Citas con el Azar

El casi beso

Cleo se levantó tarde el domingo, con los tacones de la boda tirados a un costado de la cama y el vestido esmeralda arrugado en una silla. Rocco dormía hecho un ovillo sobre la tela, como si también hubiera asistido al evento y necesitara recuperarse.

Se estiró, recordando fragmentos de la noche: el vino derramado, el ramo que la golpeó en la frente, la mesa de postres casi destruida. Todo digno de un sketch cómico. Pero entre esas imágenes torpes había un instante que no dejaba de repetirse: el momento en que Íker la sostuvo de la cintura, tan cerca que apenas faltaba un latido.

El casi beso.

Cleo agarró una almohada y se tapó la cara con ella.

—Esto no puede pasar, Rocco. No puedo caer en el cliché de la chica caótica que se enamora del tipo serio. Es de manual.

El gato abrió un ojo, indiferente, y volvió a dormirse.

Ella suspiró.

—Ya lo sé. No me mires así.

Se quedó un rato mirando el techo con esa clase de atención que uno le presta a las superficies blancas cuando en realidad está mirando hacia adentro. Repasó la noche entera, escena por escena, como quien revisa el metraje de una película buscando el momento exacto en que todo cambió de tono. El vino en la falda. El baile imposible. Los niños irrumpiendo en la pista en el peor momento. La terraza. La forma en que él la había mirado allí afuera, con el ruido lejano de la fiesta y el aire fresco entre ellos.

Y luego, más tarde, el fotógrafo inmortalizando ese instante junto a la mesa de postres: ella con cara de culpable, él sujetándola de la cintura para que no cayera, los dos con la respiración entrecortada y los rostros demasiado cerca.

Esa foto iba a existir para siempre en algún álbum de boda ajeno. Cleo no sabía si eso la hacía sentir mejor o peor.

—Estoy en problemas, Rocco —dijo al aire.

El gato no respondió. Pero se acomodó un poco más cerca de sus pies, que en su lenguaje equivalía a un abrazo.

Al otro lado de la ciudad, Íker había amanecido con la misma imagen grabada. Había pasado la mañana revisando correos y planos, pero su concentración era un disfraz frágil. Sus pensamientos volvían al instante congelado en la pista: la luz, la risa de Cleo, la manera en que el tiempo parecía haberse suspendido cuando estuvo a un respiro de rozar sus labios.

Intentó racionalizarlo.

No fue nada. Estábamos cargados de tensión, el contexto caótico lo exageraba todo.

Ni él mismo se lo creyó.

Se levantó y caminó hasta la ventana. La ciudad se desplegaba ordenada bajo su mirada, con sus líneas simétricas y su ruido predecible. Y él, el hombre de estructuras y líneas rectas, se encontró deseando que hubiera alguien capaz de desordenarle los planos de vez en cuando.

La ironía no se le escapaba. Había pasado años construyendo una vida eficiente, sin grietas, sin variables imprevistas. Y ahora la única variable que ocupaba su mente era una mujer que coleccionaba servilletas de bares, hablaba con su gato y derramaba café sobre camisas ajenas con una frecuencia estadísticamente imposible.

Cogió el teléfono. Estuvo a punto de escribirle. Lo dejó sobre la mesa.

Demasiado pronto. O demasiado tarde. No sabía cuál de las dos.

Cleo se encontró con Luna más tarde, con dos cafés enormes y croissants sobre la mesa.

—Cuenta todo, de principio a fin —pidió Luna, con brillo cómplice en los ojos.

Cleo agitó las manos.

—Fue un atentado contra la elegancia. Derramé vino, destruí postres, inmortalicé mi cara de culpable en una foto para la eternidad… ¡y casi beso al arquitecto estoico!

Luna ocultó mal una sonrisa.

—Ajá. ¿Y cuál de esas cosas es la que más te traumatiza?

—¡El casi beso! —admitió Cleo, tapándose la cara—. Fue como si de repente no existiera nada más. Tuve que pedirle al universo que me interrumpiera.

—O sea, querías que te salvaran de ti misma.

—Exacto. Porque si no, no sé qué habría pasado. Y yo soy experta en complicarme la vida, pero emparejarme con Íker sería graduarme con honores.

Luna tomó un sorbo de café antes de responder, con esa calma serena de quien ya tiene la respuesta y solo espera que la otra persona llegue sola a ella.

—¿Y si no es complicarte? ¿Y si es simplemente admitir que te gusta?

Cleo se quedó mirando la espuma de su taza. La idea era tan tentadora como aterradora. Le gustaba. Claro que le gustaba. Le había gustado desde aquella mañana en el metro, aunque entonces lo hubiera traducido como irritación. Le gustaba la forma en que él escuchaba antes de hablar, la forma en que contenía la risa hasta que no podía más, la forma en que le había cedido su chaqueta sin hacer de ello un gesto dramático, simplemente porque hacía frío y él lo notó antes que ella.

—No sé si estoy lista para eso —dijo al fin, en voz más baja.

Luna la miró con ternura.

—Nadie está lista, Cleo. Eso no existe. Solo está el momento en que decides que vale la pena intentarlo de todas formas.

Íker, en paralelo, se desahogaba con Teo mientras ajustaban planos en la oficina.

—Siempre supe que tenías un punto débil —dijo Teo, señalándolo con el bolígrafo—. Y la boda lo confirmó. Casi beso, ¿eh?

—No fue nada —replicó Íker. Demasiado rápido.

—Tus silencios te delatan. Estás más distraído que nunca en tu vida, hermano.

Íker resopló, rendido.

—Estaba cerca. Pero no pasó nada.

—No necesitaba que pasara. Tu cara después lo dijo todo.

Íker intentó volver a los trazos del plano, como si la geometría pudiera ordenar también lo que ocurría dentro de su cabeza.

—No puedo complicarme en esto. No tengo tiempo. No es parte de mi vida.

Teo lo miró con la paciencia de quien lleva semanas esperando lo obvio y ya ha agotado la sorpresa.

—Tu vida necesita justamente eso: un error de cálculo. Y diría que Cleo es el tipo perfecto de fallo estructural que convierte un edificio rígido en algo vivo.

Íker guardó silencio. Porque lo peor era que no sonaba como un fallo. Sonaba como un deseo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.