Citas con el Azar

El desastre en la boda

El salón estaba decorado con guirnaldas de luces blancas y flores delicadas. Música suave de cuerdas llenaba el aire, aunque entre murmullos de invitados y risas de niños, lo que dominaba era el clásico caos alegre de cualquier boda. Los meseros iban y venían con copas, el fotógrafo perseguía sonrisas impostadas en cada rincón, y alguien al fondo ya había derramado algo en el mantel sin que nadie se hubiera dado cuenta todavía.

Cleo entró con un vestido verde esmeralda prestado de Luna. Le ajustaba perfectamente, aunque ella se sentía como un disfraz viviente. Se había pasado veinte minutos frente al espejo de su casa intentando convencerse de que tenía el control de la situación, que iba a llegar, saludar a los novios, comer algo decente y marcharse sin incidentes. Un plan sencillo. Razonable. Completamente fuera de sus capacidades.

Apenas había dado un paso hacia el salón cuando tropezó con la alfombra.

—Perfecto. Caída en la primera curva. Esto promete —murmuró para sí misma.

Luna, a su lado, le dio un codazo.

—Relájate. Nadie vio nada.

—Nadie excepto ese señor mayor que ahora piensa que necesito frenos ABS —susurró Cleo.

—Ese señor mayor lleva tres copas y no recuerda su propio nombre. Estás a salvo.

Avanzó hasta la mesa asignada, revisó las tarjetas con los nombres y suspiró de alivio al comprobar que no conocía a más de dos personas. Suficiente anonimato para sobrevivir al evento.

O eso pensaba.

A los pocos minutos llegó otro invitado: esmoquin azul marino perfectamente ajustado, corbata con nudo impecable, y esa expresión seria pero intrigante que Cleo reconocería entre cien, en la oscuridad, en medio de una multitud, en cualquier circunstancia que el universo decidiera organizar.

Íker Lamas estaba allí.

Ella parpadeó, como si necesitara reiniciar el cerebro.

—No puede ser.

Él la vio enseguida. Se detuvo un instante, suspiró con la resignación de quien ya ha aprendido a no sorprenderse de nada cuando se trata de ella, y se acercó.

—De todos los lugares en esta ciudad —dijo Cleo, entre la risa y la alarma—, tenías que aparecer en una boda.

—De todos los nombres en mi mesa —replicó él, alzando la tarjeta—, tenía que sentarme frente a ti.

Ella se dejó caer en la silla.

—Esto ya no es destino. ¡Esto es persecución!

—Podría jurar lo mismo —respondió él, aunque la sonrisa que asomaba en su boca lo delataba por completo.

La ceremonia transcurrió con cierta formalidad. Cleo intentaba concentrarse en los novios, en las palabras del oficiante, en el ramo de flores que alguien había dispuesto con demasiado esmero en el altar. Pero su mirada se desviaba hacia Íker, que escuchaba atento con esa compostura suya que nunca fallaba en público. Él, a su vez, la observaba de reojo cuando creía que ella no lo notaba. Y ella siempre lo notaba.

El problema llegó con la recepción, como era de esperar.

Primero, un brindis improvisado de un tío con demasiadas copas encima terminó con vino derramado en la falda de Cleo. Ella soltó un "¡Nooo!" que resonó más que los aplausos. Íker, rápido, le alcanzó una servilleta con calma de cirujano, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.

—Es oficial —bufó ella—. Soy la atracción cómica de la noche.

—Parecía un brindis dirigido específicamente a ti —comentó Íker.

—Muy gracioso. A ver si tú sobrevives intacto.

No tuvo que esperar mucho. Media hora después, una niña de seis años corrió entre las mesas con la energía incontenible de quien todavía no entiende que las bodas son para los adultos, jaló el mantel de Íker y volcó un vaso de agua directo sobre sus zapatos.

Cleo lo señaló triunfante.

—¡Ja! El universo es justo.

Él se miró los zapatos empapados y, con serenidad absoluta, dijo:

—Al menos no fue vino.

—Siempre tan optimista —murmuró ella, aunque ya estaba riendo.

Ella soltó una carcajada que atrajo miradas indiscretas, pero en ese momento ya no le importaba nada. Había algo liberador en compartir el desastre con alguien que no se derrumbaba ante él.

Después vino la parte inevitable: el baile.

La orquesta arrancó con los valses y la pista se llenó de parejas girando con torpeza festiva. Cleo se refugiaba en una esquina con intenciones firmes de pasar desapercibida, habiendo calculado ya la ruta de escape más eficiente, hasta que el maître de ceremonias tomó el micrófono.

—¡Todos los invitados, acompáñennos en la pista en honor a los novios!

Los meseros empezaron a guiar parejas, y antes de que Cleo pudiera reaccionar, un empujón de Luna la lanzó hacia adelante, directo hacia Íker, que ya había sido arrastrado por Teo con la misma técnica de empuje y desaparición.

—Bailen, por Dios —susurró Luna, desapareciendo entre la multitud con la agilidad de quien ha practicado esa maniobra.

Los dos quedaron frente a frente en medio de la pista, incómodos y sin salida visible.

—No pienso bailar contigo —dijo Cleo, aunque sus pies ya se movían solos, traidores.

—Yo tampoco. Pero al parecer no tenemos opciones.

Lo que siguió fue un desastre perfectamente coordinado, o más bien perfectamente descoordi­nado. Cleo pisó a Íker tres veces en menos de un minuto. Él intentaba guiarla con paciencia de instructor, pero ella giraba en direcciones contrarias, como si hubiera inventado su propia coreografía y no tuviera ninguna intención de compartir el manual.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó él, conteniendo la risa con un esfuerzo considerable.

—¡Improvisación artística! Estoy revolucionando el vals.

—Estás intentando matarme discretamente. Ya no siento mis pies.

—Los mártires del arte siempre sufren —respondió ella con solemnidad.

Sus discusiones llamaron la atención de los invitados cercanos, que los miraban con sonrisas cómplices, completamente convencidos de que eran la pareja graciosa que aportaba el toque caótico de la noche. Nadie habría sospechado que se conocían desde hacía relativamente poco y que detrás de esa aparente comodidad había semanas de choques, malentendidos y casi besos interrumpidos.




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