Han pasado varios minutos desde
semejante broma de mal gusto. Minutos en los que no le dirijo ni una sola palabra.
¿Cómo es posible que alguien haga semejante atrocidad sabiendo que tengo papeles de loca?
¿Es Dilan, mamita, o lo olvidaste?
Exacto.
La lancha avanza sobre el agua mientras permanezco sentada, con los brazos cruzados y la mirada perdida en la oscuridad.
Él, en cambio, parece demasiado tranquilo.
—¿Por qué te me quedas viendo tan feo, Ainoa?
—¿Qué? —parpadeo, regresando de golpe a la realidad.
Se gira hacia mí y, durante unos segundos, no dice nada. Solo me observa.
Después se acerca lentamente hasta quedar demasiado cerca. Sus ojos se clavan en los míos con una concentración que comienza a incomodarme.
—¿Qué miras? —pregunto.
Una sonrisa aparece en sus labios.
—Nada. Solo quería comprobar si de cerca eras más fea todavía.
Lo miro, incrédula.
—¿Y lo hiciste?
—Por supuesto.
Se aparta con una tranquilidad que me dan ganas de lanzarlo al agua.
—Eres horrible, garrapata.
—Juro que te mato, niño.
—Sí, sí. Como digas.
La lancha comienza a reducir la velocidad.
se pone de pie mirando hacia adelante.
—Vamos. Hemos llegado.
Frunzo el ceño y observo los alrededores.
No veo absolutamente nada.
Solo la oscuridad, algunos árboles a lo lejos y el reflejo de la luna sobre el agua.
—¿A dónde, Sherlock?
—Al lugar de Nunca Jamás.
Lo miro sin entender.
Chasquea la lengua, divertido.
—Exactamente.
La lancha finalmente se detiene y baja primero. Luego me tiende la mano para ayudarme.
La ignoro.
Puedo sola.
Camino detrás de él por un pequeño sendero rodeado de árboles. Todo está demasiado oscuro y, por alguna razón, tengo la sensación de que me oculta algo.
—¿Qué estás tramando?
—Nada.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que está tramando algo.
Una risa baja se escapa de sus labios, pero no responde.
Unos metros después se detiene.
Se gira hacia mí con una sonrisa que no me inspira ninguna confianza.
—Bienvenida a tu nuevo mundo, princesa.
Chasquea los dedos.
Las luces se encienden.
Me quedo completamente quieta.
Pequeñas luces aparecen entre las ramas de los árboles, iluminando el camino con un resplandor cálido y delicado. Entre la vegetación se esconden varias cabañas, también decoradas con lucecitas.
Y entonces escucho voces.
—¡Holaaaa!
Doy un pequeño respingo.
Mis amigos aparecen de repente, saliendo de las cabañas y de entre los árboles.
Los miro, completamente sorprendida.
Después vuelvo la vista hacia el chico que está a mi lado.
Él solo sonríe.
—¿Ustedes sabían todo esto?
—¡Sorpresa! —gritan casi al mismo tiempo.
Me llevo una mano a la frente.
Ahora entiendo todo.
Las excusas.
Los secretos.
Las caras sospechosas.
Todo.
—Malditos ingratos...
Las risas estallan a mi alrededor.
Intento mantener mi expresión de indignación, pero se me escapa una sonrisa.
Porque, aunque jamás lo admitiría delante de ellos...
El lugar es precioso.
—¿De verdad creías que iba a olvidarme de tu cumpleaños?
La voz a mi lado consigue sacarme de mi embobamiento.
Giro lentamente la cabeza.
Me observa con una sonrisa tranquila, completamente seguro de lo que acaba de decir.
—¿Qué?
—Tu cumpleaños —responde, como si necesitara aclararlo—. ¿Creías que iba a olvidarme?
Por un instante, nadie dice nada.
Entonces se escucha un carraspeo.
—Ejem.
Otro.
—Cof, cof.
Miro hacia los demás.
Todos intercambian miradas, conteniendo unas sonrisas demasiado sospechosas.
Él parece darse cuenta, por fin, de cómo ha sonado.
—Digo... —se aclara la garganta y desvía la mirada—. ¿Creías que nos olvidaríamos?
Lo miro.
Él me mira.
Levanto una ceja.
—Claro.
Hago una pequeña pausa.
—Nos olvidaríamos.
Las risas que intentaban contener explotan de inmediato.
—¿Qué? —pregunta, fingiendo inocencia.
—Nada.
Cruzo los brazos mientras intento esconder una sonrisa.
—Absolutamente nada.
Y aunque trata de disimularlo, puedo ver esa pequeña sonrisa de lado en su rostro.
Por alguna razón, ese detalle consigue que mi corazón dé un pequeño vuelco.
Decido ignorarlo.
Lo mejor para mí salud mental .
—Bueno, ¿y qué esperan? —dice uno de mis amigos, rompiendo el silencio—. ¿Nos vamos a quedar aquí parados toda la noche?
—Eso digo yo —añade otra—. Hay comida, bebidas y una fogata esperándonos.
Mis ojos se iluminan.
—¿Comida?
—Sabía que esa sería tu prioridad —se burla alguien.
—Cállate. Tengo hambre.
Todos comienzan a caminar hacia las cabañas. Yo avanzo detrás de ellos, todavía mirando cada rincón del lugar. Las luces colgadas entre los árboles hacen que todo parezca sacado de algún cuento.
Entonces siento un ligero golpe en el hombro.
—¿Sigues enojada conmigo?
Giro la cabeza.
—Depende.
—¿De qué?
—De si piensas volver a hacerme una broma como la de antes.
—No prometo nada.
—Entonces sí.
Suelto una risa por la nariz y sigo caminando.
—Qué carácter.
—Y tú qué paciencia tienes conmigo.
—Eso es porque soy un santo.
Me detengo y lo miro.
—¿Tú?
—Yo.
—¿Santo?
Asiente con toda la seriedad del mundo.
—Completamente.
No puedo evitar reírme.
—Eres muchas cosas, pero santo no es una de ellas.
—Qué decepción. Yo que pensaba que hoy finalmente me estabas viendo con otros ojos.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Pone una mano sobre su pecho, fingiendo estar herido.
—Me has roto el corazón, princesa.