Citas con el Azar

Distancias emocionales

Las noches posteriores al paseo seguían resonando con una mezcla de ternura y nervios. Tanto Cleo como Íker volvían una y otra vez a ese banco bajo la farola, a las confesiones titubeantes, a la comodidad inesperada que había surgido entre ellos. Pero con cada recuerdo también se colaba una sombra: la pregunta de qué significaba todo aquello y hacia dónde podía llevarlos.

Cleo, tirada en el sofá con Rocco sobre el regazo, hablaba sola como hacía siempre que su cabeza se llenaba de pensamientos que no quería enfrentar.

—Esto no es nada serio —se convencía, acariciando al gato—. Es un juego, una serie de casualidades ridículas. Nada más.

Pero no sonaba convincente ni siquiera para sí misma. Sentir "nada serio" no te hacía sonreír a las tres de la mañana. No te hacía planear excusas para cruzarte con alguien en la cafetería. No te hacía esperar nuevos paseos.

Ese era el problema: importaba más de lo que quería admitir.

Rocco levantó la cabeza y la miró con esa expresión suya de quien lleva demasiado tiempo escuchando el mismo monólogo.

—No te estoy pidiendo opinión —le dijo ella.

El gato bajó la cabeza y cerró los ojos. Lo cual, en su lenguaje, era exactamente una opinión.

Íker, por su parte, revisaba planos sin leerlos realmente. Eran líneas sin sentido, porque su concentración estaba en otra parte: en el gesto de Cleo al reír, en la timidez que escondía cuando confesaba que todo la asustaba, en sus propios deseos de avanzar y en su miedo paralelo a perder el control.

La disciplina de toda su vida le decía que comprometerse era exponerse, abrir rendijas por donde podría entrar el caos que siempre había evitado. Y Cleo era caos en forma humana.

Por eso, en su fuero interno, seguía dudando: ¿valía la pena abrir esa puerta?

Se levantó de la mesa y caminó hasta la ventana. La ciudad de noche tenía algo tranquilizador en su geometría, las líneas de luz, los bloques de sombra, todo encajando en un orden que él entendía. Pero esa noche ni siquiera eso le servía. Porque lo que rondaba su cabeza no tenía líneas rectas ni ángulos predecibles. Tenía la forma exacta de una mujer que recitaba física cuántica como excusa para chocar con desconocidos.

Volvió a la mesa. Intentó dibujar algo. La pluma trazó una línea curva sobre el papel en blanco.

La miró un momento.

La dejó.

La tensión comenzó a crecer de manera sutil, como ocurre siempre, a partir de pequeños gestos.

Una tarde estaban reunidos en un café con Luna y Teo. La conversación era ligera, hasta que salió el tema del paseo nocturno.

—¿Entonces Íker confesó su etapa de poeta de supermercado? —preguntó Luna entre carcajadas.

Cleo, todavía divertida, asintió.

—Sí, pero no contó la parte en que sonaba como metáfora cósmica. Imagínalo: "detergente" como símbolo de limpieza del alma.

Todos rieron. Excepto Íker, que se tensó en silencio. No porque le molestara la anécdota en sí, sino porque su vulnerabilidad quedaba expuesta en público sin que él lo hubiera elegido. Forzó una sonrisa y guardó silencio. Cleo, sin advertirlo, continuó con entusiasmo.

Él cambió el tema con brusquedad.

—Bueno, basta. No tiene importancia.

Cleo lo notó, pero no dijo nada en ese momento.

Al salir del café, caminaban solos por calles tranquilas cuando ella decidió enfrentarlo.

—¿Qué fue eso en la mesa? Te noté incómodo.

—No hacía falta contar tantas cosas —respondió él, mirando al frente.

—Pero era solo una anécdota simpática. Todos nos reímos.

—Para mí no todo es gracioso todo el tiempo.

Cleo frunció el ceño.

—Entonces no puedo compartir nada de ti, ¿o cómo funciona? ¿Debemos mantenernos como secreto?

—No es eso —dijo él—. Es que yo no estoy acostumbrado a abrir mi vida en público.

—Pues yo sí. Y no pienso medir cada palabra como si estuviera llenando un formulario. —Su tono empezaba a sonar ofendido.

El aire se cortó entre ellos. Caminaron en silencio hasta que Cleo lo rompió con ironía.

—Vaya. ¿Ya tenemos protocolo para qué se puede decir y qué no?

Él se detuvo en seco.

—¿Protocolo para qué?

—Para la futura relación —dijo ella, y enseguida sintió que se le había escapado. Las palabras quedaron flotando entre los dos, cargadas de todo lo que ninguno había dicho hasta entonces.

Íker bajó la mirada.

—No estoy seguro.

Ese "no estoy seguro" cayó como un balde de agua fría.

Cleo intentó disimular con una sonrisa insegura.

—Perfecto. Ese debería ser el lema de tu vida: "no estoy seguro". Arquitecto de todo menos de sentimientos.

—No es tan simple —se endureció él.

—Siempre lo complicas todo —estalló ella, más alto de lo que pretendía—. Yo no sé qué quieres, y me muero de miedo por arruinar lo que sea que tengamos. Pero al menos admito que quiero algo. Tú, en cambio, te escondes detrás de esa muralla perfecta.

Él la miró en silencio, la mandíbula apretada, sin querer perder el control. No porque no tuviera nada que decir, sino porque tenía demasiado y no sabía por dónde empezar, y ese nudo entre las palabras y la voz era exactamente el problema de toda su vida.

Cleo respiró agitadamente, sintiéndose al borde.

—Lo peor es que me importas —admitió al fin, con voz más baja—. Y eso me asusta mucho.

Hubo un silencio largo. Tan largo que se escuchaba el tráfico lejano y los pasos de alguien que pasaba sin mirarlos, ajeno a todo.

Íker no contestó. Ese fue su error.

Cleo, herida por el vacío de palabras, sacudió la cabeza y se dio media vuelta.

—Olvida lo que dije.

Él extendió la mano como si quisiera detenerla, pero no salió ningún sonido de su boca. Y la dejó ir.

Esa noche, cada uno regresó solo a su casa con el peso de una pelea pequeña que se sentía enorme.

Cleo se dejó caer en la cama sin cambiarse. Rocco rondó a su lado, maullando como si percibiera su malestar, con esa sensibilidad felina que siempre aparecía exactamente cuando ella menos la pedía y más la necesitaba.




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