Óscar llegó hasta su casa y vio el camión estacionado al fondo; eso le indicó de inmediato que su padre ya había regresado. Omar terminaba de preparar algo sencillo para la cena cuando entró el chico, quien, sin saludar siquiera, preguntó con voz apresurada y ansiosa:
—Papá… ¿cómo hago para encontrar la casa de una persona?
Omar lo miró, notando su estado alterado, y le respondió con calma, aunque con cierta sorpresa:
—¿Te parece que estamos para jugar a ser detectives a esta hora? —Y continuó, con tono de consejo, no de reproche—: No importa lo que tengas en mente o lo que te hayan dicho; estás demasiado alterado, y así no conseguirás nada bueno.
—Es algo que tengo que hacer, papá, es importante —insistió Óscar, serio y decidido.
—Déjame hablarte sin tener que regañarte —le dijo Omar acercándose, poniéndose serio también—. Lo que sea que debas resolver, hazlo mañana. Pero mañana, cuando te hayas tranquilizado, comas bien y descanses.
Le tomó la cara con ambas manos, mirándolo fijo a los ojos, y le dijo con toda la experiencia que cargaba a sus espaldas:
—Todo va a salir mucho mejor si sabes encontrar el momento exacto para actuar. Acuérdate bien de esto: las peores decisiones se toman bajo el apuro. Ahora siéntate a la mesa, que ya te he servido la comida.
Óscar encontró mucha sabiduría en las palabras de su padre y decidió hacerle caso. Pero al despertar a la mañana siguiente, su padre ya se había ido. Le había dejado una nota que decía: “Perdón, hijo, pero me salió un viaje de carga. Al regreso hablamos”.
Después de leerla, salió por su bicicleta y volvió a la casa de Agustín. Allí, estando los dos juntos, le dijo:
—Necesito dar con Mario Vidal. ¿Sabes dónde vive?
Agustín lo miró con cara de no entender muy bien, y respondió:
—La verdad que no, nunca me interesó tampoco dónde vivía ese abusivo. ¿Para qué quieres saber? ¿No te bastó con la paliza que le diste?
Óscar negó con la cabeza y le respondió:
—No vas a entender, Agustín. Solo dime: ¿sabes cómo puedo encontrarlo?
—Supongo que en la jefatura de la policía, pero tú eres menor de edad, no creo que te den información. Y hay otra opción, peor todavía: la fuerza militar también guarda registros de direcciones y demás.
Óscar se quedó pensando un instante, y de golpe le vino a la mente lo que sabía de su abuelo.
—¡Fuerza militar! —se dijo para sí mismo—. ¡Mi abuelo!… ¡gracias por el dato, Agustín! Nos vemos luego.
Pedaleó casi diez kilómetros hasta la casa de Renato, quien lo recibió con gusto como siempre. En cuanto lo vio entrar, le dijo:
—Mi soldado… ¿qué te trae por acá tan temprano?
—Abuelo, necesito pedirte un gran favor. Tengo que encontrar a alguien de apellido Vidal. ¿Crees que puedas ayudarme? Solo necesito saber dónde vive.
Renato sabía exactamente cómo ayudarlo, pero lo miró con cierta sospecha, como queriendo entender bien qué pasaba por su cabeza, y le preguntó:
—¿Y qué vas a hacer cuando te dé la información?
Óscar le sostuvo la mirada con firmeza y le respondió:
—Voy a buscarlo para enmendar las cosas. Él es el chico que ataqué en la escuela. Siguiendo el consejo de la abuela, tengo que hacer algo. Me da igual lo que me cueste. Me voy a mover para solucionarlo, porque si no… esto me va a carcomer por dentro, como un cáncer.
Renato lo miró con una mezcla de orgullo y admiración, y le dijo con voz grave y segura:
—¿Cómo no voy a ayudarte, mí soldado? Sube a la camioneta, que ya vamos a emprender el viaje.
En la camioneta se dirigieron hasta un cuartel militar, el lugar exacto donde Renato sabía que guardaban toda la información. Al llegar, antes de bajarse, Renato le pidió a Óscar:
—Quédate acá adentro, en la camioneta. No me voy a demorar nada. Y dime otra vez… ¿cómo era el nombre del chico?
—Mario Vidal —le repitió Óscar con claridad.
Óscar se quedó esperando, mirando hacia la entrada, rogando internamente que su abuelo pudiera conseguir esa dirección que tanto necesitaba. Al rato, lo vio salir y pasar cerca de la puerta de seguridad. Lo que vio lo dejó admirado: vio a Renato llevar la mano derecha, con la palma bien estirada y los dedos juntos, hasta la altura de la sien, saludando al guardia de seguridad en la puerta en el modo estricto y firme en que solo se saludaban entre militares.
Óscar se quedó mirándolo fascinado. En ese momento se sintió inmensamente afortunado de tener a alguien así en su familia; alguien que tenía esa postura, esa presencia y esa autoridad natural que abría cualquier puerta.
Renato subió a la camioneta y se acomodó para conducir, no sin antes entregarle a Óscar un papel donde estaba anotada la ubicación exacta de la casa de Mario. Encendió el motor y le dijo:
—Muy bien, entonces vamos para allá.
Pero Óscar lo detuvo enseguida:
—¡Abuelo, no! Te agradezco de corazón lo que hiciste, de verdad, pero llévame hasta donde dejé mi bicicleta. De aquí en más tengo que manejarme solo, no quiero complicar las cosas ni arrastrarte a ti en esto. Renato lo miró y le entendió perfectamente; sabía que esa decisión formaba parte de lo que Óscar tenía que resolver por sí mismo. Sin hacer preguntas, arrancó y lo llevó hasta la casa donde había dejado la bicicleta.
Ya allí, Óscar se despidió afectuosamente de sus abuelos y de sus tíos, y se disponía a marchar cuando Renato lo detuvo un instante:
—Espera, Óscar… —le dijo, como si de pronto le quedara algo muy importante por decir—. ¿Sabes por qué el soldado usa casco? Es para cuidar el arma más poderosa que tiene: la cabeza. Úsala bien, piensa bien todo lo que vas a hacer, hijo.
Óscar asintió con seriedad, guardando esas palabras en lo más profundo:
—Lo haré. Gracias de nuevo, abuelo.
Y sin volver la mirada, se marchó pedaleando.
Al llegar a la dirección que tenía anotada, se detuvo un momento, respiró profundo para calmar los nervios y golpeó la puerta. Fue atendido por la madre de Mario, una mujer de aspecto algo desalineado, que mascaba chicle rítmicamente. Ella lo miró con indiferencia y Le preguntó: