El jueves había sido un desastre para ambos.
Cleo había discutido con su jefa por un error mínimo en una campaña, había perdido el metro y, para rematar, Rocco había tirado al suelo la planta de la sala justo antes de que ella saliera, dejando un rastro de tierra que no tenía tiempo de limpiar. Los zapatos empapados por la lluvia de esa tarde fueron el último insulto del universo.
Íker tampoco había salido bien librado. Los planos de un proyecto importante habían sufrido una corrección burocrática que atrasaba semanas de trabajo, la reunión con un cliente había sido un martirio de indecisiones y la jornada había terminado con un dolor de cabeza persistente que ningún analgésico quiso tomarse en serio.
Ambos caminaron, sin saberlo, hacia el mismo bar del centro. Un local discreto, con luces cálidas, mesas de madera y música suave de fondo. El tipo de lugar al que uno va a perderse dentro de un vaso y no tiene que explicarle nada a nadie.
Cleo se dejó caer en una silla, pidió una copa de vino tinto y suspiró como quien expulsa el peso de todo un mes. Miró el vaso un momento, como si el vino pudiera darle alguna respuesta sobre por qué los jueves siempre tenían esa capacidad particular de arruinarlo todo.
Al otro lado del salón, Íker entró con gesto cansado, pidió un whisky sin hielo y buscó silencio. No tardó un minuto en advertir que, en una mesa cercana, estaba ella.
Otra vez ella.
Cleo lo notó casi al mismo tiempo. Los dos se miraron con esa expresión de quien acaba de descubrir que el universo tiene sus propias prioridades y ninguna coincide con las suyas.
—No puede ser —murmuró, llevándose la mano a la frente.
Él se acercó con esa media sonrisa cansada de quien ya ha dejado de pelearle al universo.
—Al parecer tenemos el mismo manual de supervivencia.
Ella lo miró de soslayo, con el vaso en mano.
—Genial. Justo lo que necesitaba: que mi mal día venga acompañado de tu camisa impecable.
—¿La camisa te molesta específicamente?
—La camisa impecable a las nueve de la noche después de un jueves de catástrofe me resulta una provocación personal, sí.
Él se acomodó en la silla contigua sin pedir permiso.
—Podemos quejarnos juntos. Quizá se comparte la carga.
—O se duplica —contraatacó Cleo.
Sin embargo, no se levantó. Y esa fue la primera concesión de la noche.
Los primeros minutos fueron de ironías suaves, comentarios sobre la mala suerte de ambos, sobre jefas insoportables y clientes imposibles. Pero después, como si el vino y el whisky hubieran lubricado algo más que las cuerdas vocales, empezaron a dejar caer confesiones sobre la mesa.
—¿Sabes cuál es mi miedo secreto? —dijo Cleo de pronto, girando el vaso entre los dedos—. Que un día se me acaben todas las palabras. Que me quede sin frases ingeniosas ni sarcasmo para disfrazar lo que siento.
Íker la miró, más serio que de costumbre.
—¿Y por qué necesitarías disfrazarlo?
Ella rió con un nerviosismo que no logró ocultar del todo.
—Porque mostrarlo sin maquillaje da miedo. Mucho más que arruinarte una camisa con café.
Él bebió un sorbo de whisky antes de responder.
—Yo siempre pensé lo contrario. Que disfrazar lo que sientes es lo que más asusta.
Cleo entrecerró los ojos, evaluándolo.
—Claro, tú con tus líneas rectas y tus planos perfectos. ¿Qué sabrás del miedo?
Él apoyó un codo en la mesa, inclinándose apenas.
—Sé mucho. Tú ves disciplina. Yo veo soledad.
Cleo se quedó callada, sorprendida por la honestidad súbita. No esperaba eso. Esperaba una respuesta medida, arquitectónica, con la misma precisión con que él trazaba ángulos. No esa frase desnuda que no dejaba dónde esconderse.
Y esa pausa compartida fue más reveladora que cualquier chiste que pudieran haberse hecho.
El camarero dejó otra ronda sin que ellos la pidieran. Quizá había visto demasiados clientes iguales y supo leer la escena.
Cleo jugueteó con el borde del mantel.
—Nunca pensé que alguien como tú diría que se siente solo. Te imaginaba con la agenda llena de cenas elegantes y amigos que piden vino por la etiqueta.
—Trabajo —respondió Íker—. Mucho trabajo. Amigos contados. Y un apartamento en el que las sillas hacen eco porque nadie se sienta en ellas.
—Vaya. Eso suena deprimente.
—Lo es. —Levantó el vaso—. Pero me acostumbré.
Ella lo observó, más con ternura que con ironía.
—Tal vez por eso me soportas. Porque soy el ruido que tu apartamento necesita.
Él esbozó una sonrisa lenta.
—Exactamente.
Cleo se sonrojó, aunque intentó esconderlo rodando los ojos.
—Qué cursi te salió eso, arquitecto.
La conversación, que había empezado como simple desahogo, se deslizó hacia un terreno inesperado. Cleo contó cómo había dejado a medias la carrera universitaria porque no soportaba la presión, y cómo todavía le pesaba aunque fingiera que no. Lo dijo con esa ligereza con la que uno cuenta las cosas que en realidad pesan mucho, como quien le quita importancia a algo precisamente porque tiene demasiada.
Íker la escuchó sin interrumpir. Sin ofrecer soluciones ni consejos. Solo escuchó, que a veces es lo más difícil y lo más necesario.
Después habló él. De su padre ausente, de lo difícil que había sido moldear su carácter sin referencias claras, de cómo había aprendido a construir estructuras sólidas en parte porque por dentro necesitaba algo que no se cayera.
Las palabras eran serias, pero la compañía suavizaba cada revelación. Entre confesión y confesión todavía cabían chistes, gestos torpes y risas que llegaban sin avisar, como si el humor fuera la forma en que ambos se daban permiso para seguir siendo vulnerables sin que resultara demasiado intenso.
El reloj avanzó sin que lo notaran. La luz del bar se hizo más tenue.
—¿Sabes qué es lo peor de hoy? —preguntó ella, recostando la barbilla en la mano.
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Editado: 18.06.2026