La mañana siguiente, Cleo decidió que necesitaba un nuevo inicio.
La noche anterior se había prometido no volver a pensar en el arquitecto del metro. "Es un extraño más en una ciudad llena de extraños", se dijo mientras se untaba crema en el rostro y ponía a hervir agua para el té.
Su entusiasmo por la vida organizada le duró exactamente nueve minutos.
Se dio cuenta de que no tenía leche, que Rocco había derribado el frasco de avena y que la única remera limpia que encontró decía en letras grandes: SARCASMO: MI IDIOMA NATIVO.
—Perfecto —gruñó frente al espejo mientras se peinaba con una liga maltratada—. Justo lo que necesito para ser tomada en serio en la oficina. Parecer un cartel ambulante.
Rocco la observó desde el borde de la cama con la indiferencia soberana de quien acaba de sabotear el desayuno ajeno y no siente el menor remordimiento.
Después de alimentar al felino y pelear con los cordones de sus zapatillas, salió con un único propósito: un café con mucho azúcar y poca lógica nutricional en su cafetería favorita.
El local quedaba en la esquina de su calle, con mesas de madera clara y una decoración que mezclaba luces amarillas con frases inspiradoras escritas en pizarras. Cleo entró con la decisión firme de disfrutar un cappuccino, aunque supiera que le arruinaría la dieta en ese mismo instante.
La cafetería estaba casi llena. Gente trabajando frente a laptops, estudiantes abrumados con resúmenes, un par de vecinos que habían convertido el lugar en oficina provisional. Ella avanzó con gesto decidido, se colocó en la fila y sacó el celular para distraerse.
Fue entonces, mientras revisaba mensajes sin mirar a ningún lado, cuando escuchó esa voz.
Grave. Inconfundible.
—Un café negro grande, sin azúcar, para llevar, por favor.
Cleo levantó la vista con reflejo instintivo. Y allí estaba: Íker Lamas. El hombre del metro. El arquitecto estoico. El protagonista involuntario de su última comedia interna. Camisa blanca impecablemente planchada, cabello arreglado con naturalidad, paso seguro. Como si hubiera sido diseñado para aparecer en el peor momento posible.
—No, no, no —murmuró entre dientes, encogiéndose hacia un lado.
Esperaba que no la viera. El universo, naturalmente, tenía otros planes.
Íker giró apenas la cabeza. Sus ojos encontraron los de ella. Una chispa de sorpresa encendió su expresión por un instante, antes de que la calma característica regresara a su lugar.
—Veo que sigues experimentando con la física cuántica —dijo en voz baja, avanzando hasta quedar justo detrás de ella en la fila.
Cleo se volteó, incrédula.
—¿Perdón?
—Quiero decir —prosiguió él, con una seriedad tan absurda que era cómica—, qué probabilidad había de que nos volviéramos a cruzar tan pronto.
Ella bufó, aunque su rostro traicionaba una sonrisa contenida.
—Probabilidad alta, aparentemente. La ciudad no es tan grande cuando decide arruinarte la vida.
El barista la interrumpió desde el mostrador.
—Señorita, ¿qué desea?
Cleo, todavía perturbada por la coincidencia, improvisó sin pensar:
—Un cappuccino grande, doble de espuma… y, ya que la vida me odia, también un croissant de chocolate.
Se apartó con su bandeja buscando una mesa libre, ignorando deliberadamente a Íker. Pero el destino, como siempre, no obedecía.
Los únicos asientos disponibles eran en una mesa comunitaria: una anciana ocupaba la cabecera, rodeada de bolsas de compras; un estudiante dormitaba frente a su laptop. El sitio restante estaba justo frente a Cleo. Dejó sus cosas convencida de que nadie se sentaría allí, hasta que una sombra conocida se inclinó sobre su mesa con una bandeja impecablemente servida.
—¿Está ocupado? —preguntó Íker con calma.
Cleo abrió mucho los ojos.
—¿De verdad? ¿Toda esta cafetería y justo aquí?
—Me temo que sí. Está llena. —Su voz no mostraba ni triunfo ni ironía. Solo lógica.
Ella soltó un suspiro exagerado.
—Si terminas mojándome con tu café negro minimalista, juro que no me hago responsable.
Íker tomó asiento frente a ella con la serenidad de alguien completamente ajeno a lo propenso al caos que era ese pronóstico. El universo, complacido, tomó nota.
Durante los minutos siguientes, Cleo intentó concentrarse en su croissant mientras hojeaba el cuaderno de ideas. Íker bebía su café sin levantar la vista más de lo necesario. El silencio entre ellos no era pesado, sino extraño, como si ambos hubieran aceptado sin decirlo que había algo interesante en compartir el aire, aunque ninguno estuviera dispuesto a admitirlo.
Por supuesto, ese silencio no podía durar demasiado.
El desastre tenía su propio guion.
Mientras se inclinaba sobre la mesa para reorganizar sus notas, Cleo golpeó sin querer la bandeja. La taza de Íker tembló. Y en un parpadeo, el café se derramó directo sobre la manga impecable de su camisa blanca.
—¡Ay no, no, no, no! —exclamó Cleo, poniéndose de pie de golpe—. Perdona, lo siento, te juro que no fue a propósito.
Íker la miró, primero incrédulo, luego resignado.
—Esto parece un patrón —comentó, sujetando una servilleta para atender la mancha oscura.
Cleo agarró un puñado de servilletas y se lanzó a ayudarlo, alargando los brazos sobre la mesa, casi chocando contra él en el proceso.
—Lo siento muchísimo, de verdad. ¿Quieres que te compre otra camisa? O mejor… ¿que te dé la mía?
Se detuvo, consciente de lo absurdo de la frase.
—Olvida lo de la mía —añadió—. No me queda tan digna como a ti la tuya.
Las risas contenidas de la anciana al lado no ayudaban. Íker, con calma surreal, respondió mientras intentaba secarse:
—No creo que cambiar de camisa en plena cafetería mejore mi reputación.
—Bueno… una reputación manchada de café tampoco es tan grave —dijo Cleo, intentando sonar ligera, aunque sus gestos nerviosos la delataban.
#10850 en Novela romántica
#2345 en Novela contemporánea
comedia romántica contemporánea, romance con toque literario, novela de relaciones impredecibles
Editado: 18.06.2026