todo cambia, todo se mezcla… no se puede calcular así nomás. —Y luego, mirándolo con admiración, agregó—: Pero igual, yo creo que el tuyo es un caso especial. Tú siempre resolvías las cosas muy rápido, sin dar muchas vueltas. Solo tienes que aplicarte un poco más y le encuentras la solución a todo. Siempre te admiré por eso.