Cleo Sorní tenía una capacidad sobrenatural para llegar tarde a casi todo, incluso a los planes que ella misma organizaba. Había hecho las paces con ese rasgo de su personalidad mucho tiempo atrás.
—La puntualidad es para las agendas aburridas —solía decir, mientras corría escaleras abajo con un zapato puesto y el otro en la mano.
La mañana de aquel martes no fue diferente.
El despertador había sonado tres veces, y las tres veces ella lo había convertido en música de fondo de sus sueños. Cuando finalmente abrió los ojos, el sol ya se colaba descarado por la ventana, recordándole que la vida seguía con o sin su colaboración.
—¡Claro, justo hoy tenía reunión! —exclamó al ver la hora, arrancándose las sábanas como si fueran una trampa mortal.
El ritual matutino de Cleo no era nada que pudiera encontrarse en un manual de productividad. Buscaba una blusa dentro de un clóset dispuesto al caos, revisaba los mensajes del celular, cepillaba los dientes con la puerta del baño a medio cerrar y contestaba en voz alta lo que pensaba de cada correo laboral, todo al mismo tiempo. Desde una esquina de la habitación, su gato Rocco —un persa gordo con aire existencialista— la observaba con la desaprobación silenciosa de quien ha visto demasiado.
—No me mires así —gruñó ella, intentando alinear su delineador mientras sostenía un zapato con los dientes—. No todo el mundo puede ser un felino con la vida resuelta.
Rocco respondió con un maullido profundo que sonaba, sospechosamente, a carcajada.
Cleo trabajaba como redactora creativa en una agencia publicitaria que vivía convencida de que el café era la savia de la existencia. Allí, las ideas no surgían por inspiración divina, sino por una mezcla de cafeína, presión de plazos y discusiones bizarras sobre qué color de fondo vende más emoción. Aun así, ella adoraba ese caos creativo. Era como su segundo hogar, aunque uno que exigía demasiado y pagaba poco.
Ese martes en concreto debía presentar un concepto para una campaña de perfumes. Su propuesta, pensada a medias la noche anterior mientras se quemaba las palomitas, estaba escrita en un cuaderno arrugado con un bolígrafo que había dejado de funcionar justo a la mitad de la mejor idea.
Mientras bajaba las escaleras del edificio con el maquillaje a medio fijar, se sentía exactamente como cualquier mujer en el tráiler de una comedia romántica: desbordada, acelerada y con la certeza de que el universo la disfrutaba en su versión más torpe.
Por el otro lado de la ciudad, en un departamento impecablemente ordenado —con plantas que parecían recién salidas de un catálogo de interiores—, Íker Lamas desayunaba en silencio. Su ritual era lo opuesto al de Cleo: avena medida al detalle, café perfectamente colado en prensa francesa, radio a un volumen apenas audible. Tenía treinta y tres años, ejercía como arquitecto y se enorgullecía de mantener cierto control sobre su día.
Pero esa calma no era del todo plenitud. Últimamente lo visitaba un pensamiento incómodo: su vida parecía diseñada como un edificio sin ventanas. Bella en estructura, pero sin demasiada luz entrando. Había alcanzado logros que envidiarían varios colegas, pero al detenerse a contemplar su propia rutina, sentía que le faltaba oxígeno.
Su amigo de siempre, Teo Santori, solía decírselo sin rodeos.
—Íker, tu departamento parece un museo. Lo que te hace falta es un poco de desastre… un desorden humano que te sacuda.
Cada vez que escuchaba eso, Íker sonreía con ironía.
—Muy bien, ¿y a quién contrato? ¿Alguien especializado en caos freelance?
De regreso con Cleo, el desorden humano era precisamente lo que más generaba. La calle la recibió con bocinas inquietas y peatones con prisa. Se lanzó a buscar un taxi, pero solo consiguió que un charco traicionero decorara la parte inferior de su pantalón. Respiró hondo, sacó un chicle de la bolsa y decidió que aquel era un día para poner banda sonora optimista en los auriculares.
A pesar de todo, Cleo tenía algo luminoso. Una chispa que la mantenía a salvo del derrumbe. Tal vez fuera su optimismo testarudo, o tal vez que había aprendido a burlarse de sí misma con tanta frecuencia que ya nada la intimidaba de verdad.
Íker, mientras tanto, se encaminaba hacia el estudio donde trabajaba en su nuevo proyecto: la remodelación de una galería de arte. Estaba entusiasmado, aunque en su expresión no se notara. En él, la emoción siempre llegaba a media voz. Al tomar el metro, ajustó su reloj de pulsera y se acomodó en un asiento. Frente a él, una anciana tejía sin pausa. A su lado, un adolescente tarareaba música con los auriculares puestos como si fueran altavoz.
Fue en ese instante cuando dos universos destinados a colisionar comenzaron a acercarse.
Cleo, todavía apurada, se dio cuenta de que había olvidado el cuaderno con sus ideas para la presentación. Decidió bajarse en la siguiente estación y regresar por él. Mientras corría por las escaleras mecánicas, chocó de frente con un desconocido que apenas alcanzó a levantar la mirada. El golpe fue considerable. Sus papeles volaron, y ella casi perdió el equilibrio.
Ese desconocido era, por supuesto, Íker.
El impacto los dejó unos segundos mirándose, confundidos, entre disculpas y reclamos.
—¿Podrías mirar por dónde vas? —dijo él con calma tensa, recogiendo un sobre grande que llevaba en la mano.
—¿Disculpa? Venías como si fueras la estrella de tu propia pasarela —replicó Cleo, agachándose para juntar su bolso abierto y todo lo que se había desparramado, incluyendo, para su horror, un tampón y una chocolatina medio derretida.
Íker la observó, serio al principio. Pero una leve sonrisa se dibujó en su rostro cuando ella intentó meter el tampón en la bolsa con la velocidad de un ninja tímido.
Cleo Sorní estaba convencida de que aquel martes el universo había firmado un pacto secreto para avergonzarla. Había rescatado a duras penas sus pertenencias del suelo —bolso abierto, tampón descarriado, chocolatina derretida y las llaves a medio metro de distancia— cuando se topó con la mirada inquisitiva del hombre al que había golpeado.
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Editado: 18.06.2026