Citas con el Azar

Prólogo

Hay encuentros que no piden permiso.

No llegan anunciados ni con la cortesía de un aviso previo. Simplemente ocurren, generalmente en el momento más inoportuno, con el cabello revuelto y el café a medio terminar, cuando uno va corriendo hacia algún lugar que de repente deja de importar.

Esta es la historia de dos personas que chocaron, literal y repetidamente, hasta que el universo les hizo entender que no era torpeza sino dirección.

Cleo Sorní no buscaba el amor. Buscaba el metro, sus llaves y un bolígrafo que funcionara. Íker Lamas tampoco lo buscaba. Él tenía planos, horarios y una vida perfectamente trazada que no contemplaba variables imprevistas.

El problema, claro, es que el amor no consulta agendas.

Hay una teoría, no científica pero bastante convincente, que dice que las personas que están destinadas a encontrarse lo hacen independientemente de las rutas que elijan, los horarios que respeten o los planes que tracen. Que el universo, con su particular sentido del humor, se encarga de poner en el mismo vagón de metro, en la misma cafetería, en el gimnasio y en el mismo supermercado a dos personas que podrían haber pasado toda la vida sin cruzarse, y que sin embargo terminan siendo imposibles la una sin la otra.

Cleo habría dicho que eso es romanticismo barato. Íker habría pedido los datos estadísticos antes de opinar.

Los dos habrían estado equivocados.

Porque lo que nadie cuenta de esos encuentros inevitables es que rara vez parecen destino cuando están ocurriendo. Parecen accidente. Tienen el aspecto de una inconveniencia. Llegan disfrazados de exactamente lo que no necesitas en ese momento preciso de tu vida. Y uno se aleja pensando en lo ridículo de la situación, en la mancha de café en la camisa ajena, en el tampón que voló fuera del bolso en el peor momento posible, sin sospechar que acaba de cruzarse con alguien que va a cambiarle la perspectiva del mundo.

Así empieza esto.

Con un choque en las escaleras del metro. Con papeles volando y dignidad en el suelo y dos personas mirándose con la mezcla exacta de irritación y curiosidad que precede a todas las historias que valen la pena.

Lo que encontrarás en estas páginas no es una historia perfecta. No hay aquí personajes que lo tengan todo resuelto ni romances que avancen en línea recta hacia la felicidad. Hay torpeza y miedo, hay palabras que llegan tarde y silencios que duran demasiado. Hay dos personas que se gustan y se asustan a partes iguales, que se buscan sin admitirlo y se evitan sin conseguirlo, que aprenden a fuerza de equivocaciones que la vulnerabilidad no es debilidad sino la única forma honesta de querer a alguien.

Hay también mucho café. Derramado en su mayoría.

Cleo Sorní es el tipo de persona que convierte cada día en una improvisación. Redactora creativa de profesión y desastre vocacional, tiene la capacidad única de llegar tarde a los planes que ella misma organiza y de encontrar el lado cómico de cualquier catástrofe, incluso cuando la catástrofe es ella. Es ruidosa en el sentido más luminoso de la palabra: ocupa el espacio, llena el silencio, ríe antes de que haya terminado el chiste. Y debajo de todo ese ruido hay una mujer que escribe frases para que los perfumes huelan a romance y los jabones a felicidad, que colecciona servilletas de bares cuando la conversación le gusta y que sueña, en secreto, con escribir algo que se sienta más grande que sus torpezas.

Íker Lamas es todo lo contrario en apariencia. Arquitecto metódico, disciplinado hasta en la forma en que ordena los lápices sobre la mesa, construye mundos donde cada pieza tiene su lugar y cada línea su propósito. Su vida es simétrica y eficiente, y él se ha convencido durante años de que eso es suficiente. Lo que no ha admitido, ni a Teo ni a sí mismo, es que su apartamento impecable hace eco cuando nadie se sienta en las sillas, y que hay una diferencia considerable entre una vida ordenada y una vida plena.

Dos personas distintas. Dos mundos que no deberían intersectarse.

Y sin embargo.

Esta es también una historia sobre los amigos que empujan cuando uno no se atreve a moverse, sobre las coincidencias que dejan de serlo cuando se repiten demasiado, sobre los gestos pequeños que dicen más que los discursos preparados. Sobre lo que ocurre cuando el caos y el orden dejan de verse como opuestos y empiezan a reconocerse como partes de lo mismo.

Lo que encontrarás aquí es una historia verdadera en el mejor sentido: no porque haya ocurrido, sino porque podría haber ocurrido. Porque en algún metro de alguna ciudad, en algún martes caótico, dos personas que no se buscaban se encontraron. Y eligieron, tropiezo a tropiezo, quedarse.

Bienvenido al desorden. 🌪️

Aquí empieza todo.




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